Es momento de darle la vuelta al disco. El Lado A de México está muy bien representado por las reformas estructurales, principalmente la energética y la hacendaria. Pero el Lado B también puede tener éxitos insospechados, incluso más sorpresivos. ¿Cuáles son?

 

 

Nuevamente, el crecimiento económico de México está en el ojo del huracán. Las recientes cifras sobre su magrísimo desempeño nos exigen pensar más allá de las reformas estructurales.

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¿Hay algo más allá de las reformas estructurales y las medidas contra cíclicas tradicionales para impulsar la economía mexicana? Sí lo hay: el Lado B.

Los discos de vinil de larga duración a 33 revoluciones tenían dos lados. Generalmente, el Lado A era en el que se encontraban las canciones que estaban destinadas a convertirse en un éxito comercial, las más escuchadas en la radio. El primer sencillo de cualquier disco venía por lo general en el Lado A. En cambio, el Lado B era una suerte de misterio con mucho menores expectativas, pero con grandes sorpresas en cuanto a la calidad y, muchas veces, con mayor impacto para los conocedores que el mismo Lado A.

Cuando hablamos de política económica también existen dos lados. Hoy, el Lado A está muy bien representado por las reformas estructurales, principalmente la energética y la hacendaria. Por mucho, se llevan la mayor parte de los reflectores. En particular, en el caso de la energética, traen aparejadas grandes expectativas de crecimiento. Ya sea por el potencial de generación de inversiones, como el impacto en empleo y, sobre todo, por el acceso a energía barata que detonaría una fuente de competitividad adicional para las manufacturas y actividades industriales.

Sin duda, es de esperarse que la implementación de estas reformas dará un muy requerido y fuerte impulso a la economía mexicana en los próximos años. Sin embargo, será en los próximos años. Así es, tomará un largo tiempo el proceso propio de aprobación de la reforma energética, la promulgación de las leyes secundarias y reglamentarias, así como el proceso de aprobación en las legislaturas y, finalmente, su implementación por parte de los inversionistas. ¿Cuánto tiempo tomará el que los resultados se puedan ver en forma tangible en el día a día, tomando en cuanta que el ritmo de crecimiento de la economía hoy es extremadamente bajo?

La recientes cifras presentadas por el INEGI respecto al magrísimo crecimiento económico en el primer semestre y el ajuste en el pronóstico de crecimiento de la SHCP, así como las expectativas de la gradual normalización de la política monetaria en Estados Unidos, no hacen más que revelar la vulnerabilidad de la economía mexicana a choques externos.

Definitivamente, resulta necesario insistir en las reformas pero, al mismo tiempo, es indispensable encontrar otro motor para impulsar el crecimiento económico hoy. Los motores con los que ya contamos son básicamente tres:

1) El motor externo impulsado por el comercio internacional y, principalmente, la economía de Estados Unidos

2) Las reformas estructurales que se impulsan y que rendirán fruto en el definitivo largo plazo

3) El incipiente “mercado de ciclo interno”.

En esta coyuntura actual de franca desaceleración es necesario sacar las reformas estructurales pero, al mismo tiempo, es el momento ideal para impulsar a la economía –de corto y también de largo plazo– con “nuevas canciones” incluidas en el Lado B.

En este sentido, existen políticas y programas que se pueden instrumentar para impulsar el crecimiento económico y que no dependen de reformas estructurales, las cuales no se están realizando. Si bien no son políticas contracíclicas y su impacto no es inmediato, sí permiten darle mayor capacidad a nuestros motores de crecimiento.

Un claro ejemplo es el del comercio exterior. Mucho se ha hablado desde hace ya varios años respecto a que el impacto que tienen las exportaciones en la economía mexicana es relativamente reducido si lo comparamos con otros países. Este impacto del comercio exterior se conoce como el “efecto multiplicador” que mide por cada peso que se exporta, el impacto en el crecimiento de empleo y en la demanda de insumos y servicios que hace que la economía crezca.

El efecto multiplicador es mayor en la medida que una economía tiene un mayor contenido nacional en sus exportaciones, por el cual inclusive la inversión extranjera genera mayores enlaces hacia delante y hacia atrás o encadenamientos con otras industrias y sectores que impulsan a la economía. En el caso de México, el efecto multiplicador es 1.8. Es decir, de cada peso que México exporta se genera un crecimiento del PIB de 1.8; en Brasil el multiplicador es de 2.3 y en Estados Unidos llega a 3.3.

Un excelente sencillo del Lado B sería impulsar un programa para aumentar el contenido nacional en nuestra industria manufacturera, sin recurrir a políticas de protección arancelaria para activamente ampliar la cadena de suministro local. Esto elevará el efecto multiplicador en un contexto de apertura al comercio exterior.

Existe experiencia reciente y exitosa en instrumentar programas y políticas que han creado impulsos importantes a ciertas industrias. El conocido caso de las tecnologías de información que nos ha posicionado como el tercer exportador de software en el mundo o también el caso de la manufactura aeronáutica que avanza en la creación de cadenas de suministro con mayor contenido nacional, incluso mediante adquisiciones de Pymes extranjeras para elevar la proveduría local.

Los sencillos del Lado A puede que sean los más sonados, pero un futuro grande como el que le espera a México requiere también sencillos efectivos, enfocados y exitosos en el Lado B.

Es momento de darle la vuelta al disco.

 

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