Por: Máximo Santos*

La irrupción inesperada del coronavirus en la escena económica internacional debería suponer importantes y profundas transformaciones a escala global. Entre los posibles cambios que se vislumbran se encontraría, desde mi punto de vista, el de la profunda reconversión del sistema productivo internacional. Un modelo de producción que se ha ido conformando en las tres últimas décadas a medida que las economías se han ido integrando cada vez más. En este sistema, las empresas han distribuido su producción a lo largo y ancho del planeta al mismo tiempo que cada una de las unidades productivas que forman parte de la cadena productiva global han reducido al máximo el volumen de inventarios con los que cuentan. 

Este modelo productivo del que estoy hablando en realidad fue creado por el directivo de la empresa japonesa Toyota Taiichi Ohno. El concepto Just in Time, que es la base filosófica del modelo se basaba en la idea de que únicamente había que producir lo estrictamente necesario para cubrir la demanda, lo que suponía que no había que tener excedentes, ya que estos sólo ocupan espacio y ello supone ineficiencia o lo que es lo mismo un coste que habría que eliminar en un modelo productivo extremadamente eficiente en términos estrictamente económicos. 

Las empresas siempre han buscado fórmulas con las que mejorar la productividad y es fruto de esta necesidad como Toyota diseñó una serie de cambios que mejoraban el modelo precedente. Tras la derrota japonesa en la Segunda Guerra Mundial, la industria nipona logró recuperarse rápidamente gracias a los métodos productivos implantados, sin embargo, el modelo que estuvo en vigor tras el fin de la guerra parecía agotarse y es en esta búsqueda continua de mejora como apareció el concepto Just in Time. 

Cuando el nuevo modelo productivo comenzó a funcionar se consideró que este sistema sólo podía desarrollarse de forma adecuada en Japón, ya que se pensaba que el esquema de funcionamiento estaba específicamente entroncado con las tradiciones culturales y sociales del país del solo naciente. Sin embargo, su rápida y posterior expansión a nivel global demostró que el sistema era perfectamente válido para desarrollarse en cualquier economía. 

El modelo Just in Time se basa en tener siempre a mano los elementos que se necesitan en las cantidades exactas que se requieren y en el momento en que se precisan. De esta forma, tanto los productos intermedios como los ya finalizados deben encontrarse de forma precisa en el lugar, en el momento y en las cantidades exactas que se requieran. 

Cuando compramos, por ejemplo, un Iphone no somos muchas veces conscientes que en su producción participan más de 40 países de los cinco continentes. Unos lo diseñan, otros fabrican piezas, otros los ensamblan y además no podemos olvidar que en un Iphone de última generación se encuentran más de 70 elementos de la tabla periódica que hay que importar desde todos los puntos del planeta. Igualmente debemos ser conscientes que muchos de estos elementos a día de hoy no tienen sustituto. Algunos de ellos son conocidos y abundantes como pueden ser el sodio, el silicio, el magnesio, el hierro, el potasio o el titanio, pero junto a estos existen otros muchos realmente “exóticos” como el neodimio, el lantano, el hafnio, el indio, el galio, el terbio, el europio o el praseodimio entre otros. Este mismo ejemplo se puede trasladar a la gran mayoría de los productos que hoy consumimos y ahora mismo con la economía mundial en estado de shock, este modelo de cadena global de suministros esta puesto contra las cuerdas. 

Muchos países no producen y un gran número de navíos permanecen amarrados a la espera de que la economía global se reactive y mientras tanto muchos barcos están haciendo la función de depositarios de la excedentaria producción petrolera a la que es difícil dar salida. La reordenación de la cadena global de producción y suministro va a ser compleja. A esto se añadirá la más que previsible presión de los gobiernos de los países desarrollados para que parte de la producción que se había deslocalizado, principalmente en Asia, vuelva a sus territorios. 

Con dicha vuelta se pretendería, por una parte, asegurarse la producción nacional de elementos básicos y que no se vuelva a producir la escasez que ha puesto de manifiesto la pandemia, así como colocar a parte de los desempleados que la brutal crisis económica que viene va a traer consigo. Con este movimiento podemos pensar que si se podría conseguir asegurar el suministro con producción nacional de dichos productos. Lo que va a resultar más complejo es pensar que el retorno de estas producciones tenga un impacto significativo en el empleo de las economías más desarrolladas, ya que lo más probable es que esta nueva actividad sea desarrollada casi íntegramente por robots de última generación. 

En definitiva, la pandemia ha evidenciado las carencias que tenía el sistema productivo preponderante. Una vez que las cadenas de producción internacionales se han detenido y al no contarse con reservas de existencias finales ni de productos intermedios, muchos de los productos esenciales con los que combatir la pandemia se han vuelto muy complejos de conseguir. La velocidad de transmisión del virus ha sido tan repentina que la rápida conversión de los sistemas productivos era imposible. Debemos tomar nota de todas estas carencias y reconstruir el sistema productivo internacional, no sólo desde el punto de vista de la eficiencia económica sino también y principalmente de tener asegurada siempre la producción de ciertos productos esenciales en todas y cada una de las partes del globo.

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*Doctor en Economía y experto en temas de banca, finanzas y hacienda.

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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