Por Javier Arreola y Carlos Grandet*

La agenda pública está concentrada en industrias como petróleo y manufactura, pero es igual de importante priorizar los datos, el ‘oro digital’ que México debe aprovechar.

La frase “acostumbrarnos a administrar la abundancia” ha quedado en el imaginario mexicano por generaciones. En los 1970s se encontró Cantarell, uno de los yacimientos de petróleo más grandes del mundo, y la economía prometía despegar impulsada por el oro negro.

Cuatro décadas después, Cantarell está casi agotado y los miles de millones de pesos que México obtuvo se fueron a partidas de financiamiento de gasto corriente o al costal sin fondo que es la corrupción. Fue una oportunidad perdida más y nuestro país quedó en espera de otro mega yacimiento u otro catalizador que impulse nuestra economía.

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México ha buscado diversificar sus motores de crecimiento, y la firma del TLCAN le permitió desarrollar una industria manufacturera que generó riqueza en algunas regiones del país. Sin embargo, la mayor parte de sus impulsores lo vendieron como una panacea que curaría los males nacionales, por lo que dejamos de hacer la tarea en otros aspectos.

Con la irrupción de la Cuarta Revolución Industrial (4RI), industrias como el petróleo y la manufactura de ensamblaje jugarán un papel cada vez más pequeño en él: el petróleo tendría su máxima demanda en los 2030s para después decaer y la manufactura de ensamblaje —que produce el 25% de los empleos y el 18% del PIB— llegará a su ocaso por la incorporación de la automatización, que tentará a grandes trasnacionales a reinstalar sus fábricas —basadas en robots— en sus lugares de origen, disminuyendo los costos actuales de transporte.

El nuevo “petróleo” mexicano no se encuentra en el subsuelo. La riqueza de nuestro país está en el capital humano que logremos construir y en nuestra capacidad de potencializarlo para generar tanto innovaciones como empresas competitivas que creen valor a través de datos, el motor principal de la 4RI.

Para transformar a México en un país de ingresos altos se requiere invertir audazmente con el fin de mejorar la educación media superior. Las universidades deben adaptarse y enseñar las habilidades necesarias para el siglo XXI, desde pensamiento crítico hasta programación, y necesitamos que la investigación universitaria se enlace con centros de transferencia tecnológica para que se convierta en desarrollo tecnológico aplicable.

Igualmente, México debe poner al día sus industrias rezagadas, ya que muchas de ellas no terminaron de desarrollarse por el dominio del sector servicios en la economía nacional —la aplicación de las tecnologías de la 4RI ayudará a modernizar estas industrias y a disminuir hasta en 30% los costos de producción. Debemos pasar de ser un país del “Hecho en México” al “Desarrollado y Hecho en México,” lo que también implica que es urgente que las compañías locales se reinventen.

Afortunadamente, la demografía de México puede ser clave para empujar al país hacia la 4RI:

  • Es el octavo mayor productor de ingenieros del mundo —su aprovechamiento, la incorporación de nuevos conocimientos generados en el exterior y la calidad de algunas instituciones son áreas de oportunidad
  • Está por llegar a su máximo del bono demográfico, donde 70% de la población económicamente activa tiene entre 20 y 40 años

La conjunción de los puntos anteriores implica que México aún está tiempo de aprovechar el potencial y capital humano de sus habitantes para relanzar nuestra fuente de competitividad y así aprovechar este ‘nuevo petróleo’ del siglo XXI para desarrollar nuestra economía.

*Investigador en desarrollo económico, así como Maestro en Análisis Computacional y Políticas públicas por la Universidad de Chicago.

 

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