La violencia contra las mujeres es uno de los problemas más apremiantes y a la vez complejos que se enfrentan en México. Pero lo que está haciendo que la visualización sea irreversible es el feminicidio.

En 2019 ocurrieron 976 casos con estas características. El Código Penal señala condiciones específicas para establecer la gravedad de los casos y entre ellas se encuentra las de las agresiones previas, la brutalidad de los asesinatos y los ataques sexuales. Esto es, un coctel explosivo que dibuja una de las conductas más degrades y peligrosas de los depredadores.

Desde hace años se han realizado esfuerzos desde la sociedad y los gobiernos para enfrentar el fenómeno, pero con poca fortuna, porque este se inscribe también en contextos sociales donde la igualdad es solo una promesa y en los que la violencia es tolerada.

Por ello no es extraño, que los movimientos de mujeres y sus movilizaciones hagan énfasis en el acoso y en la diferencia de oportunidades que existen entre hombres y mujeres en los ámbitos académicos y laborales.

Febrero es ya un mes terrible y se va a recordar por los asesinatos de Ingrid y Fátima. La primera víctima, de 25 años, enfrentó una crueldad impresionante y su cuerpo fue desmembrado por su propio marido y la segunda, tan solo una pequeña de siete años, cuyo cadáver arrojaron a un paraje envuelto en una bolsa de plástico.

Algo muy grave está pasando y más vale que se atienda con oportunidad y profesionalismo. Le toca a la Fiscalía de la Ciudad de México el resolver ambos casos, pero la situación trasciende al ámbito de la procuración de justicia y se inscribe en una tarea que debe ser del gobierno y de la sociedad.

Hay que escuchar los reclamos de las mujeres y hacerlo en el entendido de que las respuestas que se den al problema van a significar mucho en el corto y mediano plazo y si son acertadas construirán un horizonte promisorio para el futuro.

Es un error no asumir el desafío y tratar de colocarlo en la canasta de las disputas políticas cuando, por el contrario, las oleadas de protestas lo que han demostrado es que trascienden a los grupos tradicionales e inclusive los repelen.

Serán necesarias políticas públicas bien elaboradas, porque con improvisación y discursos no se resuelven problemas de la magnitud de los feminicidios, ya que estos se tienen que prevenir con educación y cultura, pero también dejando claro, con hechos, que no habrá impunidad.

Lo peor que podría ocurrir es que se normalice la muerte de las mujeres y que se pierda la capacidad de asombro. Ingrid y Fátima son víctimas que deben ser recordadas, cuya esperanza rota tiene que ser una marca, una frontera que signifique la no repetición.

 

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