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*Este texto fue publicado originalmente el 22 de febrero de 2016.

 

Por Enrique Hernández

Buenos Aires, Argentina.- Juan Pablo Escobar, el hijo del narcotraficante colombiano Pablo Escobar Gaviria, se muestra a favor de la legalización de la marihuana para reducir la violencia y la corrupción, que infecta a los grupos más vulnerables de América Latina.

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“Mis dichos coinciden con lo mismo que dice Bill Clinton, Jimmy Carter, Mario Vargas Llosa y César Gaviria, que fue el presidente colombiano que más combatió a mi padre y hoy piensa diferente”, dice.

Clinton y Carter, ex presidentes de Estados Unidos; Vargas Llosa, escritor peruano y Premio Nobel de Literatura 2010, así como Gaviria ha dicho en el pasado que en América Latina y EU se debe legalizar la marihuana.

“La prohibición de la droga garantiza la permanencia de otros Pablos Escobar y de Chapos Guzmán en el mundo. Si queremos eso, ésa es la ruta, y si no queremos más Pablos ni Chapos, entonces hay que mirar de otra manera”, señala.

“El 51% de los estados en Estados Unidos hoy han legalizado la marihuana; algunos para uso mixto, recreativo o medicinal. La droga que más dinero produce a nivel ilícito es la marihuana, porque es la más difundida en el mundo y la más tolerada”, agrega el colombiano que se negó a dirigir el Cartel de Medellín.

El Cartel de Medellín abastecía 80% de la cocaína consumida en Estados Unidos, lo cual generaba unos 8,000 millones de dólares por año en la década de los ochenta.

La organización era dirigida por Pablo Escobar Gaviria, el Padrino, así como Jorge Luis Ochoa Vásquez, jefe de la familia Ochoa de Medellín; Carlos Lehder, un ladrón de automóviles que hizo fortuna traficando cocaína desde su isla en las Bahamas, y José Gonzalo Rodríguez Gacha, el Mexicano, zar de la cocaína en Bogotá.

“No es una violencia generada por esos personajes, sino de la corrupción que la acompaña y patrocina. Siempre se ha intentado desde los Estados señalar a los mafiosos como los culpables, pero eso es con la intención de tapar la corrupción que ha permitido su crecimiento”, manifesta. “La violencia se ha ido trasladando a otros países; no es un problema de México ni de Colombia, pues se propone la autodestrucción de las clases más bajas latinoamericanas a través de la muerte para llevarles el elíxir por el que los estadounidenses pagan fortunas”.

El hijo de Escobar Gaviria quiere por igual a tres países de América Latina: a Colombia, donde nació; a Argentina, donde vive refugiado y exiliado desde hace más de dos décadas, y a México, una nación de la que se enamoró a través de su esposa e hijo.

“Que tristeza que en México se asesinen unos a otros por el mercado que cruzando la frontera es prácticamente legal. En México se matan por esa ilegalidad; lo mismo está pasando en Colombia, en donde hay violencia generada por las mafias relacionadas con la marihuana”, tira el hombre que escribió 21 años después su historia en el libro Pablo Escobar, mi padre.

“En Uruguay desterraron a las mafias relacionadas con la marihuana, porque el consumidor tiene la posibilidad de cultivar sus propias plantas y no se mete al negocio de la violencia por querer fumarse un porro”, lanza el empresario y promotor de la marca de ropa Pablo Escobar.

“A cada droga se le debe dar un trato diferente, y no se puede hablar en los mismos términos de la marihuana que de la cocaína”, señala el hombre, pensativo, quien sorbe a ratos una Coca-Cola y permanece sentado en un gabinete de un Burger King, ubicado en el 1800 de la avenida El Libertador General San Martín, en la provincia de Buenos Aires.

Juan Pablo cambió de identidad a los 16 años; se nombró Juan Sebastián Marroquín. Lo mismo hicieron su madre y su hermana menor, y su esposa, de las cuales se conoce y sabe poco. Ellos viven a unos 20 kilómetros de Buenos Aires.

Marroquín se alejó de las noticias desde el primer día que pisó tierras argentinas, y decidió dedicarse a promover la paz y a mostrar, a través de libros y la ropa, los peligros de ser narcotraficante.

Alejado del glamour, prefiere platicar en un establecimiento de comida rápida. Nadie se acerca a Juan Pablo a pedirle una selfie. Nadie lo reconoce, a pesar de que en la década de los noventa, a lado de su padre, el temido Pablo Emilio Escobar Gaviria, posaba para los periódicos de Colombia, y quizás del mundo, que les dedicaban las ocho columnas. Nada le inquieta, ni siquiera la voz de la colombiana Shakira, que suena en la radio y acompaña como música de fondo a los comensales de hamburguesas y papitas fritas.

Tampoco presume lujos, no viene con escoltas, ni con chaleco antibalas; sólo trae puesta una chamarra barata que lo protege de la intensa lluvia del miércoles 12 de agosto de 2015, día en que estaban inundados 40 municipios del Gran Buenos Aires.

Sin reparo, atiende cada una de las preguntas e inquietudes sobre el narcotráfico en América Latina, así como sobre Joaquín Chapo Guzmán Loera, quien se hizo más famoso desde su segunda fuga del Penal de Máxima Seguridad de Almoloya, la noche del 12 de julio de 2015. Se lo tragó la tierra.

 

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Juan Pablo Escobar, hijo de Pablo Escobar Gaviria. (Foto: Enrique Hernández).

—¿Para eliminar la violencia se necesita legalizar la marihuana como lo proponen César Gaviria y otros presidentes?

Absolutamente. Hay que comenzar por ahí y hay que tener la valentía como persona, como familia, como líderes y como naciones, de dar el permiso para que a cada persona se le respete el libre desarrollo de la personalidad. No soy muy amigo de los Estados que obligan a las personas a consumir determinados productos sí y determinados producto no.

 

—¿Fumaste marihuana?

Yo probé marihuana a los 28 años en la universidad. Estuve rodeado de todas las drogas que se puedan imaginar, y mi padre era el dueño de la fábrica. Él me educó e informó a una edad temprana para no caer en esas tentaciones.

 

—¿Qué te dijo Pablo Escobar para que no fueras su cliente?

Yo pude ser un drogadicto consumado, porque tengo todas las excusas para acceder a esas droga, y no lo hice. Recibí el cuidado y el amor de mi familia, algo que no recibí desde el Estado. Si conmigo esa situación tan extrema funcionó, con mayor éxito puede funcionar en chicos que no están expuestos ni al 1% de las historias violentas y criminales.

 

—¿Cuál es tu trato con el gobierno de Estados Unidos?

Ninguno. Ellos saben que no soy ni narcotraficante ni bandido, pero me acusan de narcotraficante por ser portador del ADN de Pablo Escobar. Eso habla de una intolerancia y discriminación que propone violencia.

 

—¿En qué momento pierde la razón tu padre?

Mi padre quiso entrar a la política, una mafia que le quedó grande. Él pensaba que era el más vivo y el más bandido de todos, y se metió a una jauría de gente. Como narcotraficante no puedes pretender ir con la ingenuidad de que nadie lo va a descubrir ni se darán cuenta. Eso fue un gran escándalo en su momento y ocasionó la muerte en 1984 del ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla; después se desencadenó una violencia sin precedente en Colombia.

 

—¿Tú padre le tenía miedo a la extradición a EU?

Era a lo único a lo que medio le tenía miedo, porque le parecía una injusticia y le parecía que el Estado colombiano vendía a sus connacionales como carne a cambio de favores y de ayudas económicas que promovieron la corrupción. Él estaba en contra de la extradición, porque era ineficiente. De todos los narcotraficantes extraditados en las últimas dos décadas, ¿cuál sigue preso? Ninguno. Todos están viviendo con visa y disfrutan de Miami.

 

—¿Cuál es el papel de Estados Unidos para generar la paz en América Latina?

Para Estados Unidos es un negocio muy rentable la prohibición de las drogas, porque venden armas mejor que nadie. Con ese cuento de que todo mundo tiene derecho a portar una arma, en Estados Unidos se desaparecen centenares de armas y nadie sabe quién las compró ni dónde quedaron.

 

— ¿Dónde quedan las armas vendidas en Estados Unidos?

Todo el armamento termina en las manos de jóvenes latinoamericanos que se están matando entre ellos. Pero la legalización de marihuana es un primer paso para concientizar a la sociedad a nivel global.

 

—¿Qué recuerdas de la fuga de Pablo Escobar?

La sensación fue de tristeza, porque mi padre perdió la única oportunidad que le dio el Estado colombiano para recomponer su camino. La tiró a la basura, y eso a mí no me gustó, porque yo tenía la esperanza y hubiera preferido, como hijo, visitarlo 30 años en esa cárcel hasta que pagara el último de sus crímenes, y regresar tranquilos a vivir la vida.

 

—¿La fuga del Chapo Guzmán se parece en algo a la realizada por tu padre?

No pueden compararse los capos. Al Chapo lo capturaron y mi padre se entregó bajo las condiciones que impuso, y eso era una gran diferencia. Una cosa es una persona que se someta voluntariamente a la justicia, y encima se somete teniendo al Estado sometido por la vía de la violencia, a alguien que es aprehendido por la autoridad en flagrancia. Mi padre había hecho esa entrega con el ánimo de hacer la paz en Colombia.

 

—¿El Chapo Guzmán superó con su fuga a Pablo Escobar como el mayor narco del mundo?

Cada persona es independiente y cada uno tiene una historia diferente, y como tal debe ser entendida y observada. Su (fuga) es una cuestión anecdótica, y después de él vendrán más si el contexto de corrupción no cambia.

 

—¿Hubo cacería en contra de la familia de Pablo Escobar después de la fuga?

Totalmente. Fuimos declarados objetivo militar. Por mi padre ofrecían 10 millones de dólares y por mí 4 millones de dólares. Yo no era ningún bandido.

 

—Lo vivido actualmente México ¿en qué se parece al Colombia de Pablo Escobar?

Están por vivir una misma época de terror como la que atravesó en su momento Colombia. Lo triste es que eso se puede evitar y vamos a ver quién es capaz de hacerlo para evitarlo. La vía de las balas sólo genera el empeoramiento de la situación. Esto no se resuelve con pistolas ni con ametralladoras ni con el fusil más grande. Me importa y me interesa todo lo que sucede en México, porque por la sangre de mi hijo corre una parte de sangre mexicana. Mi esposa es mexicana. Todo lo que le ocurra a México, a mí también me afecta, me importa y no me es ajeno.

Andrea Ochoa es la mexicana que fue novia del hijo de Pablo Escobar; luego se convirtió en su esposa. También se cambió el nombre y pasó a llamarse María Ángeles Sarmiento. De ahí nace el gusto de Juan Pablo por las tierras aztecas.

 

—¿Una parte de tu corazón está en México?

No tengan ninguna duda, y me duele ver cómo México está en la puerta de repetir la historia de mi padre. En un hombre y cabeza de otro personaje.

 

—¿Es el Chapo Guzmán?

No importa. Mañana no va a estar él y tendremos otro. Cuántas veces las autoridades en el mundo nos han anunciado el desmantelamiento de todos los cárteles del narcotráfico. Ya nos anunciaron el desmantelamiento del Cártel de Medellín, que exportó 80% de la cocaína. Al otro día pensábamos que no habría más cocaína en el mundo, y nunca se oyó y se dijo que había un faltante. Un año después acabaron con el Cártel de Cali; también lo hicieron responsable del 80% de la cocaína distribuida en el mundo. Tampoco faltó la droga. Al siguiente año acabaron con el Cártel del Norte del Valle, que eran los que movían 80% de la cocaína y no cambió en nada. Cuántos capos más nos dirán que mataron o capturaron.

 

—¿Qué otros hijos de narcotraficantes no se dedican a negocios lícitos?

Muchos entendieron que no era viable continuar con los pasos de nuestros padres y muchos hijos de narcos se dieron cuenta que no era la manera, y a través de ejemplos como el mío decidieron cambiar de actitud y no siguieron adelante con esas empresas. Obviamente hay de todo. Los hijos de los Rodríguez Orihuela se prepararon y educaron para hacer otras cosas y no siguen en los temas de la violencia.

 

—¿ Duermes tranquilo después de la persecución en Colombia?

Así es. Ahorita le estoy dando la espalda a la entrada y a la puerta. El día que me quieran matar, que lo hagan.

 

—¿Tienes enemigos?

Seguro que sí, pero no me los he hecho yo ni me los he ganado yo. Los enemigos que tengo son los que heredé.

 

—¿Te invitaron a formar parte de todas las series de Pablo Escobar filmadas en Colombia?

No, en lo absoluto.

 

—¿Te invitaron ser parte de Narcos, una serie de Pablo Escobar producida por Netflix?

A ninguno le interesa la versión real de la familia y todos quieren manipular sus propias versiones e historias. Es triste que a los grandes medios de comunicación no les interese comunicar la verdad de los acontecimientos, sino versiones amañadas.

 

—¿Has visto las series de Pablo Escobar?

He perdido el tiempo viendo El patrón del mal. Es una caricatura sobre mi padre, porque ésa no es la persona que conocí ni la historia que viví. Entretienen a los incautos y a los que ignoran lo que aconteció.

 

—¿Te molestan las series?

Siembran en los jóvenes un glamour sobre la profesión del narcotráfico y convierten al narcotraficante en un personaje aspiracional. Y siembran en los jóvenes la posibilidad de que ser narcotraficante es bueno.

 

—¿Rechazas la apología al narcotraficante?

Estoy aquí para recordarles que el narcotráfico no es tan bueno ni como lo pintan. Les traen más problemas que alegrías, y para eso tengo argumentos contundentes; no me baso en historias de terceros, sino en la mía: fui millonario y nunca pude comprar las cosas que quería en la vida.

 

—¿No es buena la apología al crimen a través de la series de televisión?

Los jóvenes hoy en día son bombardeados por productos audiovisuales e  historias como las de mi padre que generan mucho interés, venden y atraen. Queda muy difícil la línea del héroe o villano; cuando se instala esa duda, los jóvenes optan por convertirse en narcos. La sociedad y las series muestran la mejor parte de ser narco, como estar rodeado de mujeres, automóviles, yates, aviones… eso dura cinco minutos. Estoy seguro de que el Chapo Guzmán cambiaría toda su fortuna por la tranquilidad.

 

—El narcotráfico ¿qué te impidió comprar?

La tranquilidad y libertad.

 

—¿Anhelabas beber una Coca-Cola en un Burger King?

No tenía la cultura para comprarme las cosas buenas; ahora no tengo la plata. Lo que más añoraba era la libertad y tranquilidad.

 

—¿Cuántos millones de dólares tenías cuando vivía tu padre?

Estaba lleno de millones de dólares y aguantaba el hambre; era dueño de muchas casas, pero no podía vivir en ninguna; era dueño de mucho automóviles, pero no podía manejar ninguno; era dueño muchas motos, pero no podía disfrutar de ninguna; tenía el dinero para comprar el supermercado, pero no la comida ni la libertad.

 

—¿El hambre la sufriste cuando los persiguió el Ejército colombiano?

Sí. Eso fue en el último año de vida de mi padre.

 

—Tu madre ¿a qué se dedica en Argentina?

Ella sigue estudiando ya es coach odontológica, así como se dedicada al negocio inmobiliario y de arte. Cada uno trabaja independiente.

 

—¿Tu madre da entrevistas?

Ninguna.

 

—¿Por temor no da entrevistas?

No. Hay quienes estamos dispuestos a hacerlo y hay quienes no.

 

—¿Cuál es el mensaje de tu madre para la sociedad?

El mensaje lo envió en la educación de sus hijos. Si lo hubiera hecho mal como madre, pues sería el peor bandido y el Pablo Escobar 2.0 que todos esperaban que yo fuera. El mundo sí le debe a ella reconocimiento de criar a sus hijos con valores humanos.

 

—¿Mantienes contacto con tus familiares en Colombia?

Sólo con la familia materna. Con la familia paterna nada.

 

—¿Te peleaste con la familia de tu padre?, o ¿por qué no tienes contacto con ellos?

Son de lo peor que he conocido y son más malos que mi padre.

 

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