La corrupción es un modelo de delincuencia organizada que va ganando la batalla cotidiana porque quienes no son corruptos poco a poco van renunciando a combatirla. Pero, ¿cómo se reproduce y evoluciona?

 

La vigencia, magnitud y complejidad de la corrupción es tal que opera a niveles profundos de la sociedad; representa comunidades enteras, alimentándose de otras mediante procesos similares a la depredación, el parasitismo, la competencia y la simbiosis.

Sí, la corrupción puede compararse con un organismo vivo capaz de mantenerse, reproducirse y evolucionar aprovechando los factores y subsistemas que la favorecen y estimulan.

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  1. Cultura
    Los corruptos van ganando la batalla cotidiana porque quienes no lo son van renunciando poco a poco a hacer algo. La sociedad no puede dejar de vivir sus valores de manera cotidiana, debe oponerse a las diversas formas de soborno, mentira, engaño y doble moral. La corrupción afecta la economía, mina la convivencia ordenada, degrada la cultura cívica, deforma el pacto social y la actitud crítica. Mientras quienes burlen la ley sean reconocidos como triunfadores y se sigan alimentando perversiones como el cinismo, influyentismo, nepotismo, favoritismo, prepotencia y complicidad, nada puede lograrse. Muy pronto, los ciudadanos aprenden que un empleo, una calificación, un ascenso, un trámite, un negocio, evadir la ley, los delitos y las faltas que cometas pueden “arreglarse” mediante el intercambio de favores (de todo tipo), no es con estudio y disciplina como puedes triunfar; son más efectivos los sobornos y los “contactos”.
    Ante un virus tan peligroso, el tratamiento debe ser contundente, radical, integral. Sin la célula familiar como primer generador de valores, la sociedad debe buscar otras formas de asociación que le den viabilidad ética.
  2. Impunidad
    Si el(la) [email protected] se siente libre de sanción, si confía en que sus [email protected] y cómplices lo sacarán del problema, que nadie lo denunciará, que no importa el escándalo ni lo que pase, encontrará algún recurso para evitar la cárcel y además disfrutará de lo que ha robado, es seguro que nada ni nadie lo va o la va a detener. Muy al contrario, el saldo negativo se convierte en la norma de actuación. Ente la falta de castigo, ante la laxitud de las leyes y ante la sensación de triunfo, el equilibrio se rompe, la balanza se pudre, [email protected] [email protected] quedan del lado equivocado. La plenitud del disfrute del fruto de la corrupción es provocadora, atractiva, se vuelve rentable.
    Sólo la acción legal contundente, clara, expedita e imparcial afirma el valor de las leyes; sólo el castigo ejemplar disuade la conducta ilícita. Los ejemplos en la naturaleza son claros: la mala hierba suele tener raíces profundas; a veces no basta con sacarla, sino que hay que purgar la tierra misma. Quienes luchan contra los corruptos son una versión moderna de Sísifo –sigan empujando–. Algún día veremos a los políticos corruptos en el V recinto del VIII círculo del infierno de Dante.
  3. Redes de interés
    La corrupción es un modelo de delincuencia organizada: para que opere se requiere de partes, estructuras, complicidades, información, recursos, posiciones clave. De hecho, gran parte del valor agregado que producen los delitos de alto impacto siempre tiene alguna interacción con las autoridades. Pero más grave, incluso, llega a ser la que se teje entre empresas aliadas con políticos en una simbiosis que usa los recursos públicos para sus intereses y cuya extensión es mucho más profunda y compleja. Va desde las compras, rentas, construcción de obras, propiedades, licencias, derechos, trámites, puestos clave, permisos… un alto porcentaje de actividades de la administración pública –en todos sus niveles– son vulnerables. La calificación de un país como altamente corrupto es una invitación abierta a empresas para explotar todas esas vulnerabilidades, obras inútiles, materiales deficientes, lujos, contratos aberrantes, desperdicios interminables, dispendios insaciables, nóminas, servicios y asesores parasitarios. Las complicidades son mucho más complejas; incluso, suelen estar selladas por pactos familiares, negocios, relaciones de escuela, amistad (incluso con derechos). Sólo así se puede ser parte de este círculo.
    Las campañas cuestan, y quienes las pagan exigen réditos. Muchos programas sociales son el disfraz de formas humillantes de explotación de la pobreza, la ignorancia, silencio de la crítica, recompensa, compra de votos, lealtades y legitimación de regímenes corruptos. Una burocracia desmotivada, acotada por un ambiente de demerito y suspicacia; las honrosas excepciones de servidores públicos ejemplares no progresan ni se afirman; no echan raíces. Después de todo, el puesto exige lealtad incondicional, silencio, voltear para otro lado o dejarse salpicar. La mala imagen le pega al ciudadano; considera todo trámite complejo, tedioso, innecesario, no valora las facilidades, no cumple en tiempo y forma. Concibe al gobierno como un ente molesto, pesado, lento. No le gusta informarse; prefiere buscar algún “facilitador”, alguna “influencia”, algo que le sirva para ahorrar tiempo. Contradictoriamente, cede ante la extorsión por que no ha sabido cumplir la ley. De la misma manera, el servidor público siente que debe aprovechar cada oportunidad que se le presente, pues nadie valora su desempeño; ¡da lo mismo! Los partidos políticos negocian; pueden fingir luchas mientras pactan bajo la mesa; exigen condenar a los corruptos mientras pactan impunidad para los suyos. Metidas en el lodazal, todas las pieles se ven iguales.
  4. Leyes, normas, organismos e instituciones
    Lo habíamos comentado alguna vez en este espacio: los encargados de combatir la corrupción deben ser modelos sociales. Una misión tan delicada debe recaer en seres humanos extraordinarios, hombres y mujeres con todo el poder social, con toda la fuerza del Estado, reglamentos, procedimientos, facultades y recursos plenos; con personalidad, talento, capacidad y fuerza moral para ejercerlos. Es imprescindible la actualización permanente de las normas, ya que los corruptos van al día, se actualizan, aprenden, mejoran, innovan y hasta participan en la redacción de las propias leyes.
    No debería haber tarea más superior que la de guardar la moral de la República. No pueden escatimarse medios de investigación, inteligencia, infiltración, intervención, vigilancia; tampoco debe descartarse ningún medio de prueba, ni sanciones plenas como la extinción de dominio, la indemnización y la comprobación del patrimonio familiar.
  5. Medios de comunicación
    Nada debe desalentar la labor de investigación en los medios de comunicación; deben ser agentes de promoción del cambio, pero también de fiscalización permanente. Para romper las alianzas de los gobiernos corruptos con los medios corrompidos sólo hace falta cambiar de canal, buscar información en otros sitios y entretenerte, pero no enajenarte.
    Alguna fuerza social debe surgir para acabar con la enorme fuga de recursos públicos que representa una publicidad ostentosa, inútil y dispendiosa. Si el discurso político no llena las expectativas, si no responde a la demanda social, de nada sirve. Falacias, autocomplacencias y banalidades son elementos contaminantes, redundantes, polutos.
  6. La sociedad organizada
    Un ciudadano debe ser un promotor de la cultura anticorrupción desde cada una de sus trincheras. Para empezar, infórmate, actualízate, cumple con la ley, ayuda a otros a cumplirla. Si hiciste un trámite, opina, informa, comparte, ayúdale a otros. Si sabes de algún acto de corrupción, denuncia, da seguimiento, exige información. También si alguien hace bien su trabajo, reconócelo, apóyalo, súmate a los programas sociales positivos, comparte. Crea redes de fiscalización, apoya a organizaciones, lucha por las causas sociales, comenta, difunde. No promuevas la extorsión, tira tu basura donde debes, no te pases un alto, pide un Uber si te excediste, cuídate y cuida de otros.

 

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