DW.- “Si un musulmán ataca, culpan a su religión. Si un negro o un latinoamericano ataca, culpan a toda su ‘raza’. Pero si un anglosajón ataca es un problema mental”, dice el dramaturgo mexicano Ismael H. Medina en Twitter, refiriéndose a la masacre cometida por un joven supremacista que mató a 22 personas en El Paso, y que las mismas autoridades califican como un “acto de terrorismo”.

“Esta masacre es la expresión de un discurso del odio, gracias al fácil acceso a las armas en Estados Unidos”, dice a DW Mauricio Farah Gebara, licenciado en Derecho de la Universidad UNAM de México, quien prosigue diciendo que “ahora vemos la cosecha del odio, la xenofobia y el racismo sembrados por el mismo presidente de Estados Unidos”.

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El joven asesino que entró a matar en un supermercado, justo en el día en que se ofrecían en sus pasillos rebajas por la compra de armas, refirió en un manifiesto una supuesta “invasión hispana”. El Paso, en frontera con México, tiene 680.000 habitantes, 83% de ellos de ascendencia hispana.

Pero sucede que la realidad no corresponde a las fijaciones de los supremacistas que alegan el dominio que supuestamente siempre han tenido sobre el territorio de Estados Unidos. “La discriminación de los mexicanos en Estados Unidos se remonta al siglo XIX cuando de un día para otro miles de mexicanos se encontraron en un país diferente, como consecuencia del Tratado de Guadalupe-Hidalgo, por el cual México perdió más de la mitad de su territorio. Los mexicanos que quedaron en el nuevo territorio estadounidense eran discriminados y tratados como ciudadanos de segunda”, escribe Abigail Calleja Fernández, excónsul de México en San Diego, en su ponencia sobre “La discriminación a los mexicanos en Estados Unidos”, publicada por la Universidad Autónoma Metropolitana de Azcapotzalco.

¿Doble moral?

Para el jurista Farah Gebara, “Estados Unidos, en vez de incitar al odio, debería reconocer la demanda que existe de trabajadores mexicanos y centroamericanos, e igualmente reconocer el aporte económico de los inmigrantes sin papeles que, a menudo, reciben apenas el 50% del salario de los demás trabajadores, pero sí pagan una seguridad social que nunca reclaman”. Los supremacistas “no solo no hacen Justicia cuando matan a inmigrantes, sino que también le causan un daño grande a la sociedad multicultural que es Estados Unidos”, agrega Farah, experto en flujos migratorios.

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¿Qué tanta doble moral hay en la administración estadounidense, que necesita a los migrantes indocumentados a los que se le paga muchos menos, pero azuza a racistas contra ellos? “La mano de obra mexicana subsidia buena parte de la economía de Estados Unidos”, dice este abogado que trabajó en la Comisión Nacional de Derechos Humanos de México, agregando: “¿Doble moral? – No hay ninguna moral cuando, a pesar de que Estados Unidos se beneficia del trabajo de los indocumentados, lo que el Gobierno ofrece es un discurso de odio, de racismo, de xenofobia y persecución”. Pero no se detendrá el flujo de migrantes, “a pesar de la amenaza armada contra su existencia, por parte de supremacistas”, considera Farah, que cursó también una maestría en Política y Gobierno de la Universidad de Essex.

Con Trump, segregacionistas y nativistas han salido de las sombras

“Supremacía”, denota una presunta superioridad que implica preponderancia. Y esto en un territorio hegemónico en el que se cree omnipotente. Los supremacistas, a pesar de vivir en una democracia, se creen en un imperio. “A Estados Unidos le ha llevado más de 243 años avanzar hacia la igualdad de derechos de sus habitantes. (…) Aún así, ni la esclavitud ni la discriminación se acabaron de tajo, pero al menos se había logrado que racistas y xenófobos guardaran las formas. No era ni social ni políticamente correcto declararse racista. Con la campaña de Donald Trump y sus discursos excluyentes, empezaron a salir de las sombras los segregacionistas, los puristas, los nativistas, pero una vez que el candidato republicano se convirtió en presidente electo, el odio ha emergido como lava de volcanes hasta hace poco solo humeantes”, dice Mauricio Farah Gebara, en la revista Milenio. Y concluye en DW que “lo que ahora está en entredicho no es la integridad de los migrantes, sino la calidad moral de la sociedad estadounidense”.

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