Hace tres décadas, en julio de 1989, se celebraba el bicentenario de la Revolución Francesa. París era el centro del poder con mandatarios del mundo entero. No era para menos, los congregaba una idea del porvenir que en eso momento se veían democrático e incontenible.

Cuatro meses después, el 9 de noviembre, se derrumbó el Muro de Berlín, edificado como un símbolo del reparto que significó la derrota del nazismo en Alemania y como línea entre el capitalismo y el socialismo real. 

Ante el anuncio de que la política para salir de la República Democrática Alemana (RDA) se flexibilizaba, miles de alemanes del Este decidieron cruzar hacia “occidente” y otros tantos empezaron a demoler las barreras de concreto. 

Helmut Kohl, el canciller alemán, supo leer lo que estaba ocurriendo y apostó de inmediato por el reencuentro, aunque esto implicara un costo enorme y un esfuerzo que aún ahora se encuentra inacabado.

Aquello significó el colofón, sorpresivo por su rapidez, para un sistema totalitario, que tenía como referente más acabado a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS)  y cuya peor consecuencia fue convertir la utopía de una sociedad igualitaria en una verdadera pesadilla. 

Pero la caída del Muro de Berlín contribuyó al desmonte de otras  barreras y en particular en la izquierda y México no fue la excepción. 

El empeño por la construcción de propuestas socialdemócratas ya era bastante persistente en el Partido Socialista Unificado de México (PSUM) y el Partido Mexicano Socialista (PMS),  y aún más  claras en la fundación del  Partido de la Revolución Democrática (PRD), producto del Frente Democrático Nacional y de sus resultados en la elección presidencial de 1988.  Pero 1989 dilató y puso de cabeza todo. 

El Berlín de la izquierda mexicana y del progresismo, radicó en un cambio cultural respecto a lo que requería el país, para un mejor futuro,  y de los instrumentos legítimos para lograrlo. Se dejaron atrás esquemas que solo veían a la democracia electoral como coartada.  

La caída del Muro, después de todo, reafirmó una dinámica que ya se desarrollaba, pero la dotó de legitimidad, porque desapareció el referente de la toma violenta del poder y la dictadura del proletariado. 

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Quizá parezca sencillo, pero hay que tener en cuenta que el mundo estuvo dividido medio siglo  y que los ecos de la Guerra Fría influían en todas las fuerza políticas.  Además, Latino América había incursionado en procesos revolucionarios luego de la etapa de dictaduras militares, como en Nicaragua y Cuba se mantenía como un horizonte inamovible, aunque ya cuarteado en sus propios cimientos. 

Así es la historia y con el paso de los años podemos apreciar con claridad la densidad del final de los años ochenta y su impacto en generaciones enteras. 

Quizá la lección más importante es que la historia no termina y en la actualidad esto es más que claro ante la emergencia de populismos, que ponen en riesgo a la democracia, y que recuerdan que siempre es importante guardar cautela, cuando el viento sopla con fuerza, ahora, como hace 30 años. 

 

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