Estamos ante una película anclada en los aspectos del cine más comercial  con trasfondo humano. Interesado en darle voz al pie de la pirámide, se encarga de demostrar la futilidad del intento por alcanzar la movilidad social.

 

Tardío –aunque por su tema siempre oportuno– estreno del El expreso del miedo (Snowpiercer, 2013) en nuestro país. Extrañísimo título para una película que aborda de manera elocuente y oportuna la impotencia de las clases menos privilegiadas de la sociedad mientras las combina con grandes dosis de acción, como dicta el canon coreano.

En un futuro apocalíptico, un invierno nuclear asoló la superficie de la Tierra. La totalidad del globo duerme bajo una capa eterna de hielo y nieve. Los pocos sobrevivientes de la catástrofe viven a bordo de un tren que cruza el planeta entero año tras año, sin descanso. Al interior del transporte se impuso un estricto sistema de castas, y no hay manera de cambiar: si naciste al final del tren estás condenado a vivir hacinado, entre suciedad y otros condenados. Conforme avanzan los vagones, la calidad de vida mejora, hasta la punta, donde vive cómodamente el maquinista. Sin embargo, una revolución se está gestando: los desdichados están hartos y listos para tomar el lugar que, creen, les corresponde en la escalera social.

Ése es el conflicto que más le interesa a Bong Joon Ho: esa espiral aspiracional, el engaño de la promesa de alcanzar, algún día, algo mejor, similar a lo que viven los habitantes de los repletos vagones en el documental Last Train Home (Gui tu lie che, 2009), de Lixin Fan. La esperanza existe, sí; sin embargo, su destino difícilmente cambiará. La colectividad sólo se disfruta al cien por ciento cuando no se es un engranaje de la maquinaria; lo demás son ilusiones.

Estamos ante una película anclada en los aspectos del cine más comercial (estrellas de Hollywood, producción con recursos, extendidas secuencias de acción) con trasfondo humano, interesado en darle voz al pie de la pirámide, no obstante después se encargue de demostrar la inutilidad de buscar invertirla. Bong Joon Ho nos lleva de la mano por cada uno de los vagones. Es una curva ascendente, donde la regla es más impresionante y un poco más elaborada al aproximarse al final del camino.

Durante años hemos buscado mejorar el sistema, intercambiar unos rostros por otros, no dinamitarlo. Quizá la novedad logre embellecer momentáneamente la perspectiva, pero el desgaste propio del poder regresa el río a su cauce anterior. Quienes buscan terminar con todo son considerados parias, excluidos, porque su voz es amenaza. Extrañamente, en un capítulo de Juego de Tronos (Game of Thrones, 2011- 2015) el personaje de Emilia Clarke, la desterrada y platinada Daenerys Targaryen, lo expresa muy bien: ella no quiere el poder para repetir el modelo, sentarse en el trono y seguir como sus ancestros lo hicieron. No, ella quiere destruir la rueda para siempre, no perpetuar su movimiento.

En Snowpiercer, el protagonista entiende el mismo mensaje: alcanzar el inicio del tren carece de sentido, porque él, quizá, mejore su condición, pero los que vienen detrás no cambiarán su lugar en la maquinaria. El 1% es hierba mala; alguien debe arrancarla de raíz o volverá a crecer hasta ahogar al resto de la cosecha.

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