El mérito de Raymond Pettibon no sólo radica en trazar con especial crudeza la cultura popular norteamericana, sino también en desdibujar las lindes entre la llamada alta y baja cultura.

Para Mauricio Orduña, artista y roquero de altos vuelos, como el mismísimo Raymond.

 

Aunque las etiquetas y catalogaciones dentro del mundo del arte suelen servir para marcar parámetros y agrupar tendencias, corrientes y movimientos, lo cierto es que en muchas ocasiones resultan perniciosas, ya que suelen crearse divisiones, se fomentan prejuicios y encasillan conceptos. Tal es el caso de la llamada “alta” y “baja” cultura. Los críticos y estudiosos del arte se han empeñado por décadas en desdeñar y decidir qué es lo excelso de lo bajo, qué debe permanecer en el contexto subterráneo y qué debe ser sublime y hermoso.

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Prueba de la subjetividad e inoperante de dichas etiquetas es el trabajo del artista norteamericano Raymond Pettibon, artista plástico nacido en Tucson, Arizona (1957), que ha pasado de un entorno independiente, popular y hasta clandestino, hasta llegar a las salas de museos y galerías más prestigiadas del mundo, lo que lo ha llevado a ser reconocido como uno de los artistas contemporáneos más vanguardistas de todo el orbe.

Pettibon comenzó a dibujar con regularidad a los 12 años, edad que coincidió con el descubrimiento del rock más salvaje y guitarrero de Estados Unidos, en donde los Rolling Stones y el concierto de Altamont enfatizaban el fin de la era hippy y el sueño americano del “flower power”, contexto que fue punta de lanza para lo que vendría musicalmente hablando en el vecino país del norte: el hard core punk, escena que floreciera en los vecindarios más depauperados de la clase baja estadounidense, la llamada “basura blanca”, en su mayoría, aunque también había latinos y gente de color, como el caso de la poderosa banda Bad Brains.

En 1977, Raymond Ginn, apodado Pettibon por su padre, en alusión al beisbolista John Pettibon, cuyo apellido combina las palabras petit y bon, algo así como pequeño y bueno, respectivamente, se gradúa de la carrera de Económicas en la UCLA, a los 19 años de edad, momento en el que comienza a dar clases de matemáticas. En paralelo, Raymond se fue forjando una reputación en la escena hard core, haciendo portadas para grupos hoy famosos como Minutemen, Black Blag (banda de su hermano, de quien diseñó el logo y sugirió el nombre), o diseñando flyers de conciertos, en su mayoría dibujos entintados en negro, llenos de fuerza y crudeza, que captaban bien las letras llenas de violencia e insatisfacción social de su época.

El descarrilamiento de un tren   

El arte de Raymond Pettibon se inscribe en los albores desolados de la ‘época Reagan’, en donde una escena nutrida de artistas norteamericanos abrevaban de las grandes figuras artísticas de todas las disciplinas, insertándolos en un contexto actual, dotado de una crudeza callejera y un lenguaje más directo y abrupto. Artistas como Paul McCarthy, Mike Kelley o Jim Shaw son contemporáneos a Pettibon y son en buena medida el eslabón que emparentó más a Pettibon artísticamente hablando, que con su repercusión y permanencia en la escena musical, algo que grupos como Sonic Youth verían a lo lejos.

La cosmovisión Pettibon resulta fascinante, honesta, refinada en su brutalidad y poética en su violencia. Raymond sintetiza con especial tino a la cultura estadounidense; sus dibujos suelen venir en pequeños formatos, a blanco y negro (aunque sí hay diferentes técnicas y colores), y muchas veces hay textos literarios que extrae de algunos libros (algunas veces son autoría propia), para insertarlos en alguno de sus elementos constantes: la viñeta y el cómic, los superhéroes, los surfistas, beisbolistas, aves o locomotoras de tren descarrilándose. Elementos que construye y sintetiza de tal manera que logra un evidente oxímoron estético, un ‘bello y deforme equilibrio’ que combina el arte culto de la antigua Inglaterra, con el arte pop, el sexo, la polítca, música y casi toda la expresión de su país: “la nación más poderosa del mundo”.

Los significados en pleno diálogo, confrontación y orgía. El trabajo de Pettibon ha trascendido por su universalidad a partir de su localismo y tremendismo. Un ave negra abstracta estallando en sangre roja, con un mensaje que podría remitir a una canción de Bob Dylan o Neil Young; un letrero que parece un aviso pero trae implícita una bomba social; un poema esparcido en una acuarela azul, en donde las flores y la nostalgia construyen algo más allá de lo evidente. Pettibon es los Ramones, los Dead Kennedys o Minor Threat, pero también es Carver, Superman, Charles Manson, Godard o William Blake, o simplemente el rotulante detrás del enigmático alter ego, Vavoom.

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A partir de los noventa, Raymond fue haciendo cada vez más trabajos de gran formato y se fue colando en las galerías y museos de renombre. A pesar de ser muy crítico con el mercado del arte, el trabajo de Pettibon se ha venido cotizando cada vez mejor, a la par de que su carrera lo pone como un indispensable del arte contemporáneo global. Hoy en día, sus litografías en offset de conciertos de punk y propaganda se venden desde los cien dólares, y sus obras más grandes pueden alcanzar hasta los cientos de miles de precio, cosa que suelen lograr artistas de la talla de Jeff Koons, Methew Barney o Jasper Johns.

Ya sea por su espíritu contundente y agreste, o por su aporte al arte contemporáneo, la obra de Raymond Pettibon merece ser visitada siempre que se pueda. A sus 56 años de edad, Pettibon es uno de los grandes del siglo pasado y de éste. Sin lugar a dudas.

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