La actitud del cineasta Alfonso Cuarón deja muchos claroscuros sobre sus intenciones o, en su defecto, sólo demuestra que en México los únicos ciudadanos que se pueden enfrentar al gobierno son los que tienen dinero y fama internacional.

 

 

Soy muy crítico con nuestro sistema político, y critico mucho a los políticos y su actuación, pero en esta ocasión los dejaré en paz y criticaré a un ciudadano que, por alguna razón, para favorecer su fama y/o alguna otra circunstancia, decidió gastarse más de medio millón de pesos en desplegados para quejarse de la política energética que está proponiendo el Gobierno de Peña Nieto.

Durante muchos años, he apoyado proyectos de comunicación política y me ha tocado trabajar con grupos muy envalentonados para quejarse públicamente, pero es muy curioso: cuando ven el precio de los desplegados, toda esa valentía se va al bote de la basura, y más bien salen a relucir los agujeros de los bolsillos.

En este caso, el afamado cineasta mexicano Alfonso Cuarón le pica el gusanillo de la política y se convierte, de pronto, en férreo defensor de la democracia mexicana y, sin empacho, seguramente porque en dólares se le hace poquito. A nombre de un bonche de mexicanos (¿?), pide razón sobre la iniciativa presidencial en sendos desplegados en medios nacionales, además de poner en marcha una página en internet.

Como buen cineasta, acostumbrado a la licencia creativa (excusa para modificar las historias que se narran en el cine) genera diez preguntas e iniciativas dándole a su queja su propia narrativa democrática.

Cuando vi el primer desplegado, me di cuenta que, como muchos mexicanos, empleados de gobierno y ciudadanos, la queja formulada dejaba ver que no se había leído siquiera la reforma constitucional. Me queda claro que él no la leyó y que la gente que le está operando esta campaña tampoco, ya que no creo que un ganador del Oscar por mejor película, que no vive en México desde hace tiempo, tenga tiempo de dedicarse o fijarse en estos detallitos.

Por otra parte, la propuesta la presenta una vez que ya se hizo la reforma constitucional y cuando se están formulando las leyes secundarias. Para el nivel de preguntas, ¿no debió hacerlas antes o en plena discusión de la reforma y no cuando le toca a las leyes secundarias? ¿Usted qué cree?

Ahora bien, su primer desplegado generó respuestas y muy claras, pero en el segundo propone una serie de cosas que rompen por completo el principio de la democracia: ¿por instrucción presidencial o gubernamental organizar debates en televisión abierta? ¿No está enterado que ni el IFE, ahora INE, puede organizar tan fácilmente los debates presidenciales? ¿No sabe que hay una legislación respectiva, que la televisión es concesionada y muchos etcéteras más?

No cabe duda que su actitud deja muchos claroscuros sobre sus intenciones o, en su defecto, sólo demuestra que en México los únicos ciudadanos que se pueden enfrentar al gobierno son los que tienen dinero y fama internacional o, de plano, que atrás de su intención hay una mano negra que está “meciendo la cuna”.

Y, como siempre, ya salieron los espontáneos de la historia, los defensores y los patrocinadores, para adueñarse de la iniciativa. Ya lo invitan al Senado como héroe nacional para que exponga sus apreciables dudas, lo envuelvan en la bandera nacional y, como nadie lo había hecho en México por su trabajo, le otorguen el Oscar por la antidemocracia.

Aquí cabe decir lo que decía el clásico: hemos visto muchas películas de democracia en el cine y, si a esto le sumamos la práctica insana de nuestros políticos baratos de quejarse por quejarse y de inventar mentiras y repetirlas en spots de radio, pues el numerito es rentable y hasta le harán ganar otro Oscar.

 

 

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