Algunas veces las fronteras entre los terrenos profesionales se tocan con otras. La política y el mundo corporativo tienen similitudes y podemos tomar ejemplos para adaptarlos a nuestra forma de operar e innovar nuestro quehacer cotidiano. Especialmente cuando nos referimos a las decisiones de liderazgo, las transformaciones de mejora y cambio que enfrentan resistencias, algunas veces irracionales.

La muerte de Mikhail Gorvachov me ha generado una serie de reflexiones sobre lo que significa el liderazgo. El último líder de la extinta Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas soñó con modernizar y reformar su nación, pero falló. Aunque puso manos a la obra desde los primeros días de su mandato, el remedio llegó tarde. La Perestrioka y sus deseos de tener una nación más libre y menos amenazada, menos censurada no dieron los frutos necesarios para el rescate.

Por increíble que parezca, un hombre que pugnó por darle mayor libertad a los ciudadanos fue casi olvidado por los suyos —por lo general, nadie es profeta en su tierra— y por los extranjeros. Muchos jóvenes no tienen idea quien fue Mikhail Gorvachov pero sí saben quién fue Stalin. 

El liderazgo estalinista que se vivió en el siglo XX se construyó a partir del terror que lograba infligir un personaje. Iósif Stalin fue un hombre de mano dura que condujo a la Unión Soviética con una mano tan dura que la gente vivía con pánico; todo debía estar a su modo y si no estabas con él estabas en su contra y eso significaba que estabas en riesgo de perder la vida. Cada uno de los habitantes se convirtieron en censores, unos espiaban a los otros y sentías la mirada poderosa del dictador soviético y cada día, en todo lugar y a toda hora. 

Los liderazgos posteriores de Malnekov, Jrushcov, Breshnev y sus predecesores parecían un pedacito de dulce comparado con la mano de hierro de la época estalinista. No es extraño que al llegar Govachov a ser secretario general del Soviet Supremo quisiera cambiar las políticas de Estado y dar más libertad. En su época logró abrir las fronteras, permitir la inversión extranjera y por primera vez se permitió hablar del pasado en forma crítica y sin miedo a perder la vida. 

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No es de extrañar que, en un ambiente más libre, floreciera la cultura. Hubo mucha producción literaria, filmográfica, música. Gorbachov quería que el mundo conociera su nación y quiso derrumbar la cortina de hierro. Lo logró y con ello cambió la geopolítica del mundo. Se liberaron presos políticos que llevaban años en prisión por sus posturas de pensamiento. Se rompieron muchos grilletes y gracias a esta gestión Alemania Democrática, Polonia, Rumania, Checoslovaquia, Yugoslavia y otras naciones se quitaron el yugo soviético. Las bisagras de la URSS empezaron a rechinar. Rusia, Ucrania y Bielorusia negociaron el fin de la Unión Soviética y pusieron en arresto domiciliario a Mikhail Gorvachov.

Con el tiempo, el hombre se alejó de la política. Quiso competir para las elecciones y obtuvo un apoyo del uno por ciento de la preferencia de los votantes. Intentó preservar parte de su legado y junto con organizaciones particulares quiso crear El museo del terror de la época estalinista. Quería dejar testimonio de todo lo que pasó en esos tiempos: gente que era arrestada y separada de sus familias por la simple sospecha de sabrá Dios qué cosa. Gente que perdió la vida sin que se hubiera enterado qué fue lo que hizo mal, sin que mediara una acusación formal.

Gorbachov quiso liberar para siempre a su gente de prácticas en las que un Estado tan poderoso llevado de la mano de un líder tan enérgico fue capaz de firmar sentencias de muerte en legajos de doscientos folios, en los que cada sentencia tenía el nombre de una persona y que por supuesto, quien autorizaba plasmaba sello y firma en forma automática sin revisar. Y, esas prácticas eran una costumbre diaria en esos tiempos. Sintió que dejando ese testimonio, la historia no se repetiría ni en su tierra ni en el extranjero.

Pero la gente olvida. Por alguna extraña razón, las personas somos capaces de entronizar a tiranos y de olvidar a las personas que buscaron dar libertad a sus compatriotas. Cuando veamos las barbas del vecino cortar, es tiempo de poner las nuestras a remojar. Gorbachov declaró: “¡Nadie debe de tener miedo de su propia gente!” Murió en su casa, siempre alineado a sus ideales sin abandonar a su patria. Imaginó una mejor nación. Intentó modernizar una nación. Hubo fuerzas que reprimieron ese intento.

En el mundo corporativo, se corre el riesgo de caer en la tentación de forjar liderazgos autoritarios que se construyen alrededor de una figura fuerte, carismática a la que la gente adora o le teme —o las dos— sin que en realidad se le pueda medir por los resultados que está generando su gestión. Gente que es capaz de tirar la rienda y dejarla tan tensa que su equipo de trabajo vive mordiéndose las uñas, asustados ante la posibilidad de cometer un error y perder su trabajo.

Asimismo, se corre el riesgo de mirar al pasado con nostalgia, aunque esos tiempos hubieran sido terroríficos. Entonces, un nuevo liderazgo, distinto al anterior que nos puede estar trayendo beneficios, se ve con recelo porque le tenemos miedo al cambio y nos resistimos. Los intentos de modernización tienen estas amenazas. Son tan reales que pueden romper y acabar con esas iniciativas.

Y, me parece increíble que los hechos no nos lleven a entender, que la evidencia no nos ayude a cambiar de punto de vista. Parece que algunos límites de la mente se pueden dibujar entre la resistencia al cambio y el miedo que eso nos provoca. Una vez que nos forjamos una impresión, es difícil dejarla ir. Por eso fallan los intentos de cambiar una nación, una corporación o un proyecto emprendedor. Por eso, no hay que olvidar lo que nos enseñan los ejemplos de personas como Mikhail Gorbachov.

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