Cuando quisimos vivir de la siembra del maíz, nos dimos cuenta de que el mercado no acepta sin condiciones todo lo que la tierra le entrega. Ésta es la historia de un producto muy natural, al que todos le hacen el feo, pero que algún día, tal vez no muy lejano, será gourmet.

 

Por Octavio Cárdenas

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Son las 10 de la noche. Estoy en uno de los patios internos de la Central de Abas­to rumbo a la subasta de maíz. Por fin llego a un estacionamiento donde hay unos seis camiones con la caja hacia el arroyo vehicular. A los pocos minutos las abren y dejan caer de golpe la carga: miles de elotes cortados a las 5 de la mañana de ese mismo día.

Busco a un intermediario para vender el maíz criollo que planté. Tengo una semana para cortarlo fresco. Después, la opción es esperar a que pierda humedad y despacharlo como grano. La diferencia son unos 80,000 pesos, obtener ganancias o simplemente recuperar la inversión (30,000 pesos) y considerar seis me­ses de arduo trabajo como una gran lección de vida.

Si vendo a 50 centavos cada mazorca obtendría al menos 120,000 pesos (ignoro cuántas tengo, sembré 100,000 semillas y de la inmensa ma­yoría que creció cada una tiene entre dos y cuatro). Como grano, se necesi­tan entre 15 y 20 elotes para hacer un kilo por el que pagan tres pesos.

Me acerco a una señora y le pregunto cómo funciona el negocio. Me explica que tengo que cosechar “tempranito”, venirme al DF y dejar que transcurra el día. Se entra a las 10 de la noche y se vende hasta el amanecer. Si no terminas, te quedas a la siguiente subasta. Los gastos corren por cuenta del productor y el inter­mediario cobra una comisión, entre 10 y 20%. “Yo nomás el 10”, anuncia.

Saco un elote y se lo muestro. Me dice que no sirve y que la gente prefiere el del 73. Se refiere a una semilla mejorada, de alguna de las cinco transnaciona­les que se disputan un mercado que en México factura 1,200 millones de dólares (mdd) cada año. El híbrido también tiene una capa química para competir contra plagas y malezas.

En las centrales de abasto de Que­rétaro y Celaya —las más próximas a mi cosecha— la historia se repite: no hay mercado para los nativos. Al menos no por volumen.

Tampoco hay garantías en el cam­po. En este proceso nos acompañó un ejidatario de San Nicolás, Guanajua­to, comunidad a unos 20 kilómetros de Querétaro que ni siquiera aparece en Google Maps. Él dudó de sembrar criollos, sobre todo después de que representantes de una compañía ofrecieran por toda la zona sembrar maíz amarillo por contrato y con apoyo de Sagarpa, con garantía del precio de venta.

Este agricultor tiene tractor —que renta y trabaja como segundo ingreso—, agua, mano de obra y el know how, pero por el uso de semilla híbrida, estipulado en el contrato, se triplicó su inversión por hectárea a 15,000 pesos, aunque le sacó 10 toneladas.

Vendió su producción como grano, recuperó sus 15,000 y ganó 15,000 pesos más, nada mal hasta que se re­visan las letras pequeñas del contrato: Sagarpa todavía le debe otros 15,000.

Al siguiente ciclo agrícola ya no le quiso entrar, quieren que vuelva a pagar el seguro cuando todavía no recibe lo suyo. Normalmente siembra blanco, pero el precio está muy castigado. Sabe que el amarillo cotiza en Bolsa, es más seguro “a futuro”, no tan volátil como el blanco o el frijol.

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Foto: Mario Hernández. 

¡Tortillas negras!

En la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (Sagarpa), el responsable de la orquestación de estos apoyos es el titular de la Dirección General de Productividad y Desarrollo Tecnoló­gico, Belisario Domínguez.

El funcionario debe enfrentar una realidad, el país es autosuficiente en maíz blanco (para consumo como grano), pero deficitario de amarillo (utilizado como forraje y en alimentos procesados). Se importan 10 millones de toneladas al año, un tercio de las necesidades totales.

Platicamos con él.

“Tenemos un programa, Pimaf, que a pesar de que los productores a veces no están acostumbrados a cam­biar semillas, a cambiar la tecnología, sólo en Guerrero hemos aumentado, con maíces nativos, mejorados e híbridos, de un millón de toneladas en 2012 a millón y medio en 2013, y dos millones en 2014. No condicio­namos a los productores a usar semilla híbrida. Eso es lo que está cambiado la situación de los productores de maíz. Hoy están enloquecidos, están contentos, están felices, porque, además, tratamos ahora de no darles dinero, les damos insumos”.

El objetivo, nos explica Domín­guez, es eliminar las importaciones y solamente hacen falta semillas.

—Pero el Estado vendió la empresa de semillas (y las de fertilizantes y comercialización)—, le recordamos.

Bueno, no una empresa nacional. Era la Pronase, que no sé hace cuán­tos años desapareció, pero bueno, hoy las condiciones que encontramos son esas, no tenemos una Pronase, entonces hay que organizar al sector semillero, 56 empresas entre naciona­les y transnacionales, además de la in­novación y la investigación. Este año tendremos para 200,000 o 250,000 hectáreas. Quisiéramos llegar a millón y medio. No sé cuánto podamos tener de semilla este año ni los siguientes, podríamos llegar a 500,000 o 750,000 hectáreas; no sé, no lo puedo saber porque los primeros frutos apenas los vamos a ver.

En este sentido, las importaciones de maíz suman 40,000 millones de pesos (mdp), recursos que podrían quedan en manos de produccio­nes locales, asegura Manuel Bravo, presidente y director general para Latinoamérica Norte de Monsanto.

“Si hoy fuéramos capaces de reemplazar las importaciones, la derrama al campo sería de cerca de 75,000 millones de pesos, suficien­tes para sacar de la pobreza a nueve millones de mexicanos. Empezamos a trabajar hace un par de años. Hoy estamos trabajando con Cimmyt y Sagarpa para ver otros pilotos en otras zonas; es una de las patas para lograr la autosuficiencia. La segunda pata es la biotecnología. Estamos en un impasse legal, esperemos que en algún tiempo razonable el agricultor, que es quien más lo pide, sea capaz de tener esa opción”.

Y respecto a la comercialización, la recomendación de Belisario Domín­guez es organizarse con otros 200 o 300 agricultores que tengan cinco hectáreas cada uno.

“En todos los programas se les solicita y pide que preferentemente estén asociados entre ellos, integrados en polos de desarrollo de 1,000, 1,500 hectáreas. Es cierto, ¿dónde vendo 20 toneladas? Bueno, tienes que asociarte. Es muy difícil que Octavio Cárdenas tenga un silo para él, pero entre todos pueden tener la secadora, el silo, tres o cuatro maquinitas y una trilladora; la vamos hacer en grande”.

Su discurso sube de tono y eleva al maíz al lujo, al menos el criollo, responsable de unos 700 diferentes platillos, del pozole a los uchepos.

“Lo que queremos a corto plazo, incluso ya viendo los trámites, es de­terminar denominaciones de origen de maíces nativos y no nativos de alta productividad. Imagínate tener maí­ces negros que pueden ser un com­modity, un producto de especialidad, tener una denominación de origen y otro precio. Tratamos de preservar los nichos y toda la genética para que en algún momento lo podamos hacer. Creo que lo vamos a lograr. Esa es la instrucción que tenemos, para que cuando te comas unas tortillas negras sea casi un lujo y tenga un valor agre­gado que repercuta en los propios productores, que es a los que menos les llega un recurso adicional”.

 

Riego

Otra iniciativa gubernamental es Modernización Sustentable de la Agricultura Tradicional (Masagro), propuesto por el Centro Interna­cional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (Cimmyt) a la administración de Felipe Calderón.

Masagro es un programa a 10 años que tiene como objetivos mejorar la adaptación de semillas, la transferen­cia tecnológica y aumentar 82% la producción de maíz y 10% la de trigo, a cambio de 138 mdd del erario.

En las bases para este programa destaca la condición de haber tenido contacto previo o ser aprobado por Masagro Científico para recibir hasta 30,000 pesos que sólo po­drán ser utilizados en la adquisi­ción y el uso de nuevas semillas de la red del Cimmyt; maquinaria, equipo, herramienta, insumos o servicios previstos en la propues­ta de Masagro o infraestructura de almacenamiento y manejo postcosecha.

—¿Se evaluará hasta 2020?—, le pregunto a Belisario Domínguez.

Fue concebido para el 2020, (pero por) los recursos asignados, por la cantidad de lo que ha necesitado el Cimmyt para continuar con sus inves­tigaciones, yo creo en 2017 tendrá su finiquito.

—El Instituto Nacional de Inves­tigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias (INIFAP) tiene estudios que cuestionan la pertinencia de Masagro, dicen que no es el camino correcto.

Si alguien tiene la vocería del INIFAP, porque a final de cuentas depende de nosotros y cae conmigo, soy yo. Si alguien tiene la vocería de Masagro, aunque lo tenga el Cimmyt, soy yo. Lo que vas a escuchar de mí es lo que cuenta, porque es la voz autorizada. No me atrevería a decir, hasta que no tenga los números en la mano, que Masagro no funciona. Tampoco me atrevería a decir lo contrario.

 

Fertilización

Contrario a la recomendación de Belisario Domínguez, el INIFAP ha difundido al menos tres estudios en su publicación oficial, la Revis­ta Mexicana de Ciencias Agrícolas.

El Análisis de la estrategia MasAgro-maíz concluye que no logrará sus objetivos y es inadecuado sustituir maíces nativos y variedades acriolladas.

Otro, Los procesos de extensión rural en México, señala que el mo­delo de hub aplicado con MasAgro carece de definición de parámetros de medición iniciales o de línea base, sean estos productivos, económicos o tecnológicos.

Y el estudio Ley de semillas y ley fe­deral de variedades vegetales y trans­génicos de maíz en México revela que existe el marco jurídico para fortalecer el crecimiento económico y el posicionamiento comercial de las transnacionales que promueven los transgénicos.

También da lugar a la instru­mentación de acciones punitivas contra productores locales y empresas de semilla en baja escala, a través del acta UPOV 91.

Respecto a Masagro, acusa que “favorece la reducción de la biodi­versidad de maíz: disminución del reservorio genético de la especie al promover la infiltración en grandes extensiones de cruzas simples para que se combinen con los maíces nativos”.

Por eso fuimos a Texcoco, al Cimmyt. Nos recibió Bram Go­vaerts, responsable del programa.

“Tenemos constantemente que criticar lo que estamos haciendo. Quiero agradecer a estos investiga­dores, pero el mismo productor es más rápido que cualquier científico. Si vemos estos temas que critican en 2014, ya el mismo productor nos los empiezan a reclamar en 2012”.

Govaerts presume logros como el impacto en un millón de hectáreas que cosecharán este año y otros números.

“No es una historia de dos extre­mos. Hemos encontrado zonas donde el uso de híbridos ya está presente y reemplazamos con mejores híbridos. Hay zonas donde utilizan criollos y hay oportunidad para híbridos, y zonas donde estimulamos el uso de criollos. Si tenemos estas zonas donde sólo hay criollos y no hay mercado, van a desaparecer. Tenemos que fortalecer a estos productores de criollos conectándolos con mercados y hay una historia interesante ahí, de conectarlos con restaurantes en Estados Unidos. La gente en Nueva York está muriendo por tortillas azu­les y la entiendo. Estamos haciendo una conexión entre mercados, pero también trabajando con productores. Están perdiendo el arte de diversificar sus criollos, entonces tenemos un pro­grama de mejoramiento participativo, como generar biodiversidad a partir de las semillas que tienen”.

También conversamos con Thomas Lumpkin, director general del Cimmyt, quien tiene una visión distinta: el aumento de la población mundial, cambios en la dieta de todo el mundo, el cambio climático y la imposibilidad de generar el alimento suficiente al finalizar este siglo. Para él, la solución está en los organismos genéticamente modificados (ogm).

“Los recibimos gratuitamente de algunas grandes empresas, pero no creamos organismos modificados genéticamente en este momento. Po­demos incorporarlos en variedades y proporcionárselos a los agricultores, y lo estamos haciendo en África, pero no aquí. Los mexicanos no están pre­parados para eso y eso lo respetamos”.

 

Cosecha

Preparados o no, entre 2009 y 2012 se autorizaron 188 cultivos –experi­mentales o piloto–, de maíz trans­génico. Uno fue de un instituto de investigación nacional, del Instituto Politécnico Nacional (IPN). Según la normatividad, la fase experimental es la primera de tres que concluyen con la siembra comercial, pese a que desde 2009 señalaron que no era viable su liberación, tanto el Instituto Nacional de Ecología (INE) como las comisiones nacionales para el Conoci­miento y Uso de la Biodiversidad y de Áreas Naturales Protegidas.

Semarnat emite dictámenes favorables para que Sagarpa expida los permisos experimentales, y luego pilotos, como consta en el oficio 1778/11. En 2013 se presentaron 61 solicitudes de siembra comercial para 5,220,000 hectáreas de maíz transgénico. También se presentaron 53 personas y 20 asociaciones civiles en el Juzgado Décimo Segundo de Distrito en Materia Civil del DF para promover una demanda colectiva y solicitar la suspensión de los permisos como medida precautoria; les fue concedida. En respuesta, Sagarpa, Semarnat y semilleras interpusieron más de 70 recursos, impugnaciones y juicios de amparo.

José Sarukhán es el comisionado nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad. Él firmó el docu­mento que concluye como no viable la siembra de transgénicos de 2009.

—¿México apuesta por los transgé­nicos?—, le preguntamos.

Eso es lo que el país hace y creo que equivocadamente. Conabio ha tenido la responsabilidad de hacer análisis de riesgo. Cualquiera que ha hecho investigación sabe que si no co­noce el fenómeno que está estudian­do, no hay manera de moverse, pero la idea era hacer una investigación real­mente regida por el país. En ninguno de los experimentos que se han hecho por las compañías los resultados son conocidos. Dijeron cuánto producen, pero eso ya lo sabíamos, no producen más. Lo que queríamos saber es qué tanta portabilidad hay del pólen, pero no hay ningún experimento, nada, cero. Además, los resultados los guardan como secretos industria­les, ha sido un timo. El país no tiene capacidad de normar estas tecnolo­gías—, advierte Sarukhán.

 

Comercialización

Con siembra o sin ella, desde 1996 el gobierno mexicano ha autorizado 135 eventos genéticamente modifi­cados. Es decir, el maíz transgénico ya está en la mesa de los mexicanos, como reconoce Sol Ortiz García, secretaria ejecutiva de Comisión Intersecretarial de Bioseguridad de los Organismos Genéticamente Modificados (Cibiogem).

“Todo lo que se autoriza es aprobado para consumo humano, animal o procesamiento. Importamos maíz amarillo para alimento animal y procesamiento, sí lo llegamos a comer. El esfuerzo es encaminar las importaciones para que se use en procesamiento y evitar que lleguen al campo”, explica la funcionaria.

—Pero no se indica en las etique­tas—, le indicamos.

Estás obligado al etiquetado siempre y cuando no exista una equi­valencia sustancial. Hasta ahora todos los cultivos que se han evaluado son equivalentes al convencional.

—Y mi derecho a la información.

Uno tiene que saber leer las etiquetas. Si le pone “transgénico”, con muchas de las campañas que se han hecho, la gente va a decir no. Va a ser una decisión basada en desin­formación. La opción sí existe, los productos orgánicos no pueden usar transgénicos.

—¿México ha realizado estudios para garantizar la inocuidad de los OGM aprobados?

Lo que hay es un protocolo que te establece lo que debes solicitar para determinar si es seguro.

—¿Entonces son seguros?

Los que se han aprobado, sí. Nosotros hemos hecho una inver­sión importante sobre aspectos de bioseguridad y biotecnología, pero otros países han hecho inversiones mayores para determinar la seguridad de los organismos genéticamente modificados. Siempre está la idea de que la Unión Europea no los acepta. Este es el reporte de 2010.

La funcionaria comienza a leer: “la conclusión más importante que se puede derivar de los esfuerzos de más de 130 proyectos de investigación, cubriendo un periodo de más de 25 años de investigación, involucrando más de 500 grupos de investigación independientes, es que la biotecno­logía, y en particular los organismos genéticamente modificados, no son per se más riesgosos que, por ejem­plo, el mejoramiento con técnicas convencionales”.

Esto podría cambiar, o no. El año pasado, la Cámara de Diputados formó la Comisión Especial de la Alimentación, presidida por Ricardo Cantú Garza, del Partido del Trabajo. Han presentado dos iniciativas, una para etiquetar productos que contengan OGM y otra para agregar la leyenda “de origen natural sin modifi­caciones genéticas”.

—¿Qué pasará con estás inicia­tivas, avanzarán en este periodo de sesiones?—, inquirimos.

Sería el objetivo. En la última reunión de la comisión aprobamos plantear un exhorto a la Comisión de Puntos Constitucionales para que resuelva y dictamine. No estoy muy optimista—, dice Cantú Garza.

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Foto: Mario Hernández. 

 

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