Sí, es cierto que Estados Unidos es una súper potencia económica, pero también es cierto que “ya no es tan dominante como solía ser”, reconoce Paul Krugman, el estadounidense ganador del Premio Nobel de Economía 2008. La principal razón de ese declive, aunque no la única, reconoce el economista, se encuentra sentado en la Oficina Oval de la Casa Blanca, aún no cumple un año en el cargo, y lleva por nombre Donald Trump.

“Lo que nos distinguía, además de ser una gran economía, es que defendíamos algo, teníamos una serie de valores, éramos un faro para la democracia, los Derechos humanos, éramos el sitio que mucha gente veía como el ideal, Estados Unidos era el socio en el que podías confiar, el que creía en el imperio de la ley. Hoy tenemos en el poder a un autoritario incapaz de controlar sus impulsos, ¿qué ideales defiende Estados Unidos a estas alturas? Incluso si cierras un trato con Estados Unidos, ¿qué beneficio tendría si esta administración gusta de romperlos a capricho? La influencia de Estados Unidos en el mundo ha mostrado un gran declive”, dice a Forbes Krugman durante una entrevista ofrecida en el marco de su vista a México, como parte de un evento llamado Conversaciones con The New York Times, con el que el diario estadounidense busca promover su presencia en nuestro país.

No obstante, Krugman advierte que el Imperio Estadounidense no es como otros del pasado, “la Pax Americana [como se define a ese estado de relativa paz internacional comandado y vigilado por Estados Unidos] nunca fue como el Imperio Romano, tenía ciertos rasgos de él, pero Estados Unidos era el líder de una alianza de Estados democráticos alineados, impulsó un sistema internacional de leyes y reglas construido a su imagen y semejanza, y desde hace algún tiempo ha existido una erosión en ese sistema”.

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El egresado de Yale afirma que hace 10 años podía pensarse que el mundo era capaz de entrar en una nueva era de prosperidad impulsada por una agenda común entre Estados Unidos y Europa, una en la que ambos bloques pudieran “trabajar juntos para crear un mundo más seguro y decente, pero resulta que estadounidenses y europeos tienen sus propios problemas y que existe un nuevo súper poder: China. No obstante, ¿cuáles son los ideales de China? No les interesa nada excepto China, así que es un peor mundo de lo que esperaba”.

Krugman no está solo en esa visión, en su libro In the Shadows of the American Century: The Rise and Decline of US Global Power (En las sombras del Siglo Americano: El auge y declive del poder global de Estados Unidos), Alfred W. McCoy, historiador y académico de la Universidad de Wisconsin–Madison, expone un argumento similar, aunque mucho más radical.

Para McCoy, en 2030 China superará a Estados Unidos en influencia global, tanto militar como económicamente, y enlista una serie de factores que tuvieron como detonante la invasión a Irak en 2003 y, aunque ambos autores coinciden en que Trump no es el responsable solitario de ese declive, también lo hacen en el hecho de que sí ha sido una figura clave para acelerarlo.

No obstante, “podría ser peor”, afirma Krugman, refiriéndose a Trump, “podría ser competente, él tiene un instinto autoritario, pero también es incompetente, su malicia es moderada por su incompetencia”.

De acuerdo con el editorialista, Trump, “es una persona temible, claramente no tiene respeto por la democracia, ni por la libertad de expresión, pero es terriblemente malo en su trabajo y hasta ahora su agenda legislativa ha sido un completo desastre y su aprobación es muy baja”.

“Algunos de nosotros temíamos que Trump fuera la cabeza de un régimen autoritario y populista que consolidara su poder, y hasta ahora Trump no lo ha hecho, está a la defensiva, así que podría ser peor”, sostiene Krugman.

 

El espejismo de Silicon Valley

Además de la influencia que Estados Unidos tiene aún sobre el mundo en los ámbitos político, económico y cultural, hay que ha crecido significativamente en los últimos años: el tecnológico. Una de las principales manifestaciones de ese dominio se ha dado gracias al auge de internet y la economía digital, la cual ha generado modelos de negocio impensables un par de décadas atrás, y la generación de riqueza sin precedente para algunos cuantos, a pesar de que las denominadas economías colaborativas puedan ofrecer la impresión de que los beneficios del avance tecnológico pueden ser colectivizados.

Pero Krugman no compra esa visión: “Soy un escéptico del discurso tecnológico. La noción de que la tecnología y la rápida sucesión de cambios que ha motivado ha reducido la inequidad, es buena, pero no encaja con los hechos. Si tenemos una revolución tecnológica, por qué la productividad crece a una tasa tan lenta, ¿qué hacen esos robots si no están haciendo una diferencia? En múltiples formas podría decirse que ha habido menos cambios y que la forma en que vivimos ha reducido su ritmo”, afirma.

Ese discurso no sirve para explicar la inequidad, sostiene el Nobel, “solíamos decir que la inequidad era gente con educación y salarios altos contra la gente sin estudios y en la pobreza. Ésa ya no es la historia y no lo ha sido durante los últimos 15 años, los salarios se han estancado para el típico trabajador con un título universitario, lo que hemos visto es una explosión en los ingresos del segmento más alto, lo cual ha sido motivado por una mejora en las finanzas, ni siquiera sabemos exactamente qué lo motiva, pero no es la tecnología”.

En ese orden de ideas sobre el desarrollo tecnológico y los espejismos, Krugman fue cuestionado sobre su visión de las criptomonedas, particularmente el Bitcoin, una de las manifestaciones de la economía digital que más popularidad ha adquirido en los últimos años, y su respuesta fue contundente: “Todavía creo que es una estafa, un esquema Ponzi, que un día la gente mirará a su alrededor y dirá 0esto de verdad no vale nada’”.

A pesar de reconocerse un escéptico de la noción del desarrollo impulsado por la tecnología, Krugman concede que globalmente puede verse una reducción de la inequidad entre los países, y que ésta ha ayudado a que algunas naciones pobres crezcan, “Branco Milanovic [colega de Krugman en la City University of New York] tiene una curva de ingreso que muestra cómo el 1% gana mucho más, pero también cómo otros también han tenido progresos, como China o algunas partes de la India y eso es positivo. Son más 1,000 millones de personas que han salido de una pobreza intensa. Eso es producto, en parte, de la tecnología, en parte cambios en las políticas, parte globalización, es una mejor historia que lo que yo me habría imaginado hace 30 años que sería”.

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Y si bien el autor de El retorno de la economía de la depresión y la crisis actual desconfía de lo que la tecnología ha hecho hasta ahora, cree que lo que logrará en el futuro es prometedor. “La Inteligencia Artificial era una broma hace 10 años y hoy funcionan para algunas cosas, la traducción automática es razonable, no genial, pero funciona en la mayoría de los casos; el reconocimiento de voz es bueno, el reconocimiento de imágenes, ¿quién sabe qué viene? Si has visto suficientes películas de ciencia ficción pensarás que Skynet vendrá por nosotros, pero podría ser un mundo muy distinto”.

Al final, aunque Krugman se define a sí mismo como un no entusiasta, deja ver que no todo está perdido: “Claro, podría haber una tragedia ecológica y dejar un mundo muy distinto, pero podríamos también ser más ricos de lo que somos ahora, y con suerte más limpios porque tenemos el potencial de las energías renovables, hay un renacimiento de la cultura urbana, no sólo en Estados Unidos y Europa, sino en muchas partes del mundo. Yo crecí creyendo que viviría en un mundo distópico en el que todo sería crimen y comunidades lastimadas y no tendríamos una esfera pública, pero en cambio tenemos lo opuesto, hemos aprendido a vivir en colectividad, eso es algo muy positivo”.

 

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