Sabemos que en los negocios la originalidad es poder. Lo hemos aprendido tan bien que lo tenemos tatuado hasta la médula. Nos han enseñado a apreciar las mieles maravillosas de la singularidad y anhelamos ser los primeros en recorrer la alfombra roja del descubrimiento de lo nuevo. Sin duda, no hay nada tan satisfactorio como pegar de lleno un golpe a algo que, sin existir, marque tendencias y se lleve las preferencias del consumidor, pero ha sido tanto el énfasis que le hemos puesto a la originalidad que hemos sobrevalorado hasta llevarlo a nivel de mito el valor único de la novedad.

Repetirse no está mal. Sin embargo, por alguna razón extraña, quienes han tenido éxito le tienen pánico a la falta de originalidad. Los que lograron escalar y llegar a la cima, tienen miedo de volver sobre sus mismos pasos. ¿Por qué repudiar una ruta que nos llevó justo a donde queríamos llegar? No lo sé, pero sucede. Lo mismo en los negocios que en la escritura, esa victoria puede acabar resultando un problema si la dejamos de considerar, pues contiene en sí misma el germen que tarde o temprano llevará a quien ya vivió las satisfacciones del triunfo, a repetirse. Como si dejar registro tuviera algo de malo, como si ponerle una seña de identidad a lo hecho fuera un castigo fatal. No, no lo es.

Repetir el camino que nos llevó a hacer las cosas bien es lo que todos deberían hacer. ¿Para qué complicarse la vida? No obstante, hay cierto prurito que nos obliga a alejarnos, a tratar de buscar distancia para ir en busca de la originalidad, de la novedad, de la rareza. Como si reciclar una idea tuviera algo de perverso o como si la genialidad estuviera inmersa, necesariamente, en el mar de lo novedoso. Pues, a todos los que sienten miedo de repetirse les tengo una buena noticia: no hay camino más glorioso que el que ya probó haber funcionado.

Dicho de otro modo, volver a lo mismo, regresar a un camino viejo no significa en forma alguna que haya dejado de ser excepcional. Más aún, una fórmula probada puede ser lo más deseable pues no podemos eludir la visión de la brecha que separa lo que ya funciona de la angustia de volver a probar lo que tan vez nunca llegue a andar. Evidentemente, todos sabemos que el mundo de los negocios es cíclico y pendular. Por lo tanto, el riesgo que se corrió la primera vez, también se repetirá todas las veces que se quiera intentar algo. No me refiero a la idea en sí misma, me refiero al método que utilizamos para conseguir algo.

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Siempre que tenemos la tentación de alejarnos de un camino conocido y nos embaucamos con el mito de valor de la novedad estamos perdiendo de vista que, al repetirnos, podemos enfocar las cosas de diferente forma y observar. Creo que la repetición se puede convertir en la redención del método, en la salvación de un proyecto que está ahí esperando a que le pongamos atención, listo para generar grandes satisfacciones si se lo permitimos.

La repetición no es tan despreciable como nos han hecho creer. De hecho, existe cierta originalidad en hacerlo. Mientras todos están a la caza de las nuevas ideas, de la generación de tendencias, es posible lograr una ventaja competitiva con algo que ya probó ser efectivo en el pasado. Los japoneses son los amos del arte de la repetición, sólo que ellos le llaman innovación. Seguir dándole oportunidad a una idea de negocio que probó ser buena no es ni mucho menos una alternativa nociva. ¿De dónde sale esa idea tan arraigada de algunos ejecutivos críticos o de esos emprendedores que se fustigan al extremo de que si repiten una idea están entrando al camino de la perdición? De esa extrema sobrevaloración que hemos hecho de la novedad.

De hecho y sin ir más lejos, si observamos con atención a los grandes transformadores de este mundo, nos quedaremos atónitos al ver que en realidad toda su capacidad generadora está construida sobre un círculo cerrado de repeticiones objetivas. Thomas Alva Edison y Steve Jobs, sólo por dar un par de ejemplos, fueron mentes que le fueron fieles a la ruta que los llevó a labrar su propio triunfo. Cuando se alejaron de sus modelos de éxito, les empezó a ir mal. Volvieron a lo que les funcionó bien. Pero al emprender o al iniciar un nuevo proyecto, nos atormentan las tribulaciones de la falta de originalidad. Pues, debiéramos parar en seco esas tendencias que lo único que hacen es frenar el verdadero impulso creativo.

Las personas más inteligentes son hábiles para pulverizar esas ridículas complicaciones que tanto agobian y masacran a las mentes emprendedoras. Al efecto, tomo la cita que Enrique Vila Matas hace de Isak Dinesen: “Al temor a repetirse, siempre puede oponerse la alegría de saber que avanzas en compañía de las historias del pasado”. ¿Qué mejor compañía podríamos desear que la de nuestros propios hechos que estuvieron bien ejecutados?

Dinesen hacía hincapié en lo recomendable que es construir a partir del ayer. Es decir, no me refiero a estar anclado a pasadas glorias. Todo lo contrario, me refiero a usarlas como cimientos que nos permitan volver a elevar proyectos a partir de fórmulas que ya probaron haber servido. Hacer uso de esos recursos que antes nos llevaron a buen puerto nos puede llevar a descubrimientos inesperados.

Es que el mito del valor único de la novedad se ha exaltado a extremos que son verdaderamente cegadores. El encadenamiento que hacemos entre lo que funcionó anteriormente y lo que estamos trabajando en la actualidad es sustancial en materia de negocios. En esa conciencia, convertimos el emprendimiento o los nuevos proyectos corporativos en territorios experimentales que buscan, no tanto en volver a llevar a cabo las mismas acciones, de repetir historias al milímetro, sino más bien, de llevar aquel plan que sirvió, convertirlo de nuevo en proyecto piloto que tendrá una capacidad potencial probada que desde el origen pueda desplegarse a nuevos universos.

Por lo tanto, cuando veas que una ventana de oportunidad del pasado se vuelve a abrir, cuando el olfato te lleve a ver una necesidad vieja que está ahí esperándote para que la resuelvas, cuando veas que justo ahí está la posibilidad de repetir una fórmula, no te atormentes: toma la oportunidad. Repetir, en la mayoría de los casos, es una fortuna. Aleja a los monstruos que te intimidan y toma la oportunidad. En fin, no permitamos que el mito del valor único de la originalidad nos mate la creatividad. Perdón, la novedad no es el único camino. Cuidado: extraviados por el capricho de querer descubrir la primicia de la originalidad, podemos estar perdiendo de vista ventanas de verdadera oportunidad.

 

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Blog: Las ventanas de Cecilia Durán Mena

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