El Gran Gatsby de Baz Luhrmann es un pomposo ejercicio de estilo que no logra sorprender con la forma, como lo hiciera Joe Wright en Anna Karenina. La falta de sutileza se siente casi vulgar, como luces de neón en un Aston Martin.

 

Baz Luhrmann no se caracteriza por ser un director muy prolífico. Su tendencia a la sobreproducción y a la suntuosidad de la puesta en escena evitan que pueda ser más constante, debido al alto presupuesto que se requiere para cada uno de sus ambiciosos proyectos. De Moulin Rouge! (2001) a Australia (2008) hay unos 7 años de diferencia, por ejemplo.

Asimismo, es una figura polarizante como “artista”. O se queda embelesado por su cargado estilo o se rechaza. Pareciera que no hay medias tintas. Y ése es el caso con su adaptación a El Gran Gatsby (The Great Gatsby, 2013).

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Para los que llevan las cuentas, ésta sería la cuarta adaptación de la novela de F. Scott Fitzgerald. Siendo, probablemente, la versión de Jack Clayton de 1974 la más conocida y no por su calidad cinematográfica, sino porque el guión fue escrito por un joven Francis Ford Coppola.

En esta ocasión, el libreto quedó en manos del mismo Luhrmann y su colaborador de cabecera, Craig Pearce. Ambos siguen de manera bastante fiel los hechos plasmados en el clásico texto, incluso en algunas escenas tomando de manera textual las palabras de Fitzgerald.

Comparar la calidad del texto original y lo plasmado en pantalla sería llevar la discusión a un plano extremadamente elemental. Son dos lenguajes diferentes y así deben ser juzgados.

Después del fracaso que significó Australia –costó 130 mdd y no recaudó más de 50–, Luhrmann optó por regresar a lo que mejor sabe hacer: un melodrama recargado, fatalista y pomposo, en el que la forma se impone a cualquier fondo.

Pero a diferencia de Moulin Rouge!, donde la pirotecnia era necesaria y se hacía parte integral de la historia. En El Gran Gatsby tanta pompa aleja al espectador de lo que en realidad importa, la historia de amor entre Jay Gatsby (Leonardo DiCaprio) y la infantil Daisy Buchanan (Carey Mulligan).

Si la versión de Jack Clayton pecaba de solemne y poco juguetona, la de Luhrman está en el espectro contrario. Cada toma está saturada de colores, coreografias, hip hop y efectos para justificar el uso del formato en 3D, como cuando la narración de materializa –literalmente– en pantalla.

Diría Kirk Lazarus de Tropic Thunder (2008): “I’m just like a little boy, playin’ with his dick when he’s nervous.” Ésa es la sensación que deja la aplicación del 3D, la del primerizo nervioso de cometer un error.

No es difícil deducir por qué Leonardo DiCaprio aceptó el rol estelar, es un papel rodeado de una aura de prestigio que permite mostrar el lado más sensible de un actor sin la necesidad de salirse de su imagen de superestrella.

Y DiCaprio hace exactamente eso, prestar la imagen preconcebida que tenemos de él como mega estrella hollywoodense para encarnar al personaje, mientras surte un par de Oscar clips. ¿No les parece que DiCaprio elige siempre proyectos sobre amores que van a terminar de manera fatídica?

Lo malo es que los otros personajes principales, Daisy y Nick Carraway (Tobey Maguire eternamente teto), no están a la altura del juego. Carey Mulligan es una actriz dotada de talento que se desperdicia en los eternos berrinches e infantil comportamiento de su personaje y Maguire parece nunca encontrar el tono exacto en que Nick, el narrador de la trama, debe desenvolverse.

Los únicos dos que demuestran solvencia son Joel Edgerton como Tom Buchanan, esposo de Daisy, y Elizabeth Debicki en la piel de Jordan Baker, la mejor amiga de la susodicha. Pero sus roles son limitados, el peso no estaba en ellos. Por cierto. la escena donde Tom y Jay por fin se enfrentan está entre lo mejor de la cinta.

The Great Gatsby estaba programada para ser estrenada el año pasado, justo para entrar a la carrera por los premios Oscar. Ejecutivos de Warner Bros. decidieron que en busca de maximizar las oportunidades de la película en busca de premios, lo mejor era retrasar el estreno hasta este verano y buscar repetir lo hecho por Moulin Rouge!

La movida funcionó en el aspecto económico, en un par de fin de semanas recaudó 130 mdd para recuperar la inversión. Pero su estreno en Cannes no dejó buenas impresiones y será difícil que logre mantener el momentum a lo largo del año.

Sin importar si apareció en verano u otoño, El Gran Gatsby de Baz Luhrmann es un pomposo ejercicio de estilo que no logra sorprender con la forma, como lo hiciera Joe Wright en Anna Karenina (2012).

Es disparatado que el realizador australiano compare su autodenominada trilogía del terciopelo rojo (Romeo + Juliet, Moulin Rouge!, The Great Gatsby) con la elegante trilogía del espectáculo de Jean Renoir (The Golden Coach, French Cancan y Elena and Her Men). La falta de sutileza se siente casi vulgar, como luces de neón en un Aston Martin.

El vacío de su trabajo no es muy diferente al de Transformers o de cualquier otro blockbuster germinado en Hollywood. La teatralidad no suple la falta de contenido.

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