Tenía un negocio de pieles finas en Madrid, pero conoció a una mexicana y decidió pescar tortugas y tiburones en Oaxaca. Levantó una empresa, pero se la quitaron. Invirtió todo su capital en dos barcos atuneros, pero tuvo que irse a África para sobrevivir. Finalmente, regresó y construyó una compañía que vende 5,000 mdp al año. Ésta es la historia del hombre que, a sus 72 años, quiere reconquistar los mares.

 

Por Hiroshi Takahashi y Juliana Fregoso

 

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Eran otros tiempos. En aquel entonces, la pesca de la tortuga marina era una actividad que se realizaba salvajemente en las playas de Oaxaca. Antonio Suárez Gutiérrez es un español que visitó México por primera vez en 1966,  por un evento estrictamente circunstancial. Después de varias visitas, este personaje decidió radicar en México, cambiar de giro y tomar el timón de una vieja empresa estatal llamada Industria Pesquera de Oaxaca (IPO).

“Yo comencé a distribuirles en Europa. Empezamos a distribuir pieles. En ese entonces se pescaba la tortuga marina, y distribuía pieles de tiburón. Luego, en 1968, me quedé con las instalaciones de IPO. Fue así que la compré y me dediqué a la pesca.”

 

¿Vio la oportunidad de negocio?

—Sí, sí. Dos años después [en 1970] me casé y me desprendí de lo que tenía en España.

 

¿En aquellos años todavía existían los rastros de tortugas en Mazunte, Oaxaca?

—Bueno, aquello era una pesca muy, muy de selva.

Ya instalado en México, cuando su empresa crecía en Oaxaca, tuvo otro punto de inflexión: el gobierno lo obligó a venderle su negocio a Productos Pesqueros Mexicanos.

“La tortuga era una especie reservada para las cooperativas; también el camarón, el ostión, la langosta y varias especies más. El gobierno compró las plantas procesadoras, los barcos y todo lo que tuviese que ver con las cooperativas. Nosotros vendimos en 1980.” Se acabó el negocio de las pieles. Se acabó el negocio de la pesca.

 

La llamada

Un día de 1980, cuando Antonio Suárez iba a cobrar el fruto de años de trabajo, recibió una llamada; era Fernando Rafful Miguel, el titular de la Secretaría de Pesca.

—¿Qué vas a hacer? —le preguntó el secretario de José López Portillo.

—Pues, no sé —respondió Antonio Suárez—. Voy a dedicarme a alguna cosa, eso seguro, pero ya no quiero estar en la pesca.

—¡No! Queremos que sigas en la pesca. Necesitamos a alguien como tú en la pesca.

—¡No, no! A mí no me apetece estar en la pesca.

Fue entonces cuando Fernando Rafful Miguel le habló del atún, que estaban creando una flota atunera en México y que querían que él estuviera en el negocio.

Él quería dejar la pesca porque consideraba que estaba muy politizada. “Uno quiere crecer en su empresa, no tanto ganar dinero. Lo bonito es ver crecer una empresa.” Entonces no quería regresar al ambiente que le había arrebatado su negocio.

Coincidió que en esas fechas fue a España y habló con algunos amigos que se dedicaban a la captura del atún. Le dijeron que era un gran negocio. Él dudaba, pero al final lo animaron y regresó a México con la intención de invertir todo lo que había recibido en el negocio del atún que le recomendó el titular de Pesca.

 

¿Ahí era millonario ya?

—Bueno, hombre, algo tenía, algo tenía.

Con eso que “tenía” mandó a construir dos barcos grandes, de 1,000 toneladas.

Al poco tiempo de firmar el contrato, en julio de 1980, seis barcos atuneros estadounidenses fueron detenidos pescando sin permiso dentro de la zona exclusiva de México. El gobierno de Estados Unidos respondió con furia: dejaron de comprar.

“Cuando sorprendió a México el primer embargo dependíamos casi totalmente de las ventas de atún al mercado norteamericano”, explican Irma Delgado Martínez y Cuauhtémoc González Pacheco, del Instituto de Investigaciones Económicas de la Universidad Nacional Autónoma de México, en El atún, el embargo y el Tratado de Libre Comercio.

Suárez Gutiérrez sonríe al evocar el momento en que invirtió su fortuna en dos barcos atuneros precisamente en 1980:

Se fue con sus barcos recién comprados a África; no quería venir a amarrarlos a algún puerto mexicano. “Llevé tripulación de Oaxaca. Tenía vascos, oaxaqueños, negros de Senegal”.

 

—¿Usted andaba en medio de los marinos?

¡Yo era el jefe de la orquesta! Ahí yo comencé a relacionarme con el mercado europeo.

 

—¿Se iba al mar un mes, dos meses, tres?

No, yo iba y venía. Yo estaba aquí, el barco estaba afuera, y cuando iban a descargar los barcos yo tomaba un avión y nos íbamos a las descargas en Abiyán (corazón comercial de Costa de Marfil) y a Dakar (la capital de Senegal). Ahí descargaban.

Con sus amigos españoles transportaban atún a Italia, Francia y España. Era 1984 y Antonio Suárez Gutiérrez salía de sus angustias, mientras aquí en México los barcos seguían anclados. De pronto, una buena señal apareció en el horizonte: el gobierno de Miguel de la Madrid se había comprometido a comprar todo el atún.

“Entonces yo no quise quedarme solamente allá; vine para acá y me traje a los brokers, los grandes brokers europeos que había, y aquí empezamos a organizarnos. Se constituyó la Asociación Nacional de Productos de Atún.”

De acuerdo con la Organización Mundial del Comercio (OMC), entre 1980 y 1987 México desarrolló una flota con capacidad para transportar 85,000 toneladas de atún. Otros mercados eran conquistados.

Un día de 1986, Estados Unidos decidió quitar el embargo. “A pesar de que se levantó el embargo, Estados Unidos encontró una nueva manera de prevenir que el atún mexicano compitiera en su mercado”, explica la OMC.

Culparon a los mexicanos de matar delfines. California dictó en octubre de 1990 un embargo, se levantó provisionalmente en noviembre y en febrero de 1991 lo ratificaron. Se establecía la prohibición de comprar atún mexicano y represalias comerciales a los países que lo hicieran. Sus ventas cayeron. Se hundían.

Un día, Antonio Suárez Gutiérrez estaba con el entonces presidente de México, Carlos Salinas de Gortari, y era el momento perfecto para soltarle el problema que tenían con Estados Unidos. Sin rodeos, le pidió que fuera el abogado de la industria atunera ante su homólogo, Bill Clinton, pues muy pronto se reunirían. “Yo veo una luz en el camino, señor presidente”, le dijo a Salinas, quien le pidió que no se confundiera:

“Suárez, puede ser otro tren que viene de frente. Y a Clinton, como a mí, le importan los votos, y como vea que los delfines quitan votos, olvídese.”

Fue hasta el gobierno de Ernesto Zedillo en que las cosas cambiaron y el embargo fue retirado. Para entonces, Antonio Suárez se había desecho de sus grandes barcos, con los que casi logra tener la flota atunera más poderosa del mundo. Pero se resistía a renunciar. “O nos integrábamos o ya no pintábamos en este negocio. Empezamos a adquirir barcos y terminamos interesándonos en una planta que adquirimos en Manzanillo. Una planta que había construido el gobierno, que estaba inactiva. Nos integramos y ahí surgió la marca Tuny”.

 

—¿Le gusta que le digan que es el “Rey del Atún”?

No, ésa es una tontería. Soy el decano de los atuneros de México.

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Horizonte despejado

En marzo de este año hubo una gran fiesta en Manzanillo. Ahí estaba el presidente Enrique Peña Nieto y toda la industria pesquera festejaba la llegada del “Gijón”, el primero de tres nuevos barcos atuneros que compró Grupo Marítimo Industrial (Grupomar).

“Compramos tres buques por un monto de 75 millones de dólares (mdd). El ‘Gijón’ llegó a Manzanillo desde España, y ésa fue la oportunidad para que el presidente le diera el banderazo de salida”, recuerda Antonio Suárez, el fundador y presidente del Consejo de Administración de Grupomar.

El segundo se llamará “Oaxaca”, en honor a su mujer y su única hija (que ahí nacieron), y el tercero “Manzanillo”, en agradecimiento al puerto que lo cobijó.

“Estos que estamos comprando son de los más grandes y modernos de nuestra flota. A cada uno le caben 1,200 toneladas de atún.” Hoy, Grupomar tiene 10 barcos.

 

—¿Por qué cuentan que Enrique Peña Nieto lo trata con mucho respeto?

Hemos tenido la oportunidad de conocernos y él sabe que somos gente de bien, empresarios que vamos para adelante. Somos, aunque suene feo, héroes. Grupomar es una empresa mártir, que lleva 30 años bloqueada por el mundo y hemos subsistido y todavía nos siguen teniendo miedo.

 

Esta ocasión, ¿sí hay condiciones para asegurar que se aproxima el relanzamiento de la pesca mexicana?

Yo creo que viene el nuevo lanzamiento de la industria pesquera. El presidente dijo que él se encargaría y yo le pedí que fuese el abanderado de nuestra actividad, por todos los daños que nos han causado.

A sus 72 años de edad, y con 47 años residiendo en México, Antonio Suárez se ve satisfecho. “Estamos haciendo ahora más de un millón de latas al día de distintos productos, facturamos más de 300 mdd al año y empleamos a más de 2,000 personas directamente.”

 

¿Está pensando en el retiro?

No, no, no, no… A mí me retira el Señor; ése es el día que me retirarán. Retirarse es… ¿qué hago! Me gusta ir a mi rancho, pero no voy a estar todo el día allí. Me gusta pescar, pero no todos los días. Me puede gustar, no sé, el golf, pero ya no juego. Te digo: el trabajo es bonito, ¡hombre!

 

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