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Oficios en extinción: Juan Orozco Ábrego ha visto pasar el tiempo por más de 50 años desde un pequeño local donde trabaja de relojero en la calle de Bucareli. Las constantes manifestaciones, la inseguridad y la falta de alguien que lo sustituya amenazan con extinguir su negocio.

 

Foto y video: Julio Hernández. 

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La fuente de trabajo del maestro relojero Juan Orozco Ábrego podría desaparecer muy pronto. Tras 75 años, su relojería El Rubí, en la calle Bucareli, está cerca de cerrar por los constantes plantones, las manifestaciones y la inseguridad.

La Cámara de Comercio, Servicios y Turismo de la Ciudad de México (Canacope) calcula que a raíz de las marchas se registraron pérdidas económicas por más de 1,949 millones de pesos en 2014.

“Las manifestaciones nos quitan el trabajo; casi en todos los comercios ha bajado la clientela. Por eso, estas tres cuadras están solas, ya no hay gente. A la gente le da miedo entrar a la calle; piensan que hay problemas”, comenta el señor Juan.

La prosperidad del negocio duró tres décadas, y fue a partir de los años setenta cuando la clientela comenzó a disminuir.

“Hay días que no entra ningún centavo y otros en los que solamente gano 100 o 300 pesos al día, además de que tengo que pagar la renta del local (5,000 pesos mensuales)”, dice el maestro.

La inseguridad, directa o indirectamente, ha afectado también su negocio. “A un cliente que conozco le cortaron la mano para quitarle un Rolex. Yo lo vi. En otra ocasión, a un señor que vino a arreglar un reloj lo asaltaron y en su cartera estaba la nota que yo le di. A los pocos días el ladrón vino con la nota, y como yo no recordaba bien al cliente, pues le di el reloj. Fue un error, así lo entendió el cliente”, dice con seriedad el señor Juan.

Durante más de 50 años, Juan Orozco se ha desplazado todos los días desde la avenida Tláhuac, a una hora de distancian, si bien le va, hasta la calle Bucareli, para desempeñar un oficio que poco a poco le fue despertando una pasión que le ayudó a mantener la economía familiar.

Sin embargo, el negocio que su padre inició hace 75 años está destinado a desaparecer. El señor Juan no tiene a nadie a quien enseñarle. Tuvo tres hijos: uno se encuentra estudiando para contador, otro cursa la carrera de administración de empresas y el tercero, por desgracia, falleció de cáncer a los 33 años.

“Me dolió horrible”, dice el señor Juan, mientras observa el retrato en blanco y negro de su hijo y frota su anillo de graduación con tristeza. Aunque pronto reanuda la charla: “A mi hijo el mediano le he enseñado algo.  No sé si esté interesado, es cosa de él, yo no sé. Yo le he enseñado, pero no sé si le guste la relojería. Este local se va a quedar solo, pienso yo. Ya no va a haber nada.”

El arte de conservar el tiempo

Juan Orozco Ábrego tiene 75 años, los mismos que la relojería El Rubí, y desde los 15 se ha dedicado al oficio, que su padre, Juan Orozco Pérez, le enseñó. En un principio trabajó en una cerrajería y una carpintería, pero su padre lo alentó a que aprendiera sobre joyería y relojería, y lo convenció de trabajar con él.

Lo más complicado de aprender el oficio fue la manipulación en la relojería. “Necesitas tener muy buena vista y un buen pulso para manipular las diminutas piezas”, asegura el señor Juan.

Y contrario a lo imaginable, las nuevas tecnologías no significaron muchos problemas para el maestro relojero; incluso le resultó más sencillo arreglar los relojes. El estudio constante y la actualización son factores que le han ayudado en este largo camino. “En un principio sí se me dificultó un poco aprender nuevas cosas, ahora ya no, es pan comido, es más rápido de reparar”, dice sonriendo.

“México es uno de los países donde más adultos mayores trabajan para subsistir, de acuerdo con datos de la OCDE, debido, en gran medida, a que no reciben una pensión digna”, señala Maribel Monterrubio, directora de Vitalis.

La calle Bucareli, donde siempre ha estado la relojería El Rubí, es una de las más emblemáticas de la Ciudad de México. El señor Juan la recuerda con mucha nostalgia y lamenta que hayan quitado los autobuses y los tranvías, y que las manifestaciones hayan marchitado la vida que tenia.

“Yo nomás recuerdo que aquí enfrente de la joyería había un restaurante muy famoso de esa época y que pertenecía a Luis Procuna, un torero. Y al otro lado había un restaurante que se llamaba el Conde, donde se juntaban todos los periodistas de ExcélsiorEl Universal”, recuerda.

Los trabajos más solicitados solían estar relacionados con la joyería, “pero eso fue bajando por el alza del metal; ha subido mucho el oro, la gente ya no compra. Ahora lo único que reparo es relojería, que ha sido noble y se ha mantenido económica. Cuando empezó Televicentro, recuerdo que en una ocasión vinieron Tin Tan y Los Polivoces a reparar joyería. Son unos de los pocos artistas que recuerdo que llegaron a venir, ya que yo estaba muy pequeño”, comenta.

 

Con los días contados

Parece inevitable que El Rubí, la joyería del señor Juan, y los demás locales en la calle Bucareli estén destinados a la extinción. Y aun con otra carpa inmensa de otra manifestación en Gobernación frente a su local, un cliente entra en ese momento, el señor Juan lo atiende con prontitud y cortesía. Ya tenía listo el reloj que le había dejado. “La atención al cliente es muy importante para que un negocio dure”, afirma el maestro.

Termina de despedir al cliente, alguien más entra, el señor Juan Orozco Ábrego vuelve a sonreír y atiende con amabilidad. “Ya tengo 75 años, hijo, ya voy a dejar en paz esto, ya estoy en horas extras. Y a pesar de que algunos clientes me piden que no lo deje, ya no estoy para estar de arriba abajo. Aunque de verdad lo voy a sentir cuando me vaya.”

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Oficios en extinción es una serie de historias sobre los guardianes de oficios que están siendo reemplazados por la tecnología, conoce a los otros protagonistas de esta serie elaborada por Forbes México. 

Salvador Casas, un sobreviviente de la fotografía artesanal

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