El maestro Scorsese parece estar de vuelta a los tiempos de Buenos Muchachos y, sobre todo, de Casino, mientras que DiCaprio entrega su mejor actuación hasta hoy. 

 

Desde los primeros minutos de El lobo de Wall Street (The Wolf of Wall Street, 2013), el nuevo largometraje de Martin Scorsese, queda claro que su protagonista es un cínico, un vividor, un estafador, un manipulador y, quizá, un genio. Es la corrupción del sueño americano en persona.

Jordan Belford (Leonardo DiCaprio) era un corredor de bolsa, director de la firma financiera Stratton Oakmont.* La cinta narra los inicios del protagonista –cuando era un joven lleno de ilusiones– en Wall Street, su subsecuente corrupción y su caída. Scorsese nos introduce al cautivador y decadente mundo de Belford, donde las drogas y el sexo eran moneda corriente, a la cueva de unos hombres interesados sólo en disfrutar del placer que brinda el dinero.

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El maestro Scorsese parece estar de vuelta a los tiempos de Buenos Muchachos (Goodfellas, 1990) y, sobre todo, de Casino (1995). La diferencia recae en el tipo de delincuente: mientras unos son gangsters hechos y derechos; Belford es un hombre de negocios, un criminal de cuello blanco lleno de carisma casi animal. No es casual que sus empleados se golpeen el pecho al escuchar sus palabras.

Para este punto es clave la actuación de Leonardo DiCaprio, entregado completamente a los deseos de Scorsese. En su quinta colaboración juntos, DiCaprio logra dar su mejor actuación hasta el momento, perfeccionando ese papel que ha venido haciendo de manera recurrente durante muchos años: el inocente joven corrompido por el sueño americano.

Resulta sorprendente la vitalidad con que filma Scorsese, ya quisieran muchos jovencitos dirigir igual, y el control total sobre cada uno de los minutos de su película. A pesar de sus tres horas de duración, El lobo de Wall Street no se siente pesada gracias al palpitante ritmo en que está editada.

Algunos han acusado a Scorsese de hacer una apología de la vida criminal de Belford u olvidar darle a voz a las víctimas de su firma financiera, la mayoría familias de bajos ingresos. Sin embargo, ése no era el objetivo del director, él buscaba mostrarnos un pedazo de realidad, uno en que pudiéramos vernos reflejados.

En algún punto de la trama una mujer acepta ser rapada a cambio de 10,000 dólares, su mirada lo define todo: su decisión le da asco, al mismo tiempo su sonrisa está llena de esperanza. Scorsese evita hacer juicios morales sobre la conducta de su personaje, está más interesado en mostrarnos un espejo.

Los Jordan Belford del mundo existen porque muchos también optarían por rasurarse la cabeza sin importar el asco del momento. Como él lo dice, si le ofrecieran vivir de nuevo elegiría ser rico… una y otra vez.

 

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