Este whisky lleva sólo dos años en México y ya ha duplicado sus ventas. Ian Millar, embajador de la marca Glenfiddich desde hace ocho años, comparte con Forbes la historia del single malt más premiado del mundo.

 

 

Por Marisol Álvarez

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Es un elíxir que ha estado en ma­nos de la misma familia por más de 100 años. Para ellos, Glenfid­dich significa llenar de orgullo y carácter escocés cada botella.

Nacido en las Tierras Altas de Esco­cia, Ian es el encargado de transmitir el mensaje de la firma por todo el orbe. Además es miembro de la comunidad in­ternacional de conocedores del whisky: Keepers of the Quaich. Después de casi cuatro décadas trabajando en diversas destilerías, ahora forma parte de William Grant & Sons Ltd. Conversamos con él durante su visita a la Ciudad de México.

 

–Treinta y cinco años en el negocio del whisky, ¿cómo se puede mantener una pasión por tanto tiempo?

–No es difícil sentir pasión por algo que ya es el orgullo de Escocia. Si preguntas a cualquier escocés que nombre tres cosas de las que se siente orgulloso, el whisky será una de ellas. Es nuestro hilo dorado, la pasión número uno en Escocia y nos une al resto del mundo.

 

–El single malt es un mercado limitado, supongo.

–Sí. Hoy en día el single malt representa sólo 10% del mercado global. El 90% del whisky que se vende es mezclado, blended, porque es más barato, y la gente toma sus decisiones de compra basándose en el precio. En particular en América del Sur el blended whisky cuenta con una gran lealtad. Los sudamericanos consu­men el whisky que tomaban sus padres y sus abuelos, y es muy difícil sacarlos de ahí. Sin embargo, en México vendemos más single malt que en todos los países de Sudamérica juntos. Por la cercanía con Estados Unidos, creo que aquí hay más conocimiento sobre el whisky single malt. Hace dos años trajimos 7,000 cajas, el año pasado 14,000, así que hemos duplicado en volumen. México es un gran mercado para nosotros.

 

–Jack Daniel’s es el whisky que más se consume en México. ¿Tienen alguna estrategia para competir con ellos?

–Les va muy bien, sí. Deben estar orgullo­sos de su éxito a escala global. Pero noso­tros no competimos con Jack Daniel’s. Su consumidor es más joven; entre 18 y 30 años. Nuestro consumidor está entre los 30 y los 60 años. Es un mercado diferente. Nosotros competimos contra los Glen­morangie o los Glenlivet del mundo. Y la diferencia entre ellos y nosotros es muy clara: nuestra marca pertenece a una fami­lia escocesa, se produce en Escocia y es la misma familia que construyó la destilería hace 125 años. Nosotros tenemos gente que ha trabajado con nosotros 30, 40, 50 años y están felices. Gente feliz hace buen whisky y el buen whisky hace feliz a la gente. Es un círculo virtuoso.

 

–¿Cómo balancean la calidad del produc­to con el crecimiento de la marca?

–Nuestra producción es limitada y consis­tente. El crecimiento no puede tener un impacto en la calidad. Nuestro expresi­dente, Charles Gordon (quinta generación de la familia William Grant), solía hacer muchas preguntas sobre lo que estábamos haciendo para mantener la calidad. Pero nunca nos preguntaba cuánto nos está­bamos gastando. No somos una PLC y no tenemos accionistas. Somos una compañía liderada por una familia (que por cierto es una familia con mucho dinero, no necesi­tan más). Glenfiddich es, oficialmente, la marca de single malt más premiada en el mundo. Es una evidencia objetiva de que algo estamos haciendo bien.

 

–¿Y cuál es el papel de un embajador del whisky?

–Se trata de compartir la historia de cómo William Grant empezó en 1887, cómo construyó la destilería con sus propias manos y con la ayuda de sus siete hijos. Él quería fabricar el mejor whisky del valle. Y ahora su sueño es una realidad. Las circunstancias fueron muy difíciles durante muchos años. El crecimiento de la marca no empezó sino a partir de los años sesenta. Vieron que no eran las personas más adecuadas para que la marca diera el siguiente paso. Así que formaron un business board global. Todavía vigilan muy de cerca lo que sucede en su empresa, y todavía hay miembros de la familia que trabajan activamente para la marca. Por ejemplo, protegen mucho la gran inver­sión en madera necesaria para mantener la calidad. He visto cómo otras marcas cortaban esa inversión, pero nosotros lo vemos como un suicidio. La madera es el 65% del sabor del whisky.

 

–Viaja durante seis meses al año, ¿qué tipo de rituales o costumbres tiene?

–Hago siempre mi maleta y tardo unas cuatro horas. Muchas veces tengo que lle­var mi kilt (traje típico escocés), que trae muchos accesorios. Compro los boletos con un mes de antelación por lo menos, porque es más barato. Los escoceses cuidamos mucho nuestro dinero; es una tradición.

 

–¿Cómo toman el whisky en Escocia?

Responsablemente. Y sin hielo. Si lo pides con hielo en Escocia te pueden mirar de forma extraña. Puedes suavizar tu whisky si calientas un poco el vaso, y así aumentas el aroma y el sabor. En Escocia, en todo caso, se toma con un par de gotas de agua. Y sólo si es un whisky de 12 años.

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