Existen hombres de negocios que no sólo son exitosos, sino que cambian paradigmas, mejoran el juego y dejan una valiosa impronta en la economía mundial. Quiero dedicar estas líneas a alguien de esa categoría: Jack Bogle, uno de los más grandes innovadores financieros del siglo XX, quien, lamentablemente, se nos adelantó a principios de este año.

Jack Bogle es famoso por impulsar los fondos indexados y proponer una estrategia de inversión pragmática basada en el sentido común, y que estaba fuertemente sustentada en la teoría económica.

En los años 60, el premio Nobel de Economía Paul Samuelson había teorizado que, en el mercado de valores, los precios de las acciones incorporaban toda la información disponible y, por lo tanto, tendían, en mediano plazo, a un equilibrio. En este contexto, afirmaba que obtener mejores rendimientos que el mercado, en el mediano y largo plazo, no era posible, a menos que se contara con información privilegiada, y, si alguien lo lograba, el éxito sería efímero.

La principal conclusión que nace de la hipótesis de Samuelson sobre los mercados eficientes es que, si uno no le puede ganar al mercado, mejor hay que invertir en el mercado mismo. Esta idea inspiró la creación de los fondos indexados propuestos por Jack Bogle desde Vanguard Group, en la década de 1970.

Los fondos indexados son fondos que, simplemente, replican el comportamiento de un índice bursátil para ofrecer prácticamente el mismo rendimiento que el índice.

La ventaja de estos fondos, en términos de costos, es que no necesitan tanta gestión ni un numeroso equipo que esté buscando activamente nuevas oportunidades de inversión. Por lo mismo, esta estrategia de inversión exige comisiones más bajas, y es fácil de entender para los inversionistas poco sofisticados. La gran revolución de los fondos indexados es que, por su bajo costo, democratizaron el acceso a instrumentos financieros para los pequeños inversionistas.

La estructura organizacional de Vanguard Group, igualmente, es una innovación interesante. Para reducir los costos y mejorar la relación con los clientes, la compañía está estructurada como una empresa mutualista: los fondos son dueños de la compañía y los inversionistas son dueños de los fondos, por lo que también son dueños de Vanguard; no existen inversionistas externos. El objetivo de esta estructura es reducir al mínimo los costos de comisiones, lo que es central en la filosofía de inversión de Bogle.

A principios de su carrera, Jack Bogle era motivo de burla, pero se retiró como un héroe. “Si algún día se erige una estatua en honor a la persona que ha hecho más por los inversionistas estadounidenses, sin duda esa persona tiene que ser Jack Bogle”, declaró en alguna ocasión Warren Buffet. Si, en los años 70, Vanguard Group manejaba 1,700 millones de dólares (mdd) de activos de sus inversores, en 2010 alcanzó 1 billón de dólares (bdd) y, en 2018, llegó a los 5.1 bdd, más o menos 15 veces el valor de todas las empresas que cotizan en la Bolsa Mexicana de Valores.

Ahora bien, si es cierto que el genial Bogle fue exitoso en su papel de inversionista pasivo, ¿tiene algún valor la inversión activa? La respuesta es un sí rotundo. La figura del inversor activo seguirá teniendo un papel protagónico en el desarrollo de las sociedades, porque su trabajo es asignar, de manera eficiente, el capital, incentivando el talento.

La toma de decisiones de inversión con sustento empírico, análisis rigurosos y procesos que reproduzcan las mejores prácticas seguirá siendo una vía importante para generar valor, motivar el crecimiento económico y, claro, obtener retornos extraordinarios. Quizá la mayor prueba de esta confianza en la inversión activa está en una anécdota: Cuando falleció Samuelson, el guía teórico de los fondos indexados, sus hijos encontraron que poseía un sólo tipo de activo financiero: no inversiones en fondos indexados, sino acciones de Berkshire Hathaway, de Warren Buffet, el mejor inversionista activo de nuestros tiempos.

 

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