El líder no es más que el integrante de un equipo de trabajo con mayor responsabilidad porque debe cuidar a su gente.

 

 

A veces se nos olvida, por ello es sumamente importante recordarlo: el líder no es más que el integrante de un equipo de trabajo con mayor responsabilidad. Se olvida por una razón trivial y tal vez frívola: a menudo es él quien recibe la mayor cantidad de aplausos. Al tener la mayor visibilidad, el líder es el que destaca cuando las cosas van bien, es el depositario de las ovaciones de una cadena en la que cada uno de sus eslabones hizo las cosas correctamente y eso atrajo éxito. Sin embargo, así como el conjunto de actividades sumadas de cada integrante dieron como resultado el triunfo, de igual manera, un resbalón del líder puede dar al traste con el trabajo en conjunto. Es por ello que el líder tiene una gran responsabilidad.

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No es fácil formar un equipo de trabajo. No basta con buena voluntad, ni son suficientes las sonrisas y los buenos tratos. Tampoco se logra por decreto y mucho menos a gritos o golpes de autoridad. Un equipo de trabajo es un grupo de personas organizadas que se ocupan, en forma conjunta, de lograr una meta. Hombro con hombro, el guía y su gente se ponen en marcha para combinar sus capacidades, conocimientos, habilidades, información, talentos y competencias para llevar a cabo una tarea. La asociación de cada uno de los miembros se sujeta a un régimen de autoridad y jerarquía, en el que a partir de esfuerzos unidos, se llega al cumplimiento de objetivos. Para eso hace falta compromiso y para comprometerse es necesario el valor.

Un equipo de trabajo es un concepto diferente y alejado del de un grupo de trabajo. Funcionan de forma distinta y tienen características poco similares. Las relaciones laborales que se mueven en forma descoordinada, aislada, en que lo importante es el logro individual o los intereses personales, eso es un grupo de trabajo. Comparten actividades y espacio pero no existe integración. En cambio, un equipo participa de una meta en común y están dispuestos al sacrificio con tal de llegar. Los grupos podrán ser formados para trabajar por intervenciones pero no para el largo plazo. Los grupos sacan adelante reuniones, juntas o proyectos de corta duración. Se constituyen para obtener información de entrada para un proyecto, no para desarrollarlo juntos.

Los equipos de trabajo tienen una visión de largo plazo, alcanzan un alto nivel de desempeño porque tienen una actitud colaborativa, tienen la mirada fija en una meta común y entienden que el lucimiento se da a partir de la consecución de logros sin importar quién está al frente recibiendo la luminosidad del reflector. Por ello el equipo de trabajo arropa al líder, ya que sabe que no se trata de un triunfo individual sino colectivo.

En épocas de incertidumbre, un grupo de trabajo se desintegra, mientras que un equipo de trabajo se mantiene unido, se apoyan unos a otros hasta salvar el escoyo y retomar el camino. Una de las características de un equipo de trabajo es la seguridad en cada uno de los integrantes y la confianza en el apoyo, lo que coadyuva a un estilo de operación mucho más eficiente. Así se genera un círculo virtuoso: el equipo confía en su líder y lo sigue, así como el líder confía en su equipo que lo apoya.

La conciencia de esta condición de reciprocidad es el campo fértil para la cooperación. Un líder que piensa en su equipo de trabajo está cobijado con un buen augurio; uno que deja de ver a sus colaboradores se desliza por un camino peligroso. Sin importar el tipo de liderazgo que se ejerza, la imagen del líder afecta, en forma positiva o negativa, a todo el equipo. Por ello, el que da la cara, el que toma el micrófono o el que se baña con la luz del reflector tiene una responsabilidad inmensa con los que están tras bambalinas.

Si formar un equipo de trabajo es difícil, desintegrarlo es una tarea desgarradora. Decir adiós a la gente que creyó en un proyecto en conjunto es una de las tareas más duras que hay. En ocasiones, las cosas no salen adelante y toca al líder comunicarlo a su gente. A veces, los grupos se desintegran por el simple hecho de haber llegado a la meta. Despedirse es tan importante como dar la bienvenida. Tan relevante es el banderazo de salida como el punto final.

He aquí la diferencia destacable entre un líder y un jefe. A las primeras señales, uno se puede dar cuenta frente a quién estamos. Si la persona es cuidadosa, sensible y está en contacto con las opiniones de su gente, sin importar si están de acuerdo o no con su línea de pensamiento, estamos frente a un líder. Si quien está al frente se regodea con el éxito o huye en los momentos de fracaso, ya sabemos de lo que estamos hablando.

Aquel que quiera tomar el timón debe tener en cuenta que para que el barco avance debe haber quien ayude a izar las velas, arriar el foque, controlar la ruta. No se trata de que un individuo haga todo, no se puede. Se trata de desear buen viaje antes de zarpar y de dar las gracias al llegar al destino. Sin el trabajo colectivo, no se puede iniciar el viaje.

En esta condición, el líder debe ser consciente de su responsabilidad. Debe cuidar su salud y su imagen. Debe vigilar su higiene mental y estar pendiente de los signos que lo aparten del buen camino. Por desgracia, una de las primeras señales de alerta es la soberbia y ésa es difícil de detectar. Es el enemigo silencioso que aleja al guía de sus seguidores, que lo engaña haciéndolo creerse el hombre orquesta y es el cáncer que destruye al equipo de trabajo. ¿Cuántos ejemplos se nos vienen a la mente de gente exitosa que se tropezó con su ego y olvidó a su gente?

Entonces, antes de que se nos quede en el tintero, es sumamente importante recordar que el líder no es más que el integrante de un equipo de trabajo con mayor responsabilidad porque debe cuidar a su gente.

 

 

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Blog: Las ventanas de Cecilia Durán Mena

 

 

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