Miedos existen muchos. Y uno muy conocido es el miedo al fracaso, que muchas veces sirve de disfraz al más grande de todos: el miedo a la grandeza. Te voy a explicar cómo y por qué se disfraza.

 

Una de las herramientas con las que trabajo es el coaching. Esta poderosa herramienta, combinada con algunas otras, me permite ahondar en la forma de ser, hacer, sentir y pensar de aquellos a quienes ayudo a crecer, lo que en la práctica me permite ver algunos aspectos que se repiten como patrones en distintos individuos.

Una constante de trabajo en coaching es “vencer miedos”. Y de éstos existen muchos. Posiblemente uno de los más conocidos es el miedo al fracaso, pero muchas veces éste esconde al más grande de todos: el miedo a la grandeza, un miedo que tienen muchos, muchísimos individuos, y que se disfraza con este “miedo al fracaso aparente”. Te voy a explicar por qué.

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A diferencia de muchos, muchos coaches, yo no practico (aunque la he estudiado a profundidad) la programación neurolingüística (PNL), porque he podido comprobar, una y otra vez, que el hombre se acondiciona y resignifica a sí mismo. (Lo que cada quien pensó de sí mismo, en cierta edad cambia, así como nosotros cambiamos y nos resignificamos.)

Lo que para la PNL es programación, para mí no es otra cosa que significación y resignificación profunda. Y el tema no es para elevarnos en teorías, sino para encontrar qué funciona y cómo funciona, pues lo más importante es ser útil y servir a los demás individuos.

Por ello te he de explicar qué sucede con este, quizás, el miedo más común de emprendedores, empresarios y todo aquel que siente que para él el futuro le tiene preparado algo.

 

El miedo a la grandeza funciona así:

Se oculta detrás del miedo al fracaso porque éste es el más fácil de “descubrir” de manera aparente, pero detrás hay patrones recurrentes que deben ser “cubiertos” por la persona para que su vida tenga la dirección y el sentido “que corresponde”.

No es que el miedo sea a fracasar en sí, sino a no cumplir con una dirección y sentido personal previos, que implique fallarle a alguien importante para nosotros o fallarnos a nosotros mismos.

Es más el miedo a la luz, a la grandeza, a darte cuenta de que lo que está destinado para ti puede ser mucho más imponente de lo que crees, y entonces la persona decide tener miedo, además de seguir cumpliendo con la principal cobertura: “el miedo al fracaso”, que normalmente se acompaña de decepción para alguien importante para nosotros.

Antes de darte este ejemplo debo contarte cómo es que una significación profunda se instala como creencia en la mente. Y es muy simple: la mente debe estar abierta y dispuesta junto con la emoción, para permitir que se signifique o escriba lo que se quiere en “el disco duro”. Imagina que es como las paletas que te ayudan a seguir jugando en un pinball, pero que en este caso ambas estuvieran empalmadas; una es la razón (esta serie de juicios lógicos) y otra es el sentimiento (que impacta en las emociones y la fisiología mediante la química cerebral).

Si sólo una de las partes permitiera el paso, quizá la otra paleta estaría cerrada, lo que no permitiría que se escribiera nada en nuestro disco duro, pues esto sólo funciona cuando las dos paletas están abiertas, o dispuestas a dejar pasar esa bola o concepto que significará nuestras vidas.

 

Imagina esta historia:

Un niño está emocionalmente impactado porque en la escuela los compañeros lo molestaron. Su padre ha tenido un mal día y siente frustración por un problema de trabajo. El niño requiere consuelo y apoyo, pues mental, emocional y fisiológicamente está abierto y receptivo “vulnerable”, pero su intención y sentido es sencillamente sentir un estado natural de aprobación y consuelo de un padre que ha tenido un mal día. Sin querer, este niño tira la leche a la hora de la cena, y el padre descarga su emoción con la frase a manera de pregunta: ¿Qué, eres inútil, o crees que podemos comprar mil botes de leche para que los tires todos?

Así, un niño que por un momento requería de consuelo, recibe –sin saberlo– un impacto significativo porque ambas paletas estaban abiertas, y su mente, su emoción y su fisiología tenían la apertura suficiente para confundir el estado de intención, dirección y sentido personales.

Pero ¿por qué te cuento y explico todo esto? Porque es importante que comprendas que en tu mente pueden existir flechas grandes, esos deseos e intenciones maravillosas que deseas, como hacer una gran empresa, ayudar y servir a la gente o generar muchos millones, pero que pueden venir acompañadas de otras cientos de flechas que apuntan en otra dirección y que pueden estar generando un autosabotaje si no son tratadas.

Así, en este ejemplo podemos ver que alguien puede decir que su miedo es al fracaso, cuando en realidad sólo es miedo a no cumplir y cubrir los parámetros que su padre marcó en alguna ocasión.

Pero te debo recordar algo: esto sólo es una significación que se raya en el disco. No es una programación, sino una condición lingüística, pero que debe ser reforzada por la persona en momentos de dudas, de emociones encontradas o de afirmaciones personales (por eso, para mí, no existe la programación, sino el acondicionamiento), porque debemos funcionar con las ideas que nosotros creemos y pensamos de nosotros mismos.

Así, pues, si el sentimiento de aceptación y consuelo está trastocado por una significación personal en “nuestra contra”, no podemos dirigir y conducir los tres estados para crear una realidad en nuestro favor.

 

Alinear flechas en una sola dirección

Las “flechas” mentales chicas (las creencias) y grandes (deseos) deben tener direcciones y sentidos en favor de las personas; de esa manera, cada quien estará en una posición de poder para transformar su propia realidad.

Sencillamente debemos trabajar en reacondicionar nuestra mente, en resignificarla para que los miedos no se escondan en dimensiones distintas, pues si aclaramos el mundo interior, aparecerá el mundo exterior que queremos.

 

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