Alain Lagger es de esos personajes que tienen mil historias por contar,  un trotamundos que tras años de búsqueda encontró lo que realmente lo hacía sentir pleno: hacer felices a los demás.

 

Por Felipe Vallejos

 

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Alain Lagger, nacido hace 38 años en Ámsterdam, Holanda, no es un hombre construido para trabajar en una oficina de 8:00 am a 5:00 pm, de lunes a viernes; es más bien un freelance de espíritu que buscó desde muy joven el verdadero oficio que pudiera darle la satisfacción de aportar al mundo, búsqueda que tardó casi una década y que recayó en lo que denomina Life Coaching.

Cuando uno escucha que fue director de Felicidad de la empresa Open English —el gigante del aprendizaje de inglés en línea fundado por Andrés Moreno en 2007—, resulta hasta chocante que exista un departamento de esa naturaleza. Pero a medida que la conversación avanza, se llega al convencimiento de que resulta determinante trabajar la felicidad del empleado y el impacto productivo y social que tiene en la sociedad.

 

El cuento largo corto

A los 16 años ya había estudiado agricultura. No era lo suyo, entonces estudió un año para ser policía, acumulando en esa labor siete años y medio de experiencia, cubriendo todos los puestos que un oficial de policía pudiera tener. “Hice de todo ahí”, dice, pero lo que más destaca es la experiencia que adquirió tratando con personas, teniendo que decirle a muchos que un ser querido había fallecido en un accidente de tránsito. Fueron esos años donde se dio cuenta que tenía un don, en palabras simples, el poder de llegar al fondo espiritual y emocional de la gente.

Un momento lo marcó. Respondiendo a una denuncia de violencia doméstica, se encontró con un hombre amena­zando a su ex pareja de muerte, luego de que ella le pidiera el divorcio y le quitara la custodia de sus hijos. Al verse amena­zado por el arma blanca del desconocido, Alain sacó el arma, y en unos segundos, el gesto de disparar asustó al hombre y se tiró al suelo. Al otro día, ambos se sintieron agradecidos de que no haya terminado en tragedia. La violencia no había tenido justificación, pero la vida le daba otra oportunidad a aquel hombre y para Alain llegaba la señal inequívoca de que era tiempo de hacer otras cosas.

Vivió un periodo de reflexión e intentos laborales, desde entrenador personal en un gimnasio, pasando por ser el administrador de una compañía de venta de pantalones jeans, hasta de vendedor de cupones de comida recorriendo barrios enteros, aventuras que parecían pasajeras y no algo definitivo. “No era feliz haciendo lo que hacía, quizás por un tiempo, pero no era lo que buscaba”, reflexiona. De algo sí estaba seguro: “Desde pequeño me gustó trabajar con gente, conocer sus emociones, motivaciones e historias”.

 

“Life coach”

Existe el coach del deporte, el laboral e incluso el político. Pero pocos se han atrevido a prepararse para ser un coach “de la vida”. En esto ha encontrado Alain su razón de levantarse cada día. “Las personas que no son felices en lo que trabajan desean que llegue el fin de semana para poder salir de ese ambiente. Ya el domingo en la noche vuelven a sentirse mal porque viene el lunes”, comenta.

Hubo un paso más antes de dedicarse de forma profesional a canalizar la felicidad en las personas: se convirtió en asistente de producción de comerciales. Esto le permitió viajar, conocer personas y hacerse un nombre en la industria, pero más allá del buen dinero que ganaba, hubo una cosa que llamó su atención de forma poderosa: “Veía a las celebridades o personas famosas y muchos de ellos eran personas tristes”, a pesar del dinero y la fama, recuerda. Esta experiencia la contrastó con una visita a Ruanda, donde descubrió, dada la extrema dificultad para encontrarla, que una botella con agua suponía la felicidad más grande para unos niños. “En Estados Unidos eso se da por sentado, por lo que los niños necesitan el último Play Station para sentirse bien, en Ruanda es el agua, pero al final, todos buscamos lo mismo: ser felices”, explica.

Los testimonios que recogió por el mundo, su propia historia y el don que tenía, lo llevó a profesionalizar sus conferencias y seminarios, para que personas comunes y corrientes, con alegrías y tristezas, momentos buenos y malos, vieran el panorama gene­ral de sus vidas y descubrieran que “no solo salen a vender un producto o un servicio, sino que por medio de él están cambiando vidas de otras personas”, dice.

En el centro de todo el ejercicio que emplea Alain en sus conferencias se ubica la felicidad, “un estado mental, de paz y rego­cijo”, y aunque el camino es distinto, dependiendo de la persona, su formación y cultura, “el fin último es el mismo, hacer algo que amamos y ser felices”, indica, mientras por la pantalla del computador se le aprecia la satisfacción al contar los detalles, la imagen propia de un hombre que no solo cree en lo que vende, también lo aplica en su propia vida.

 

Open english

En las idas y vueltas de sus conferencias, conoció a Andrés Moreno, fundador y CEO de Open English, una de las más grandes empresas de aprendizaje de inglés online, un icono para personas de países de todo el continente, y muy pronto de Europa, que por medio del dominio del inglés “han podido tener una mejor cali­dad de vida. Y ese es el aporte de Andrés: ha cambiado la vida de cientos de miles de personas”.

No está lejos de ser acertado. Fundada en el 2007, Open English es una empresa que pasó de 5,000 estudiantes en 2010, a 100,000 estudiantes en 40 países distintos para el 2014, y una máxima que se ha convertido en su sello distintivo: “clases online 24 horas al día y siete días a la semana”.

El encuentro entre Moreno y Alain fue hace tres años. La expe­riencia del holandés le permitió al fundador de Open English sentir que vendía algo más que cursos en inglés, sensación que quiso que sus más de 2,000 empleados también pudieran expe­rimentar. Es así como Alain entró en Open English para conver­tirse en el director de la Felicidad.

Trabajaron durante dos años y medio juntos. Los números, inmejorables. A través de conferencias y coaching más personali­zado, la productividad subió, la permanencia de los empleados se prolongó y su entrega fue absoluta. Alain lo resume a la perfec­ción: “Les hicimos ver que no solo eran vendedores con una meta diaria, sino que eran y son cambiadores de vida”, la huella que todo humano anhela dejar en su vida profesional.

Los 20 días de viaje al mes que conllevaba estar en Open English y su espíritu de freelance, lo llevó a buscar nuevas fron­teras, consultorías y conferencias, con clientes en diversos países que buscan en la felicidad un factor decisivo para la productivi­dad de una empresa, un gobierno y en última instancia, un país.

Conoce bien el mercado dominicano, incluso tiene clientes, y se consolidan sus planes para venir al país a hablar sobre la búsqueda de la felicidad, “el principal propósito en la vida” de las personas, y de la suya propia, hoy felizmente casado. “Soy una persona inmen­samente feliz, haré esto el resto de mi vida, haré lo que amo”, dice.

Al despedirse anuncia un proyecto ambicioso. “Estoy prepa­rando un libro que llevará toda nuestra experiencia”, comenta. Nos aventuramos a decir que el título tendrá la palabra felicidad. Sonríe y relajadamente contesta: “de seguro que sí”.

 

La felicidad en números

Alain explica que la vida laboral de una persona es crítica. “Del día, pasas 70% en la oficina, es decir, la mayor parte del tiempo. Si no eres feliz ahí, serás infeliz en general”, dice. Los números y estudios lo respaldan.

Si los empleados de una oficina u empresa se sienten satisfechos y plenos, serán hasta 30% más productivos que un empleado pro­medio. Esto le otorga a la empresa mayor productividad, ingresos y un valor agregado con respecto a su competencia.

Alain da un ejemplo: “Si en una empresa pequeña de 50 empleados hay felicidad, dicha compañía se ahorrará en ausencia por enfermedad y renuncias, algo más de 169,000 dólares al año”, explica. Si eso lo llevamos a empresas de 1,000 empleados, el ahorro vendría a traducirse en 3.5 millones de dólares por año.

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