La visión negativa es muy democrática, es una suerte de patrimonio nacional al alcance de todos. Hoy revisemos el entorno económico actual desde otro ángulo y veamos qué pasa.

 

Nada es verdad ni es mentira, todo
depende del cristal con que se mira.

 

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Cuando uno lee la mayoría de lo que se dice y lo que se escribe acerca de la economía mexicana y el entorno para 2016 existe un tono muy pesimista que domina las conversaciones en cualquier ámbito. Existe una forma muy arraigada de ver a las cosas desde un trasfondo inconsciente de “estamos mal y vamos para peor”.

De repente convertimos los riesgos potenciales en realidades deterministas y las debilidades en nuestras únicas cualidades; las vulnerabilidades se vuelven pruebas inobjetables por sí mismas de que las cosas irán mal y se presenta un desánimo generalizado. Luego vienen los recortes a las expectativas y las posturas en extremo conservadoras del tipo “vamos a esperar a ver cómo pinta el año primero y luego vemos”. Y nunca vimos.

Pareciera que uno quiere escuchar que las cosas van bien para entonces actuar como si las cosas fueran bien, y viceversa. Como que nuestro estado de ánimo está determinado por las circunstancias externas, y que si no son las ideales (no sé para quién lo son), pues qué desgracia. Una suerte de que si las cosas no se dan en forma perfecta, pues nos arrugamos.

Cuando uno ve las cosas desde esta forma automática, inconsciente o subliminal, con este talante que pone a cualquier hecho una connotación negativa, es muy fácil perder el piso tanto de los datos como de los hechos. Y un aspecto fascinante de esta visión tan negativa es que es muy democrática: no respeta preparación académica ni jerarquía ni nivel socioeconómico. Es una suerte de patrimonio nacional al alcance de todos.

Revisemos desde otro ángulo –no desde el automático subliminal– el entorno económico actual. Quitémosle esa forma de acomodar las cosas de forma en que “estemos mal y vayamos para peor”. Veamos qué pasa. La normalización de la política monetaria de la Reserva Federal ha resultado en la subida de las tasas de interés. Esto se ha traducido en un movimiento de capitales hacia EU, y en el caso particular de México ha resultado en una pronunciada depreciación de nuestra moneda. De la misma forma, la caída en los precios del petróleo, impulsada fundamentalmente por un exceso de oferta en el mercado internacional, ha tenido un impacto similar sobre nuestra paridad, con preocupaciones respecto a la dependencia de los ingresos petroleros en las finanzas públicas. Más aún, la desaceleración marcada de la economía China ha implicado una menor demanda de materias primas en los mercados internacionales.

Sin embargo, lo que no hemos visto es que la normalización de la política monetaria de EU lleva implícita una muy buena noticia para la economía mexicana: que la economía de nuestro principal socio comercial está tomando vapor después de estar desde 2008 con niveles de crecimiento modestos. Es decir, el ciclo de negocio de EU va hacia arriba, y eso nos beneficia de manera muy importante, por la alta correlación entre nuestro sector manufacturero y el de nuestro vecino, una cadena de suministro integrada para la región. El impacto de la depreciación cambiaria ha sido amortiguado por la reducción en ciertos precios de los servicios de telecomunicaciones y costos eléctricos que mantienen los niveles de inflación en su mínimo histórico. Igualmente, nuestro país ha pasado a ser un importador neto de hidrocarburos y derivados –importamos más de lo que producimos–, lo que implica que disminuciones en el precio internacional de éstos nos convienen como consumidores. Por último, nuestra limitada exportación de materias primas –y enfoque en manufacturas– hace que no estemos tan expuestos como otros países (Sudamérica, por ejemplo) a la desaceleración de la economía china. El consumo sigue mostrando vigor en ventas de tiendas departamentales, las exportaciones de productos básicos y el turismo muestran un repunte significativo, además de que la economía depende cada vez menos de los ingresos petroleros, añeja preocupación histórica de muchos analistas.

Y nada es perfecto. Si bien sí faltan algunas cosas como la recuperación de las exportaciones manufactureras, la economía se encuentra mucho mejor posicionada para crecer que en años anteriores. De hecho, dentro de las economías grandes de América Latina, nuestro país tendrá el nivel de crecimiento más elevado en un contexto en que el crecimiento en la región será cercano a cero. Y sin darte cuenta estás ya ahora –al leer esto– en el automático y pensando que “mal de muchos consuelo de tontos”, es exactamente esa forma de ver inconsciente la que tienes que dejar ir. Yo digo que “tonto” es el que en un juego de baraja no juega de la mejor forma la mano que le tocó y se queja por no tener la mano infaliblemente ganadora. Finalmente, nuestras expectativas están basadas en nuestras creencias arraigadas, y nuestras conversaciones en nuestras emociones y puntos de vista inconscientes. Y el que espera poco, obtiene poco.

Una vez pasado el impacto psicológico de la desaceleración de China y la estabilización del mercado petrolero, necesariamente tendrán que recomponerse los portafolios de inversión, y México será una opción preferida por su solidez macroeconómica y reformas estructurales. Igualmente, por lo barato que se encuentra hoy México en términos de dólares, esto obligadamente impulsará la optimización de cadenas de suministro globales y la reubicación de operaciones en nuestro país con el incremento en la inversión extranjera directa. Estas oportunidades existen hoy y está disponible ir por ellas.

Está haciendo falta –más que otra cosa o que cualquier otro entorno internacional– que aprendamos a ver a México desde otro ángulo y a estar en conversaciones de posibilidad en las que es posible hacer algo respecto a las circunstancias que enfrentamos. En las que nuestras acciones impactan el entorno y transforman nuestra realidad. Una conversación en la que estamos y nos comprometemos por México sin importar que no sea como todo mundo crea que debe ser, o no esté a nivel de mis expectativas. En las que no esperamos a la llegada del entorno correcto para tomar una posición o tomar una acción. Se trata de una conversación del “Cómo sí” podemos hacer las cosas. Estamos llenos de excelentes discernimientos y argumentos como para quedarnos con el “Cómo no”.

Recordemos que el que busca encuentra, y si buscamos el “Cómo no” tendremos con seguridad el “Cómo no”. Desde el “Cómo no”, por ejemplo, era imposible que creciera la penetración de líneas celulares en nuestro país, pues no había acceso a cuentas bancarias para la mayoría de los mexicanos y se dificultaba el cobro, pero desde el “Cómo sí” se inventó el prepago.

La oportunidad que tenemos frente a nosotros es la de convertir 2016 en el año del “Cómo sí”, opuesto a quedarnos dedicando nuestra atención –limitada por naturaleza como seres humanos– a nuestra inercia inconsciente como mexicanos del “Cómo no” resignados –por decisión propia– con menores oportunidades.

Finalmente, cosechamos en lo que nos enfocamos: el México del “Cómo sí” o el del “Cómo no”. Es momento de dejar de condicionar, escamotear y regatear el compromiso por nuestro país. Juégatela por el México del “Cómo sí”.

 

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