La justicia es parte del sistema político, por lo que tenemos a políticos sancionando a otros políticos. Un dilema de grandes proporciones, que en México no es efectivo.

 

La humanidad ha mitificado a los políticos en todas las formas y sentidos posibles. Una gran parte, supongo, es por las atribuciones que les otorgamos los gobernados al entregarles el liderazgo y la directriz del Estado, y otra es por la natural acción egoísta del humano al ejercer el poder y que los coloca en la tesitura, casi obligada, de prometer una serie de cosas que difícilmente logran cumplir, pero que se convierte en una fórmula que los mantiene en el juego político durante toda su vida; es su profesión y, como tal, la ejecutarán el mayor tiempo posible.

Para dar un equilibrio, la sociedad crea leyes que vigilan la acción de los políticos y el ejercicio correcto de su desempeño, y la justicia es la que se encarga de sancionarlos si hay desvíos. Claro, la misma justicia es parte del sistema político, por lo que tenemos a políticos sancionando a otros políticos. He ahí un dilema humano de grandes proporciones, que por lo menos en México no es efectivo.

Esta reflexión viene a mi cabeza porque hace unos días, un muy buen amigo me mandó una caricatura en que se muestra a un joven entrando a una biblioteca a preguntar por el libro El político honrado, y la bibliotecaria, fría y flemática, le señala con desdén y aburrimiento que lo puede encontrar al fondo del pasillo en la sección de ciencia ficción.

La población se cansa de hacer este tipo de chistes, también nos agotamos de escribir cartas y ahora mails, memes, tuits y mensajes en Facebook de queja. En un programa de TV leían el mail de un ciudadano que hacía una larga reflexión sobre el día en que su nieta le preguntó por quién votar, y el señor hacía el recuento de todas las tropelías que los políticos de todos los partidos habían hecho en los últimos meses, para al final afirmar que no había nadie confiable por quién votar. En otro caso, descrito en la radio, unos jóvenes entrepreneurs contaban sus penurias de no poder ser exitosos en sus ideas innovadoras porque ningún funcionario del gobierno los había apoyado –esto sólo demuestra el eterno drama dependentista del ciudadano y el político.

Esto me hace recordar aquella simple teoría de cómo nacen los políticos. “En una época en que el ser humano apenas entendía cómo se movía el mundo a su alrededor, un individuo se encontraba admirando que su vida dependía de dos bolas, no las que está usted pensando…, sino de las bolas que dan vida a la tierra: el sol y la luna; el hombre se daba cuenta de ese fenómeno de que cuando sale el sol pasan una serie de cosas, y cuando aparece la luna en el firmamento, todo cambia. En ese gran momento de disertación humana, aparece otro individuo y le pregunta: ¿en qué estas pensando? Y el hombre, con todo detalle, le cuenta su asombro ante su gran descubrimiento. El compañero escucha la explicación y después de unos minutos se le queda viendo y le dice con toda seguridad y aplomo: ¿cómo, no te habías dado cuenta? Ven, hijo mío, te explico todo lo que implica eso y muchas otras cosas más.” En ese momento nació la política, la religión, etcétera, y como dice el dicho popular: a partir de ahí se jodió Roma.

En mi respuesta a mi buen amigo, sólo me vino a la mente decirle que los políticos son exactamente iguales que los bomberos, los albañiles y los empresarios; esto, en el razonamiento final de que todos somos hombres viviendo en una cultura, y lo que realmente nos rige son los valores y la ética de nuestro comportamiento.

Una reflexión final: si tomamos en cuenta qué tipo de país somos y qué tipo de valores tenemos, y, esto es, un país donde vemos a políticos robar a manos llenas, empresarios llevarse el dinero al extranjero, ser una economía donde crecen los millonarios y los pobres al mismo tiempo, en donde nadie quiere pagar impuestos, en donde todos queremos hacer valer los derechos en los vecinos pero no en nuestra casa, pues entonces no tenemos el gobierno que nos merecemos. Técnicamente debería ser verdaderamente peor, ¿no cree usted? Bajo la óptica del vaso medio lleno y de la regla democrática del 50 más 1, quiero creer que hay más buenos ciudadanos y políticos que malos, y por eso podemos decir que ahí la llevamos. Faltan enormidades, pero eso vendrá de nosotros mismos, de nuestra actuación y de no dejarle nuestras vidas completas a los políticos; sólo deben de hacer lo que nosotros, como ciudadanos, les permitamos.

 

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