Por Nicko Nogués*

Todas las religiones comparten ideales de realización humana; conectan lo humano con lo divino a través de distintas prácticas, rituales y simbolismos; todas comparten ideas e interpretaciones en torno a la bondad, el paraíso, la resurrección o iluminación. Pero más allá de todo esto, hay algo que todas las religiones, sin excepción, comparten: el machismo.

Cuando hablamos del machismo, y de las formas en que se manifiesta, referimos a la manera en que nos comunicamos, a los espacios públicos y todas nuestras formas de interacción social. Las religiones han replicado, cada una desde su cosmovisión, la misoginia, relegando a la mujer de distintas maneras: el Corán y la Biblia dan muestra de ello. A las mujeres se les ha mantenido en un papel secundario, perpetuando así un sistema dominante regido por la masculinidad más tóxica.

El Cielo en el Judaísmo, Jardín del Edén en el Cristianismo, o el Janah en el Islam, representan la idea de la realización divina, el paraíso como último destino del alma, un lugar de eterno gozo y felicidad infinita, logrado como recompensa a una vida guiada por la religión; en contraparte, el Sheol, el Infierno, el Yahannam, son retratados como lugares de castigo, de condena y sufrimiento (o inconsciencia) eternos. Esta dicotomía, y en particular, la idea de infierno, se basa en el sometimiento a través del miedo y en el control, ambos elementos tóxicos que alimentan y sostienen un sistema dominante que, al igual que el machismo, vulnera y segrega.

El papel de la mujer ha sido secundario a través del tiempo y en distintas religiones. En el cristianismo, las mujeres no pueden desempeñar como pastoras. Al respecto, el nuevo testamento señala: “Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio” ; de igual manera, en el Budismo, no es habitual que a las mujeres se les otorgue el status de monje. Durante siglos, el papel de la mujer ha sido como ayudantes de los monásticos . Predicar, dirigir, y ser figura de autoridad es un papel destinado a los hombres, quienes según la biblia, están hechos para liderar: “Pero quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios la cabeza de Cristo”.

En la Iglesia bautista, las prohibiciones son similares: las mujeres no pueden predicar, impartir la comunión o eucaristía, ni bendecir un matrimonio . En el Islam además, aún hay recintos sagrados a los cuales las mujeres no pueden entrar; la razón, es que los recintos son sagrados y las mujeres son impuras porque menstrúan .

Por último, Dios es hombre. Aunque algunas religiones se refieren a deidades en términos no sexistas, es complicado no atribuir género a una divinidad . Independientemente de los nombres, Alá en el Islam, Hashem en el judaísmo, referirnos al Todopoderoso como un ente masculino forma parte de las construcciones culturales que hemos asimilado en sociedades patriarcales, donde lo masculino está asociado al dominio, al control, y al poder creador.

Todas estas prácticas dan cuenta del inquebrantable vínculo entre religión y machismo: los roles de hombres y mujeres, las ideas sobre el sometimiento, control, y poder, así como el hecho de que la historia de las religiones ha sido contada y controlada por hombres, deberían llevarnos a reflexionar sobre los prejuicios, la inequidad y la bondad que cada una nos plantea.
Si actualmente las historias más taquilleras (las del cine) están redefiniendo sus narrativas y reescribiendo los estereotipos que las componen, considerando que la religión no es ni más ni menos que la historia más vieja que nos contamos cada día desde hace más de 2000 años, tenemos que empezar a replantear también ese tipo de historias, y tal vez eso pasa por añadir un nuevo mandamiento: no someterás a ninguna mujer, hombre, especie, ser, entidad o cualquier cosa que exista o te rodee.

*Consultor estratégico y fundador del Instituto #demachosaHOMBRES y MIRACLE, consultora experta en activismo empresarial.

 

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