Por Santiago Roel*

El mundo está en crisis, las formas de gobierno ya no funcionan. Estuvieron diseñadas para hace 200 años, en un mundo agrícola y ajustado al industrial hace 100 años, eso ya no existe.

Equivocadamente muchos piensan que es un tema electoral, de malos gobernantes, de cambiar a los políticos; la verdad es que es un tema mucho más de fondo, estructural, de diseño administrativo y convivencia social, de relación de poder entre sociedad y gobierno. Es momento de replantearlo. No hablo de México, hablo de todo el mundo.

Los sistemas complejos se auto-ordenan, no se controlan. Es imposible controlar un sistema complejo. Ningún sistema en el Universo -micro o macro- conocido por nosotros se controla: ni los átomos, ni las moléculas, ni los seres vivos, ni el cuerpo humano, ni el ecosistema, ni los idiomas, ni las comunicaciones, ni la economía, ni los sistemas solares, ni las galaxias.  Eso es lo primero que tenemos que entender. El control es una falacia porque ni es efectivo ni es viable. Es una ilusión humana, tribal y faraónica.

Todo sistema que pretende controlar a los individuos, sea familiar, comunitario, educativo o social está destinado al fracaso. Es tanta la información que debe procesarse para que se genere el orden de un sistema, que no hay poder humano o computacional que pueda con ello.

Por eso, las economías centralizadas fracasaron estrepitosamente, independientemente de la perversidad de sus líderes o burocracias. De diseño, estaban destinadas al hambre, al desabasto, a la injusticia y sí, también a la perversidad, pues le otorgaban todo el poder a uno sobre los demás. El universo no funciona así, nada se controla, se auto-regula o, mejor dicho, se auto-ordena. Y sí, es diverso, desigual y cambiante, siempre evolucionando. Sólo los sistemas muertos o inmóviles son fastidiosa y fatídicamente iguales.

Los que mejor entendieron el modelo de auto-gobierno fueron los norteamericanos y los ingleses, otorgándole plena libertad a sus ciudadanos y restringiendo el poder de los gobernantes, pero aún ahí hay fallas palpables; Donald Trump y Brexit lo expresan con claridad. 

Países como México o la mayoría de los latinoamericanos, salvo Chile, que todavía creen que el gobierno debe serlo y resolverlo todo, son aún más arcaicos y obsoletos, al igual que sus sociedades. 

El fondo del asunto, lo que aún no acabamos de entender, es que en un mundo de alta tecnología y bien comunicado no es necesario el gobierno, salvo en muy raras excepciones y de manera muy restringida. Debemos volver a lo básico de un gobierno: garantizar seguridad y resolver confrontación entre particulares, y entre particulares y gobierno, es decir: policía en el Ejecutivo y sistema judicial.

En lo demás comunitarios, el gobierno debe ser capaz de fijar leyes mínimas de convivencia con la premisa de que un sistema se auto-ordena con muy pocas reglas, muy bien definidas, muy iguales para todos, muy aceptadas y claras. Si hay duda de su utilidad, deben eliminarse. El proceso legislativo debe ser un proceso de respeto al individuo, a la libertad y a la historia de las reglas. Ningún legislador es capaz de entender y prever todos los efectos de una ley, por ello, la iteración de todo sistema en el tiempo -con prueba y error- es el mejor legislador. Ninguna regla es perenne, todas están sujetas al mismo flujo del sistema.

Los sistemas se auto-ordenan con libertad. Si los individuos no tienen libertad, se genera caos. Por ello, sigue siendo fundamental la premisa de que todo lo que no está prohibido al individuo, le está permitido y todo lo que no le está permitido expresamente al gobierno, le está prohibido.

En resumen, un sistema político-administrativo -como los actuales- genera caos con exceso de reglas, centralización de poder, exceso de atribuciones para el Ejecutivo, falta de respeto del Legislativo a la iteración social y a la libertad, fallas en lo mínimo e ineficacia en la solución de conflictos.

El paradigma que nos ha llevado a este fracaso es el del control. Cuando entendamos lo perjudicial del paradigma, podremos resolver de fondo.

Andrés Manuel López Obrador, Jair Bolsonaro, Nicolás Maduro y el resto de populistas -de izquierda o de derecha- no son los culpables, ellos sólo son los parásitos en turno que se aprovechan del descontento para centralizar más el poder político con visiones obsoletas y egos desbordados, y cuando lo logran, evidencian con claridad algo mucho más importante: el caos del sistema de gobierno actual basado en el control y la centralización, el enfermizo desequilibrio entre sociedad y gobierno.

Los países avanzados se defienden mejor de los Donald Trump o los Boris Johnson, pero presentan los mismos síntomas. El gobierno como estructura y modelo administrativo ya no funciona. La sociedad ha cambiado radicalmente, el gobierno sigue con los ojos en el pasado, creyéndose mucho más importante de lo que en verdad es.

Contacto:

*Santiago Roel R. es director y fundador de Semáforo Delictivo, herramienta de rendición de cuentas, evaluación y análisis del comportamiento de la delincuencia y violencia en México.

www.semaforo.mx

*Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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