Pienso que es imposible erradicar la informalidad de México. El público los prefiere y le agradan. Por eso creo relevante hacer un inventario de sus atributos positivos.

 

Cada sábado y domingo, cuando intento descansar un poco más, un organillero aparece en la esquina de mi casa para darle vueltas a su ruidoso cilindro con una melodía repetitiva. Con su uniforme beige, el organillero estira su sombrero solicitando alguna moneda. Al lado de él, frente al pequeño restaurante que vende pan dulce y chilaquiles, otro personaje indispensable aparece sin falta: el vendedor de globos.

Dos horas antes de que estos personajes aparezcan en mi calle, a las ocho de la mañana, se escucha sin falta una voz inconfundible: el altavoz de los “tamales calientitos”. Al mismo tiempo, una bocinita que emite un curioso pitido también se escucha: es la canasta de pan en bicicleta que tiene como clientes a porteros, policías de patrulla, albañiles y chicos que pasean perros.

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Este escenario folclórico que aquí describo ocurre sin falta en un barrio que está lleno de comercios establecidos, que pagan alquiler, energía eléctrica e impuestos, y que son tantos en cuantía que uno pensaría que no hay lugar para los comerciantes callejeros.

Pero lo hay. El público los prefiere y le agradan. Su negocio está garantizado. Basta mirar las calles de la sofisticada zona de Santa Fe, llena de edificios corporativos y de grandes multinacionales, para ver la realidad: en cualquier esquina llena de oficinistas, en plena calle, llega una “combi” y ofrece café, tacos o ensaladas. Algo anda muy mal en México. Hay un grave vacío de discurso, de debate… una ausencia total de conceptos respecto de un tema que nos rodea y atañe a todos: la informalidad. El México formal, el que paga impuestos, cumple las normas y opera dentro del sistema. La informalidad equivale a un sacrilegio y es la madre de todos los problemas. A ella se asocian la corrupción y la falta de calidad en productos y servicios. El gobierno, se dice, tiene la culpa de que casi el 60% de los empleos estén en la informalidad, porque todos los incentivos gubernamentales están puestos para que así sea. Yo no coincido, y creo que es pertinente abrir un debate primigenio sobre qué es la informalidad, cómo la concebimos en este país y cómo podemos modelar un sistema que la acoja y capture sus mejores atributos para beneficio de la sociedad, es decir, pongámosle un molde a la informalidad, démosle un marco de referencia para existir respetando la mayoría de sus atributos positivos.

Pienso que es imposible erradicar la informalidad de México. Los anuncios del gobierno federal, y particularmente del Servicio de Administración Tributaria (SAT), con relación a lo exitoso que ha sido el Régimen de Incorporación Fiscal (RIF), han sido sorprendentes, y reflejan un esfuerzo inconmensurable por meter a la formalidad a más de 4.3 millones de comercios o personas informales. Hay que aplaudirlo, sin duda., pero eso no sustrae de tajo ni al 100% el carácter informal de los comerciantes tradicionales.

Los académicos más sesudos dirán que se trata de un tema de incentivos. Su razonamiento es simple: debido a que los ciudadanos no vemos reflejados nuestros impuestos en servicios públicos de alta calidad en educación, salud y seguridad, estamos conminados a operar dentro de la informalidad para no pagar impuestos. En otras palabras: la gente no cree que el gobierno merece cobrarnos porque no nos devuelve servicios de calidad. En cierta medida es verdad ese razonamiento. Pero siendo honestos, no ha resuelto nada. Yo llevo años escuchándolo.

Creo que el carácter de la sociedad mexicana está algo peleado con el mundo de las instituciones. Piénsese en un amigo que llega repentinamente a una comida, a un concierto, a un evento: cualquier persona le buscará un huequito, le hará un lugar, aunque no hubiere avisado que acudiría. Eso no ocurre en Europa o en Estados Unidos: si no avisaste que vendrías, no hay lugar para ti. ¡Punto! Por eso creo que se vuelve relevante empezar a hacer un inventario de los atributos positivos de la informalidad mexicana. Sólo sobre eso se puede constituir una base (más allá de lo fiscal) que se convierta en un marco de referencia operativa para que esa forma de funcionar no la desechemos, sino que la aprovechemos a nuestro favor.

Honestamente, yo no quiero que el organillero que me despierta los domingos desaparezca. Porque si mi anhelo fuera vivir en un lugar donde todas las esquinas de una ciudad son silenciosas y aburridas, quizá ya habría migrado a Suiza…

 

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