Es posible que el llamado “Juicio del Siglo” no sea más que una pieza en el proceso de reacomodo del mundo del narcotráfico, que ya de por sí está en impredecible movimiento. El resultado del juicio era de esperarse, desde la anunciada extradición se vislumbraba el fin un liderazgo controvertido y por demás cuestionado.

Joaquín Guzmán Loera, ha despertado el morbo y la necesidad de conocer y entender un mundo que nos es ajeno en el detalle, pero cercano en su repercusión.

Su historia ha estado marcada por la traición, la ambición y el crimen; la extorsión y los nexos con el poder. El sin fin de pruebas y testimonios en contra de Guzmán Loera evidencian los acuerdos, la colusión y los profundos intereses que gobierno y narcotráfico han tenido a lo largo de la historia reciente.

Más allá de los estereotipos mostrados en series, películas y documentales; la historia de Joaquín Guzmán nos obliga a replantear el rol del Gobierno en la verdadera lucha contra la pobreza, la delincuencia y la inseguridad.

La regeneración del tejido social debe pasar del cliché y el asistencialismo a la propuesta que tenga como eje la educación.

El abatimiento del rezago educativo es urgente en comunidades como La Tuna, Sinaloa; lugar de refugio del delincuente más buscado en el mundo. Ahí, como en muchos lugares, la falta de oportunidades, la amplia marginación, la precaria condición de vida; son y seguirán siendo las condiciones propicias para nuevas generaciones de jóvenes que aspiren a las falsas mieles de la narcocultura si no se logra una verdadera política pública en favor de la educación y del desarrollo de una cultura emprendedora.

No bastan los programas de “becarios, no sicarios” si no tienen verdaderamente un proyecto educativo vinculado a oportunidades reales y sustentables de ocupación laboral.

El ciclo no virtuoso de delincuencia y pobreza sigue acechando a las nuevas generaciones quienes entre el morbo y el asombro, siguen de cerca los pasos de personajes como “El Chapo”, cuya vida sirve de espejo que motiva a las nuevas juventudes que ni estudian, ni trabajan.

Joaquín Guzmán, seguramente será condenado a cadena perpetua, buscará apelar la sentencia en los próximos días, como quien espera repetir uno de los muchos golpes de “suerte” que ha tenido (y han forjado) su vida.

Desde la lejanía que les impone la prisión, Emma Coronel no sólo ha seguido el juicio; ha seguido también a distancia, el liderazgo que probablemente heredará para llevar al Cartel de Sinaloa a esta nueva etapa, sin El Chapo y con un necesario reacomodo para la redistribución del poder.

 

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