La guerra es uno de los temas favoritos del cine. Bastar revisar la lista de candidatas (y ganadoras) del Oscar a Mejor Película para notar que, al menos, para la industria cinematográfica norteamericana el tópico resulta atractivo y que esa atracción se repite en otros confines del planeta. No es casualidad. En el campo de batalla, la vida está en peligro en todo momento, dando pie a mostrar los rincones más oscuros (o luminosos) de nuestra sociedad. 

1917 (2019), el trabajo más reciente de Sam Mendes (Belleza americana, Skyfall), es la contendiente más reciente que busca seguir esa laureada tradición en el Oscar. La cinta captura la jornada de dos soldados (Dean-Charles Chapman y George MacKay) británicos en la Primera Guerra Mundial, a quienes se les ha encomendado la misión de atravesar las líneas enemigas, después de una aparente retirada alemana, para avisar a otro pelotón de combatientes de una posible trampa de los contrarios. 

La historia es una suerte de homenaje al abuelo del realizador, que peleó en aquel conflicto y le contó varias de las anécdotas plasmadas en pantalla. No es extraño, entonces, que el largometraje capture con admiración y épica las acciones de los soldados, apoyado por un falso plano secuencia que une cada uno de los movimientos de los protagonistas. 

Es una admiración sin matices, un seguimiento lleno de heroicidad que convierte a los militares al servicio de la corona inglesa en santos y a sus enemigos –que nunca se muestran del todo, en permanente sombra o a la distancia con la mira bastante chueca– en unos malos sin honor, dispuestos a poner trampas o a dispararle a las vacas para evitar que sean usadas como alimentos por los buenos. 

Piensen, por ejemplo, en cómo el soldado raso Schofield (MacKay) sugiere al inicio de su misión que está desencantado de la guerra porque es sobreviviente de una sangrienta y lodosa batalla, por la cual ganó una medalla que intercambió por una botella de vino. Un elemento que sugiere que su mente/espíritu está en conflicto con su presente, no obstante, este punto no vuelve a ser abordado del todo y su reticencia por el combate desaparece sin dibujar del todo la naturaleza del personaje. 

Esto hace de 1917 una película sin matices humanos o sociales, enmarcada por una proeza técnica capaz de robar el aliento. La oferta similar a la Dunkerque (Dunkirk, 2017), otra oda al heroico espíritu militar británico, y recuerda los lances en la nieve de Alejandro González Iñárritu y Emmanuel Lubezki en El renacido (The Revenant, 2015). Al mismo tiempo que la aleja de otros clásicos bélicos como Ven y mira (Idi i smotri, 1985) o El puente sobre el río Kwai (The Bridge on the River Kwai, 1957), donde se exploran las áreas grises (morales, económicas, físicas y sociales) inherentes a cualquier conflicto bélico.

 

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