Alberto Blanco nunca ha pertenecido a grupo alguno ni a las mafias culturales que pululan en esta República de las Letras. No lo ha hecho por una sencilla razón: no le interesa ni le apetece. (Y me parece que tampoco le importa mucho a él.)

 

Tiene más de tres décadas en funcionamiento, y prácticamente el Centro Cultura Tijuana se ha consolidado como uno de los lugares más importantes no sólo de la ciudad fronteriza, sino de todo el país. Aquí tienen cabida todas las disciplinas (y expresiones) artísticas, también un sinnúmero de actividades académicas. Ahora suman un nuevo logró: conseguir que el maestro Alberto Blanco exponga su obra visual, que abarca ya más de 45 años de trayectoria.

Lo sé: quizá para varios lectores el nombre de Alberto Blanco les sea desconocido, o lo asocien más con las letras; incluso, que tengan referencias de él en la música. No es extraño que suceda, ni raro, mucho menos paradójico: los tres casos tienen explicación, con testigos presenciales.

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Verán: en cuanto al ámbito musical, él ha estado inmiscuido desde los (agitados) setenta tanto como cantante y tecladista de los grupos de rock y jazz La Comuna y Las Plumas Atómicas, este último ya a principio de los ochenta. Ha compuesto, asimismo, un buen número de canciones que otros artistas han interpretado.

‘Las piedras del tiempo’ (izq.) / De la serie "Echa a volar la imaginación"

‘Las piedras del tiempo’ (izq.) / De la serie “Echa a volar la imaginación”

En cuanto a su faceta de escritor, que es su cara más conocida hasta cierto punto, no hay vuelta de hoja: su producción literaria es muy variada, abundante; abarca tres géneros: en primer lugar la poesía, seguida del ensayo, y luego está el trabajo de traducción.

Dicho esto podemos decir que ha publicado por lo menos 30 libros de poesía en México, una docena más en otros países, y una decena más de libros y cuadernos con sus traducciones del trabajo de otros poetas. Además tiene unos 15 libros de cuentos y poemas para niños.

Si este listado no le causa vértigo, va un poco más: su trabajo ha sido traducido a una veintena de idiomas. Sus poemas se encuentran incluidos en un centenar de antologías editadas tanto en México como en el extranjero. Por supuesto, no hay que olvidar sus ensayos sobre artes visuales —que se encuentran reunidos en un par de libros—; textos que en su momento abarcaron varias páginas de revistas y periódicos y catálogos.

Esto, desde luego, nos lleva al inverosímil tercer punto: ¿por qué es, hasta cierto punto, desconocido en nuestro país? La primera razón —y que va ligada con una segunda causa— es que Alberto Blanco nunca ha pertenecido a grupo alguno ni a ninguna de las mafias culturales que pululan en esta República de las Letras. No lo ha hecho por una sencilla razón: no le interesa ni le apetece. (Y me parece que tampoco le importa mucho a él.)

Cuando hace unos años nos sentamos a conversar en la siempre hermosa ciudad de Oaxaca, donde nos encontramos en torno de una feria del libro, él mismo decía que dedicaba en realidad pocas horas a la difusión de su obra; mucha gente tiene un departamento de concesiones, me dijo más específicamente. “Yo no”, remató, y en su rostro se dibujó una sonrisa cómplice.

Basta un ejemplo para dar una idea de todo esto: en más de 40 años, la UNAM (en donde estudió) nunca le ha invitado a dar una lectura de poesía (y, para el caso, tampoco la UAM ni la Ibero ni El Colegio de México… vamos, ni siquiera La Casa del Poeta, que es el colmo); algo que contrasta con el hecho de que sí ha sido invitado a leer en un gran número de universidades europeas y en Sudamérica también, y en más de 50 universidades de Estados Unidos.

Para entendernos mejor: el maestro Alberto Blanco casi nunca ha sido profeta en su tierra… Pero él —quien además de ser un gran poeta, un músico locochón y un artista visual de primera línea, es un gran ser humano— se lo toma con calma.

Ahora, el Centro Cultura Tijuana —para beneplácito de los tijuanenses y vecinos aledaños— ha convencido al propio Alberto Blanco de exponer una retrospectiva de 40 años de su trabajo visual. Collage se intitula la muestra, que incluye más de 400 originales (algunos se presentan en público por primera vez).

Porque, para el caso, ésta es otra de las facetas de Alberto Blanco, la cual, si se me apresura, ha sido un poco —aclaro: sólo un poco— eclipsada por su cara literaria. Después de todo, lleva explorando en general las artes visuales desde los setenta. De hecho, tiene en su currículum seis exposiciones individuales y ha participado, por lo menos, en 25 muestras colectivas.

Por si fuera poco, el día que inauguraron la exposición, el pasado miércoles 18 de febrero de este 2015, Alberto Blanco cumplió 64 años de vida.

En efecto: inaugurar el día de tu cumpleaños es el gesto de un personaje único…

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Por eso —por sus 64 años y por tratarse de una retrospectiva— no pude evitar el indagar y platicar con él de sus inicios, de ese joven que se descubre poeta; echar un vistazo a su pasado, a manera de espejo retrovisor. Lo que me contó hace unos días, cuando nos sentamos a charlar, no sólo fue en algún momento lindo, desde luego también fue fascinante.

Primero nos pusimos introspectivos, algo metafísicos; le pregunté qué era eso de cumplir 64 años. Más específicamente: “¿En qué momento está de su vida?”

Él lo pensó unos segundos: “Tú sabes que definir es prácticamente terminar con algo —comenzó diciendo Alberto Blanco—; así que me niego a definirme, incluso a describirme. Podemos hablar de cosas que han pasado, eso sí; podemos hablar de que nací en la Ciudad de México en 1951; que estudié la carrera de química, al tiempo que estuve por más de tres años en filosofía en la UNAM. Participé en el Movimiento del 68, a los 17 años, y fue justamente ahí donde ya vi con absoluta claridad que lo mío era la poesía. Cuando yo me di cuenta de eso, a los 17 años, pensé que era demasiado tarde. Me entró una desesperación terrible, porque casi sentía que se me había ido ya la vida… Debes entender que yo lo sabía desde mucho antes, pero no había podido juntar la energía suficiente para, digamos, oponerme a todo.”

—¿Su familia tenía antecedentes artísticos? —quise saber.
—Al principio pensé que no —respondió inmediatamente—. Mira, yo venía de una familia muy bien avenida: la familia de mi padre, ingenieros todos; la de mi madre, del norte de Sonora, trabajaron en Cananea. De hecho, ahí se conocieron mis padres. Con esto quiero decir que no había antecedentes intelectuales ni nada por el estilo en mis familias; sin embargo, mis padres leían. Y al paso del tiempo uno va descubriendo que hay mucho más. Cuando uno es adolescente, uno quiere pensar que se ha inventado solo. Yo me quería imaginar que había surgido de la nada, que no había nadie, ningún antecedente en las familias, que tuvieran algo que ver con las artes. Después me resultó muy obvio que no era así…

—¿En serio? ¿Cómo fue ese descubrimiento?
—A mi abuela le gustaba mucho pintar. Cuando ella ya pudo viajar de Sonora a la Ciudad de México, una vez que los hijos estuvieron grandes, en un acto que hasta la fecha me sorprende muchísimo, se metió a estudiar pintura en La Esmeralda, ya siendo una persona mayor. Por su parte, don Alberto Blanco Matas, mi papá, trabajaba en una fábrica de pigmentos, pinturas, tintas, barnices, así que desde niño tuve contacto con el lado técnico de la pintura, con la preparación de los pigmentos. Mi padre se llegó a convertir en el gran experto en pigmentos y pinturas de México, e incluso de Latinoamérica. Él escribió el libro de texto que se usó por años y décadas no sólo en la UNAM sino en un montón de universidades…

—Su mamá, supongo, también tenía esa vena artística…
—Se podría decir que sí. El lado musical estaba por el lado de ella, de doña Ofelia Sánchez Espinoza, quien siempre tocó el piano. Ella había estudiado piano en Cananea. Para mí, la música, en muchos sentidos, comenzó ahí mismo, en mi casa, en mi hogar. Así que en ese ambiente crecí. En ese ambiente yo descubrí que realmente lo mío era la poesía, desde niño me había dado cuenta. Pero hasta los 17 años junté energía suficiente para tomar la determinación irrevocable de dedicar mi vida a ella. Se dio coincidentemente con el Movimiento del 68. Quizá toda la energía que se estaba desplegando ahí, me ayudó, y me dio el impulso para aceptar este llamado.

—Un denominador común de esa época, incluso que hoy se sigue reproduciendo aunque ya en menor medida, es que los padres no veían con buenos ojos que sus hijos se dedicaran a las humanidades. ¡Menos aún a la poesía!…
—Por supuesto, fue de escándalo el asunto. A tal grado que se desató una verdadera guerra familiar que duró varios años, con muchas amarguras, muchos desencuentros… Mientras tanto, mal que bien, yo seguía estudiando química por un lado, filosofía por el otro. Pero yo ya sabía que lo mío era la poesía. Tuve las suficientes luces también como para entender, comprender, ver por anticipado, que si algo no debía yo estudiar era literatura. Así que en química estaba yo bien. Con la filosofía no tenía problemas tampoco. Para entonces, yo ya dibujaba muchísimo; lo hacía desde niño, y hasta la fecha lo sigo haciendo. Y la música ha estado presente todo el tiempo. Para mí, nunca estuvieron separadas las tres manifestaciones.

—¿Sus padres terminaron por aceptar o comprender su vocación, o simplemente se resignaron a ello?
—Partamos de la crisis de 1968, que se dio en muchos hogares. Ten en cuenta, Pepe, que era un momento en donde la brecha o el abismo generacional sí constituyó una realidad en muchas familias y para muchas familias (por razones políticas, por la influencia del rock, por la aparición de los psicotrópicos, por los Beatles, por el cambio de moda en el vestir, por razones sociológicas muy complejas). Es decir, sí hubo, en un momento dado, un verdadero abismo entre los jóvenes y las generaciones anteriores. En mi caso fue un abismo enorme que desembocó, como dije, en una verdadera guerra familiar, la cual duró cinco años, y que son muchos días para estar en pleito constante con mis adorados padres, y con toda la familia… Porque, en realidad, yo estaba en pleito con todo el mundo: con mis propios compañeros de escuela, hasta con mis amigos…

‘El caballo rojo’ (izq.) / ‘Siglo de hueso’

‘El caballo rojo’ (izq.) / ‘Siglo de hueso’

—Era, digamos, imposible como persona en esos años…
—Pues sí. Para qué te miento. Mi manera de entender las cosas era, en realidad, una actitud de punk, aunque todavía no existía eso, no había nada parecido. Sin embargo, ésa era mi actitud. Si a mí me hubiera tocado la época del movimiento punk, habría estado ahí en primera línea… En fin, el pleito familiar terminó en una crisis terrible por la que pasó mi padre, una crisis incluso de salud provocada por el enésimo pleito, que lo llevó a estar hospitalizado varias semanas. Ahí fue donde cambió todo. Cambió para él, y cambió para mí. Ahí mi papá entendió, por fin, que pasara lo que pasara no me iba a doblar. Me lo dijo con esas palabras: “He estado a punto de perder la vida, y me he dado cuenta que si hubiera ocurrido así, tú ibas a seguir haciendo lo que se te pega la gana”. Yo le dije: “Sí, es cierto. Es que no tengo de otra.” Luego, me dijo: “¿Sabes qué? Hijo mío, querido, te doy la bendición. Haz lo que se te pegue la gana.” Y lo mismo le dije, que seguiría haciendo lo que se me pegara la gana. Nos abrazamos. Y fue todo. A partir de ahí hablamos el mismo idioma: la vida nos regaló décadas de amistad entrañable. Y sucedió lo mismo con mi mamá. De tal manera que he tenido mucha suerte, en ese sentido.

§§

Seamos sinceros: visto a la distancia, y teniendo en cuenta la vasta trayectoria y obra que tiene en su haber, Alberto Blanco ha hecho, en efecto, lo que le pega la gana.

Eso sí: hoy en día es menos impulsivo, aunque sigue siendo muy perfeccionista y un apasionado cuando se trata de su trabajo. Me consta. Sin embargo, su hablar cadencioso, su voz relajada, dan la sensación de que es un hombre en paz consigo mismo y con la vida.

—Para usted, ¿la literatura, las artes visuales y la música son una profesión o son oficios? ¿Las podemos entender como una o como las dos maneras?
—Me acordé del maestro Rubén Vizcaíno, que en paz descanse, prácticamente padre fundador de la cultura tijuanense, quien me decía hace muchos, muchos años, mediados de los años setenta: “Mire, compa. Eso de la poesía no es más que un pretexto para llevar una vida licenciosa…” Ésa era su manera de abordar el asunto. En efecto, es difícil responder a la pregunta que acabas de hacer, y a mí me ha llevado décadas poder formular respuestas coherentes en tres libros de poética de mi autoría, dos de ellos publicados y uno más que seguramente saldrá el siguiente año. En el primer volumen, El llamado y el don, hay un capítulo que se intitula precisamente igual, y que aborda de forma exacta este asunto. Así que mi primera respuesta es ésa: yo entiendo la poesía como un llamado, como un don, como un regalo. En ese sentido, entiendo la poesía no como algo que uno escoge, sino como algo que lo escoge a uno. Pero lo mismo se podría decir de cualquier vocación auténtica; hay gente que nace para ser médico, para jugar fútbol, para la cocina, o para los negocios…

—A veces lo difícil es darse cuenta de ello, y perder el miedo, ¿no lo cree?
—Por supuesto, Pepe; tienes razón. En mi caso, mi llamado fue desde siempre la poesía, entendida ésta en tres vertientes: imagen, música, lenguaje. Si algo puedo decir que he hecho bien es que me puse al servicio de este llamado tan pronto como pude, a los 17 años (que, repito, me parecía que ya era demasiado tarde). Ahora he cumplido 64 años, lo que quiere decir que llevo 47 años y ya voy para el medio siglo al servicio de mi llamado y poniendo en práctica los dones que se me han concedido. Y conste: no juzgo absolutamente sobre los resultados, que eso le corresponde a los demás. A mí lo que me corresponde es cumplir con el llamado, serle fiel a mi vocación, poner en práctica mis dones.

—¿Que le ofrecieron las artes visuales, en este caso el collage, que no le haya dado la literatura o la música?
—Partamos de que los tres oficios o lenguajes o zonas de la creatividad humana de los que hemos estado hablando: la música, las artes visuales y la literatura (en particular la poesía), están íntimamente relacionados; sin embargo, al mismo tiempo tienen zonas de manifestación distintas, tradiciones diferentes, herramientas diversas, lenguajes diferentes. De tal manera que no es lo mismo lo que se puede conseguir tocando el piano que lo que se puede conseguir haciendo una instalación o escribiendo un poema. Aunque hay, por supuesto, un sinfín de vasos comunicantes. En el caso del collage, yo te diría (y con esta frase finalizo la presentación del catálogo de la exposición) que “todo lo que hacemos es collage”.

—Me parece puntualmente cierto.
—¡Claro! Porque, en realidad, cualquiera de las artes, pero no nada más éstas, cualquiera de las actividades humanas, si lo ves bien, no es más que collage. Es juntar cosas disímbolas, diversas, y hacer una nueva construcción, producir algo diferente, un arreglo distinto; esto vale lo mismo para la cocina que para la ingeniería o la arquitectura. Nosotros realmente no creamos nada, en el sentido estricto de la palabra. Nosotros no somos creadores. Aquí cito a Carl Sagan, con una frase de él que me encanta: “Si quieres hacer un pay de manzana desde cero, primero tienes que inventar el universo.” Es cierto. Ninguno de nosotros tiene esa capacidad. Todo lo hacemos con elementos que ya existen, y que nosotros no hemos creado. En ese sentido, todo lo que hacemos es collage.

‘Plenitud’ (izq.) / ‘Las tres edades’

‘Plenitud’ (izq.) / ‘Las tres edades’

—En el texto principal del catálogo hace un resumen muy completo de lo que es el collage, de su historia, de lo que significa para usted. En él queda claro que va más allá del mero divertimiento. ¿Cree que el espectador esté consciente de la profundidad que a veces conlleva el collage, de todas las lecturas que puede proporcionar?
—No lo sé. Ni tendría manera de contestar esa pregunta. Yo te podría decir que, además, es algo que no llama mi atención. Entonces, ¿qué tanto entiende, comprende, profundiza una persona en un collage, o en un poema, o en una pieza musical? Es imposible de saber. En todo caso (y me sucedía cuando en algunas épocas tuve que dar clases en universidades americanas, o me sucede todavía cuando doy alguna conferencia), lo que me interesa es que la gente tenga una experiencia positiva. ¿Qué tan positiva? Eso ya depende de cada persona, y depende de diez mil factores que van desde su creatividad, su imaginación, de su capacidad de atención, de su cultura, hasta del ánimo con el que llegó. Está totalmente fuera de mi alcance todo eso… No está fuera de mi alcance, en todo caso, el procurar ofrecer elementos suficientes, incluso sobrados, para que se produzca una experiencia positiva…

—Bueno, le canjeo la pregunta: ¿cree que en este momento el collage está lo suficientemente valorado no sólo en el mercado del arte, sino también desde el punto de vista del espectador?
–Yo creo, Pepe, que a estas alturas prácticamente todas las artes visuales ya no hacen otra cosa más que collage; el collage entendido como esta manifestación que cobra forma y carta de naturalización en las artes visuales a principios del siglo XX, y cuyos padres fundadores son Picasso, Braque, y después los dadaístas, los constructivistas rusos, los surrealistas. A mí me parece que acabó por ser la técnica por excelencia en las artes visuales del siglo XX. Walter Benjamin lo vio muy bien, y muy rápido. Y no nada más en las artes visuales. Si pensamos, por ejemplo, en el cine (y eso lo vio muy bien Eisenstein), el trabajo de edición es realmente el trabajo fundamental para armar una película, y eso es collage.

—Al final está en todo, como apunta usted en el catálogo.
—Sí. La poesía también tiene una tradición riquísima. En su acepción moderna, o sea de principios del siglo XX a la fecha, no hay una obra maestra que no tenga elementos de collage: La tierra baldía de T. S. Eliot es un collage literario completo; lo Cantos de Ezra Pound es puro collage; el Altazor de Huidobro, y Piedra de sol de Paz, también… En las artes visuales, en particular, que es lo que me preguntas, todas las formas que se utilizan con preeminencia hoy en día, las instalaciones por ejemplo, son collage…

—Me queda claro que nunca dejarán de estar en usted las artes visuales…
—Por supuesto. Mira, Pepe, nunca en mi vida, desde que yo tengo memoria, he dejado de dibujar. Ahora estoy, por fin, por primera vez, a punto de presentar una retrospectiva de mi trabajo de collage: ¡son más de 45 años en ello! Lo mejor es que la inmensa mayoría de este trabajo no se ha visto nunca; se va a ver por primera vez ahora en el Cecut…

 

Collage ya se encuentra en exhibición en la Sala de Exposiciones Temporales del Museo de las Californias, en el Centro Cultural Tijuana.

 

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