Cuánta tinta se habrá empleado en teorizar sobre la importancia de la estrategia, cuántas horas se siguen empleando en los salones de clases universitarios para recalcar sobre la relevancia que tiene la administración estratégica —sea para alabarla o para denostarla—. Sin importar si los tiempos han cambiado o si hay variables que no se mueven jamás, lo cierto es que es vital para cualquier tipo de negocio reflexionar sobre lo qué se quiere hacer y más aún, cómo se quiere hacer.

Muchos fracasos en proyectos corporativos o planes de emprendimiento se habrían evitado si se hubiera reflexionado antes de lanzarse a implementar; muchas serendipias se habrían podido replicar si se hubieran analizado las variables que trajeron el triunfo. Pero, pareciera que en esta época de velocidades vertiginosas nadie quiere detenerse a pensar.

Evidentemente, hay una larga lista de razones que nos llevan a entender porque los directivos han dedicado tanto tiempo a generar planes y programas que después se meten en un cajón y se olvidan porque el día a día nos va comiendo inexorablemente. Este es un problema que aqueja a ejecutivos medios y a personas que se desempeñan en puestos de alta dirección. El síndrome del “rápido porque no tengo tiempo” es la principal razón por la que la táctica se corona sobre la estrategia. Cuando, como lo dijera Luis XIV, el Rey Sol: “vístanme despacio que voy de prisa”.

La estrategia es acerca de la competencia, de los clientes y consumidores, del mercado y sus condiciones, pero aún más importante, es sobre como queremos ganar participación de mercado usando la menor cantidad de recursos. Es decir, cómo tenemos que hacer para ir a la lucha por el mercado siendo lo más eficientes posible. Las tácticas nos dicen qué hacer, las estrategias nos revelan los métodos. Un trabajador que lleva a cabo sus tácticas trabajará duro para conseguir lo que quiere mientras un estratega no busca trabajar duro sino trabajar de forma más inteligente.

Por supuesto, no estamos descubriendo el hilo negro. El concepto no es nuevo. Michael Porter lo puso de moda en los años ochenta, sin embargo, por siglos los militares han entendido que la estrategia es el punto neurálgico de una batalla. Por supuesto, en la milicia se aprende a usar las armas, los puños y todos los recursos de guerra para alistarse y llegar al punto al campo de guerra. No obstante, para ganar una guerra, los soldados deben aprender a resolver en el momento las situaciones sin perder de vista los objetivos que deben alcanzar. Es decir, saben aplicar las tácticas sustentadas en las estrategias.

Ser eficiente en el campo de batalla como en el mercado significa conseguir lo que buscamos con los mejores resultados. En la guerra se trata de triunfar con las menores perdidas posibles y en el terreno profesional se busca maximizar las utilidades. Por ello, el consejo del gran estratega Sun Tzu es: la mejor batalla ganada es aquella que no se peleó. Ganar sin pelear significa que la estrategia triunfó por encima de la táctica, significa que tuvimos la habilidad para adaptarnos estratégicamente a las condiciones y pudimos determinar cuál era el mejor camino que nos llevaría al mejor y más perdurable triunfo. Ganar es fácil —o menos complicado— pero permanecer y cuidar el éxito es lo difícil. Ganar significa tener utilidades: eso equivale al éxito. Para conservarlo, necesitamos ser eficientes.

Un buen estrategia sabe decidir cómo quiere pelear sus batallas y eso significa varias cosas a la vez.

  1. Entender cuando quedarse y cuando cambiar de campos de batalla.
  2. Interpretar los hechos cuando nos indican que debemos escoger otras armas para ser eficientes.
  3. Las pistas de que viene un cambio no llegan en forma espontánea, tenemos que aprender a buscarlas.
  4. Es preciso tener control de costos que nos sirvan de base para tener una ventaja.
  5. Entender que tener éxito se traduce en utilidades, fracasar significa tener números rojos. Lo demás son palabrerías.
  6. La estrategia busca ponernos un paso adelante, tener la preminencia, ser capaces se construir una situación ventajosa.

Por supuesto, si vamos apresurados, sin poner atención, ocupados por las prisas de la cotidianidad, no sabremos escuchar ni identificar las pistas que nos salgan al encuentro. Peor aún, puede que nos vayan a encontrar al camino y nos hagan señales para que les pongamos atención, pero si no estamos atentos podemos pasarlas de largo y perder grandes oportunidades. Eso le pasó a Blockbuster con Netflix.

Analizar implica aprender del éxito: del propio y del ajeno. En ambos casos, se trata de replicar, de aplicar aquello que le salió bien a otros. El éxito es un gran maestro. El fracaso también enseña buenas lecciones. Tenemos que ser capaces de contemplar ambos. En estos casos se vale tomar prestados los éxitos y replicarlos como modelos para adaptarlos.

Ir con los ojos abiertos y con el radar listo significa ser flexibles y estar abiertos al cambio. Muchos emprendedores y dueños de lo que hoy son grandes corporativos dejaron de lado su idea original y estuvieron listos para modificar sus percepciones. Coca-Cola iba a ser un remedio para el dolor de estómago, pero hubo la humildad y la astucia para adaptarse a las necesidades del mercado.

En síntesis, los grandes éxitos del siglo XX y muchos de esta época han devenido de personas que tienen la claridad de lo que quieren conseguir, pero no se quedan sólo ahí. Van un paso adelante: deciden cómo quieren luchar sus batallas para coronarse con los laureles del triunfo.

Quienes buscan ser exitosos, no se dejan presionar por las prisas, no aceptan las urgencias como modos de trabajo y ponen la vista en el largo plazo. Para ello, la mente de un estratega dicta el rumbo y los modos para llegar a la meta. Entienden que el éxito reside en cómo se quieren luchar las batallas.

 

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