En el 2012, las expectativas de la sociedad apuntaban hacia mejoras en los rubros económicos y de seguridad. Un triunfo electoral sumergido en la duda, señalaba que el voto de castigo se inclinó en aquel tiempo por el retorno del régimen que 12 años atrás había sido desechado por los mexicanos.

Para el 2018, los saldos negativos: la corrupción, la insensibilidad, la banalidad, la soberbia, el hartazgo social, la falta de estrategia y un pésimo manejo de imagen le estallaron en la cara al ejecutivo, acarreando consigo a su partido, sus candidatos y sus apoyos sociales.

Haciendo un recuento de los informes de gobierno, podemos repasar los efectos que esta derrota ha tenido en materia de comunicación política y gobernabilidad. Por ejemplo, el discurso y contenidos, tanto del I como del II Informe estuvieron llenos de optimismo, asertividad y las frases retóricas en las que se mostraban las reformas estructurales como punto de apoyo para mover a México.

Mención aparte merecen las frases históricas, las omisiones, los fallos y las exhibiciones de incultura, desconocimiento, inexactitudes y fallas de información que sirvieron para tantos memes y que movieron a la risa tantas veces, pero al mismo tiempo a la vergüenza ajena. Claro, claro, todos nos equivocamos, las redes nos acosan, hasta el presidente se puede equivocar y no hay peor ciego que un ciudadano de pensamiento libre y crítico.

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A pesar de los escándalos como Ayotzinapa y la Casa Blanca, con los resultados de las elecciones intermedias del 2015 como referente, el III Informe se mantuvo en la misma línea discursiva, pero con menor optimismo, pedía a la población hacer una evaluación sobre lo bueno y lo malo, la crítica y la reflexión profunda para no perder el rumbo.

Las encuestas de percepción comenzaron a mostrar contundentemente la caída de la imagen presidencial, cuestionamientos cotidianos y los obligados ajustes a los protocolos y contenidos pusieron en la caja del olvido las ceremonias, eventos y giras. Menos exposición, solo las audiencias dóciles funcionarían y la pareja presidencial al mínimo.

Hasta la tradicional ceremonia del Grito se volvió una mancha. Acarreados, ajustes al sonido, transmisiones editadas, otra vez los ojos fiscalizadores de las redes sociales. Ya para entonces, la relación con la sociedad estaba quebrada, los efectos en la salud del presidente, su lenguaje no verbal y su actitud lo reflejaban; cansancio, deterioro y la presión constante. La autoconfianza se desvaneció, los hombros encogidos, la postura y la mirada a la baja, gestos reveladores en el rostro, la cabeza y las manos.

Los contenidos del IV y el V Informe se transformaron en un reclamo para no regatearle sus éxitos, los avances y los buenos resultados. Desesperadamente, el presidente busca testimoniales, historias de éxito que confirmen que algo logró, que hay gente contenta y que cumplió sus promesas. Sale a las calles, recorre el país y dialoga franco, abierto, sincero. Ciegos, sordos, ingratos, los mexicanos no sabemos valorar a este noble, leal, eficiente y comprometido presidente que se nos va (es sarcasmo).

Los spots de la actualidad profundizan en esa injusticia, se opta por el Mea Culpa y las versiones a modo de los puntos críticos. Reconocer, repartir responsabilidades, achacar a las circunstancias, lo pretenden presentar humilde y sincero. Los resultados electorales lo desdicen por sí solos. Las cifras sobre inseguridad, pobreza y crecimiento lo exhiben y esos factores -los del día a día- son los que no le favorecieron en las urnas.

En su descargo, nadie puede negar la estabilidad macroeconómica y los esfuerzos en comercio internacional, particularmente lo difícil que ha sido lidiar con el vecino del norte, pero aún esos progresos no se sienten, sucumbieron ante esa evaluación que exige. Lo malo cuenta y cuenta mucho, gravita; fueron la corrupción, la cerrazón y el no saber manejar las crisis de comunicación, lo que lo llevó a sucumbir ante una sociedad demandante, desconfiada, exigente y que le puso un alto a los excesos y banalidades de su soberbia imperante.

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Las lecciones para el futuro son muchas, su partido las está enfrentando. No se puede abandonar a las bases, no se puede dejar de hacer política ciudadana, las apariencias y los fetiches no sirven sin sustancia. El liderazgo real no proviene ni de poses ni de la demagogia.

Hacer de los programas públicos el exclusivo patrimonio de un grupo, asociarse con empresas en la forma más vil y sobreponer los intereses personales y de grupo a los de la sociedad le pasaron la factura.

El mayor legado de la administración que se va, son todas las lecciones sobre lo que no se debe hacer, una larga lista de fallas, silencios y complicidades de lo que no funcionó. Los votos que se fueron y no volverán, son el reclamo democrático para quien no lleno las expectativas como estadista.

No habrá calles, autopistas u hospitales, mucho menos estatuas, miles de cuadros presentes en todas las oficinas públicas se echarán al olvido. Eso sí, todos recordaremos los videos de los malos pasos de baile, los desplantes, las frases, aportaciones al diccionario y las nuevas ubicaciones geográficas descubiertas durante este sexenio.

 

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