La caída del Muro alteró la geografía política del continente euroasiático, restableciendo el poderío alemán y terminando con el otrora imperio soviético. Quizá lo más importante fue que la caída del Muro aniquiló al marxismo como ideología, aunque no lo hizo desaparecer, especialmente fuera de Europa.

 

Es fácil olvidar lo que significó el Muro de Berlín, sobre todo porque en nuestro ámbito parece que sigue ahí. En México, el Muro fue, y lamentablemente sigue siendo, una gran excusa para no resolver los problemas fundamentales del país, pero también para justificarlos y, en la práctica, preservarlos.

La caída del Muro alteró la geografía política del continente euroasiático, restableciendo el poderío alemán y terminando con el otrora imperio soviético. Quizá lo más importante fue que la caída del Muro aniquiló al marxismo como ideología, aunque no lo hizo desaparecer, especialmente fuera de Europa.

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El impacto de la caída del Muro sobre México fue distinto. La izquierda mexicana, y en buena medida la latinoamericana, ha preservado el marxismo como dogma y guía de acción. Si bien la izquierda siempre se ha definido por su oposición a un statu quo inaceptable (como la pobreza, la desigualdad o la falta de acceso a diversos satisfactores), su persistente cercanía al marxismo es significativa y reveladora. El marxismo ofrecía y ofrece un vehículo justificatorio y unificador para la oposición al statu quo.

Para quienes estudiamos la universidad en la década de 1970, el marxismo constituía la espina dorsal de las Ciencias Sociales. En algunos lugares se aprendía como ciencia o instrumento analítico, en otras como dogma, pero su penetración era prácticamente universal. Con la caída del Muro, la naturaleza del marxismo cambió y desapareció la fuente de financiamiento a activistas útiles a Moscú.

Sin embargo, en México el marxismo persistió en parte porque ofrecía una explicación para la realidad social, pero también por la ausencia de opciones de estudio. Este hecho tiene consecuencias que se pueden apreciar, así sea de manera indirecta, en la intentona de forzar una nueva elección presidencial a finales del año pasado.

Desde luego, el problema no es el marxismo o el hecho de que subsistan núcleos duros de creyentes en México u otras latitudes. El problema es doble: por un lado, dentro de los ámbitos universitarios pasa algo muy similar a lo que ocurre en la economía, donde con frecuencia tampoco hay competencia. La competencia de las ideas es una de las fuentes más importantes de avance y transformación, pues es así como avanza el conocimiento. En la medida en que no hay ideas disidentes (porque no las hay o porque el medio no las permite), el conocimiento se estanca.

El otro problema es que la realidad no ha cambiado: en la medida en que persiste la pobreza, en combinación con la ausencia de oportunidades de participación para generaciones de maestros, académicos y estudiantes, se acumula la frustración y se generan focos permanentes de extremismo. Mucho del radicalismo que caracteriza al país tiene su origen en factores reales que se derivan de la estructura política y de la realidad socioeconómica. Cualquier estrategia política que pretenda atender las fuentes de radicalismo en el país tendría que reconocer los factores que le dan vida.

La escuela normal de Ayotzinapa, por citar un ejemplo, es conocida como fuente de radicalismo y no es la única que comparte esa característica. Los meses pasados ilustran la ausencia (histórica) de comprensión de los factores que generan una permanente conflictividad social y que, por ejemplo, hacen atractivo al marxismo como fuente de ideología y estrategia de lucha. En los setenta se le combatió por medios violentos (la llamada guerra sucia), mismos que claramente no sólo no alteraron el patrón histórico sino que lo afianzaron.

El verdadero aprendizaje de la caída del Muro de Berlín es que tiene que haber competencia de ideas y existir condiciones que hagan propicio el desarrollo. Sobre todo, la gran lección es que ambas cosas —condiciones para el desarrollo y competencia de ideas— van de la mano y constituyen la esencia del progreso.

Para progresar, México tendrá que cambiar de manera de ser: no es controlando y oprimiendo como se avanza, sino generando opciones de participación social, todo ello en un entorno de competencia y libertad. Esto es tan válido para la economía como lo es para la política.

 

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