La alerta ha sido encendida: hay burbujas por doquier; en las bolsas, en los bonos soberanos, en las materias primas. Éstas podrían estallar después de 2016. La economía de México, en tanto, sigue sin despegar, y se sostendrá a ese ritmo mientras no haya las condiciones para crecer.

 

Por José Miguel Moreno

 

El debate no termina con la resignación de que la economía sólo crezca 2.7% este año; ahora, el riesgo es que la economía global se encamine hacia una nueva crisis que tomé a México muy mal parado. Si tal riesgo se materializa, a Peña Nieto y a su secretario de Hacienda, Luis Videgaray, se les habrá escapado el sexenio, en lo que a crecimiento econó­mico se refiere.

El estallido puede venir de cualquier lado. La burbuja hipotecaria le estalló a George W. Bush en plenas elec­ciones presidenciales. Si se repitiera la historia, algo semejante le podría suce­der a Barack Obama en 2016.

Las alertas ya las dieron un buen número de economistas. Se habla de burbujas por doquier: en las bolsas, en los bonos soberanos, en la deuda cor­porativa, en las materias primas, en el crédito, etcétera. Los precios de un alto espectro de activos están desbocados, inflados, en valuaciones desorbitadas. Y toda esta exuberancia puede acabar malamente, como sucedió en 2000 y luego en 2008-2009.

El investigador del CIDE Raúl Feliz reconoce que, sin querer ser catastro­fista, ese riesgo no puede desdeñarse, por lo que lo deseable es que la eco­nomía empiece a crecer cuanto antes. “Cuanto más se tarde más peligroso será.”

Aunque no se sepa por dónde ni cuándo, es bastante probable que la crisis global llegue durante la segunda mitad del sexenio; el riesgo es latente, y puede derivar en otra etapa de turbulencia e inestabilidad finan­ciera, que –con una economía global en la que persisten varios desequilibrios y vulnerabilidades fundamentales– puede detonar otra recesión global y echar por tierra los planes de crecimiento de la administración de Enrique Peña Nieto.

 

El pero de las reformas

El PRI regresó a Los Pinos con la pro­mesa de traer crecimiento, pero pese a condiciones económicas globales benignas y las altas expectativas creadas, México crece por debajo, incluso, de las estimaciones oficiales.

El problema de México, según Vide­garay, es que la productividad ha estado deprimida en los últimos 30 años, y para reactivar la economía, acelerar el crecimiento y acercarlo al de los países emer­gentes de éxito habría que acometer unas reformas estructurales para modernizar y hacer más competitivo al país.

El Pacto por México fue el mecanismo elegido para lograrlo a través de las reformas laboral, educativa, financiera, fiscal, de telecomunicaciones y energé­tica. Si se hiciera todo eso y bien, el cre­cimiento potencial de México podría ir a tasas desde 3.5% hasta 5%. Sin embargo, los dos primeros años han resultado descorazonadores.

Inesperadamente, en 2013 la eco­nomía entró en un estancamiento. Pasó de crecer 3.9% en 2012 a sólo 1.1% en 2013, un avance tan magro y sólo superior a las alicaídas economías de la eurozona, muchas de éstas aún en recesión.

El 2014 tampoco empezó boyante. En el primer trimestre la economía vol­vió a defraudar: su crecimiento apenas fue de 1.8%, lo que forzó a Hacienda a recortar su pronóstico para todo el año de 3.9% a sólo 2.7%. Dos días antes, el Banco de México lo había reducido de entre 3.0% y 4.0%, a entre 2.3% y 3.3%, lo que deja su estimación central en 2.8%.

Para Raúl Feliz, el Pacto por México fue un error para la economía. “Sacar todas las reformas de golpe impactó de manera negativa el crecimiento. No todas eran necesarias ni urgentes. La priori­taria era la energética, y a partir de ahí, conociendo los recursos que generaría, se pudo haber planteado el resto de las reformas con más tiempo.”

Si se cumpliera el pronóstico de Hacienda de 2.7% para 2014, la econo­mía se habría expandido 1.9% durante los dos primeros años del gobierno de Peña Nieto. Aunque esa tasa no se ve mal comparada con el crecimiento de los dos primeros años de los recientes sexenios, no deja de ser mediocre. Más si se tiene en cuenta que las condicio­nes, dentro de la debilidad económica global, han sido favorables.

Peña Nieto ha gozado de condiciones económicas y financieras benignas en este año y medio en Los Pinos: el PIB mundial ha prolongado su senda de crecimiento y los mercados financieros siguen inundados de liqui­dez, por lo que las tasas de interés, tanto en los mercados internacionales como en México, están muy cerca de sus míni­mos históricos. Con esas condiciones, quizá México mereció un crecimiento económico más generoso.

A partir del año que viene, el camino empezará a ser más tortuoso. Se espera que la Fed termine este año con sus programas de expansión monetaria, con los famosos “QES”. Y para el año próximo se prevé que comience a subir las tasas de interés, lo que implicará con­diciones monetarias y financieras más adversas para las economías emergentes y para el crecimiento global, lo que en el pasado reciente ha generado etapas de elevada volatilidad.

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Qué pasó realmente

Aunque se suele culpar de la desacele­ración al flojo desempeño de Estados Unidos, en realidad el impacto más notorio provino de factores domésti­cos. Es cierto que el PIB de ese país se redujo de 2.8% a 1.9% en 2013, pero ese comportamiento no fue muy distinto del registrado en años previos; además, a esas tasas México logró crecer a ritmos mucho más robustos. En 2011 el PIB de Estados Unidos aumentó 1.8% y el de México 4.0%, así que después de tres años con crecimiento muy superior al de Estados Unidos, el 1.9% de ese país en 2013 no justifica el virtual estancamiento de México.

Como observa Mario Correa, econo­mista jefe de Scotiabank, los componen­tes de consumo e inversión privada en Estados Unidos, que son los que mueven la economía mexicana, tuvieron un comportamiento decente. El consumo privado, que representa dos tercios del PIB de EU, se ha expandido a tasas cercanas a 3%.

El economista de Santander Rafael Camarena también ve en esto una desconexión. El componente de las exportaciones no petroleras de México a Estados Unidos aumentó 6.2% en 2013, un declive modesto respecto de la tasa de 8.6% de 2012. En este inicio de 2014, las exportaciones no petroleras a nuestro principal cliente se han vuelto a fortalecer, a tasas cercanas a 8% en el periodo enero-abril respecto del mismo periodo de 2013. A su vez, el sector automotriz se ha venido acelerando y circula, en lo que se refiere a produc­ción, a cifras récord.

Sin embargo, la actividad industrial de México en 2013 sufrió un fuerte revés. Tras crecer 2.7% en 2012, se contrajo 0.7% en 2013. Si la desacele­ración de Estados Unidos y el compor­tamiento de la manufactura no justifican del todo ese descalabro, ¿qué lo explica?

Ese sector del PIB, el sector secunda­rio, está compuesto por cuatro rubros: la manufactura, que representa prácti­camente la mitad del sector, seguida de la construcción y la minería, cada una con un peso cercano a 22%, y finalmente el componente de servicios públicos de agua, gas y electricidad. La manufactura, desde luego, no salió indemne, y se frenó de una tasa de 4.0% en 2012 a 1.4% en 2013, y explica 1.2 puntos porcentuales (P.P.) de la caída de 3.4 P.P. de la actividad industrial que produjo en la construcción, que pasó de un aumento de 2.0% en 2012 a un derrumbe de 4.5% un año después. En consecuencia, pese a tener un peso de menos de la mitad que la manufactura en el sector secundario, explicó 1.4 p.p. de la caída de la actividad industrial en su conjunto, y se convirtió en el mayor lastre para el sector.

La rémora de la construcción conti­nuó en 2014: el sector retrocedió a una tasa interanual de 2.8% en el primer trimestre comparado con la contrac­ción de 4.5% durante todo 2013, y fue uno de los elementos que condujo a Mario Correa a reducir su pronóstico de crecimiento del PIB para 2014, a una tasa de 2.7% con bastante antela­ción al anuncio del gobierno.

El otro punto que afectó la cons­trucción fue el rezago en 2013 en la ejecución del gasto público en infraes­tructura. Ese componente explica 0.3 P.P. en el retroceso de la construcción en 2013. En tanto, para Correa el shock de la construcción ya tocó fondo, aunque espera que la recuperación sea lenta en lo que resta del año y que el balance para 2014 sea neutral, con un crecimiento promedio de apenas 0.5%.

Ambos componentes ya se recupe­ran. “Edificación”, que se hundió 7.3% en el tercer trimestre de 2013, frenó su contracción en los dos trimestres siguientes, y la tendencia parece indicar que lo peor ya quedó atrás y que a par­tir de la segunda mitad de este año se podrían empezar a ver tasas positivas, favorecido también por una deprimida base de comparación.

El componente “Ingeniería civil” responderá en el futuro cercano a los proyectos de infraestructura que logre ejecutar la administración. Luis Vide­garay ha insistido que en el primer trimestre el gasto en inversión física se disparó 46.5% contra el mismo periodo del año pasado. Mario Correa se dice sorprendido de que, con ese aumento, “Ingeniería civil” se haya desmoronado a una tasa anual de 5.2%, mucho peor que el -3.3% del cuarto trimestre.

La reforma fiscal también socavó el crecimiento al principio de este año, y a juicio de Rafael Camarena, lo hizo a través de dos mecanismos: la homolo­gación del IVA en la frontera de 11% a 16%, al aumento de los impuestos sobre alimentos de alto contenido calórico y refrescos, y el impuesto ecológico sobre las gasolinas, lo que causó la inflación de la primera parte del año y mermó el poder de compra real de los salarios. El otro es que el aumento del Impuesto Sobre la Renta (ISR) redujo la renta disponible. Ambos disminuyeron la capacidad de consumo y la demanda interna.

Para Raúl Feliz, la reforma hacenda­ria era innecesaria, tanto por su carácter como por su oportunidad. A su pare­cer llegó en un mal momento, cuando la economía se debilitaba, y aunque ha mejorado la recaudación, el costo recayó sobre la misma base de contri­buyentes de siempre, que de por sí es pequeña.

En contrapartida, afirma Camarena, los ingresos tributarios no petroleros aumentaron sustancialmente en los primeros cuatro meses del año, 13% contra el mismo periodo del año pasado. Ahora se espera que el gobierno rein­yecte esos recursos a la economía y la reactive. Además, y como afirma Benito Berber, economista para América Latina de Nomura, el impacto de la reforma fiscal sobre el consumo será transito­rio y la demanda interna se fortalecerá conforme se asimilen las medidas de la reforma hacendaria.

Pero no sólo la reforma hacendaria ha afectado al crecimiento. Las refor­mas del Pacto por México han sumido a México en un halo de incertidumbre y provocado que los agentes econó­micos se replanteen sus decisiones de consumo e inversión, a la espera de la definición de las leyes secundarias. Eso ha sido especialmente cierto, a juicio de Camarena, en los sectores de telecomu­nicaciones y energía.

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¿Y el sexenio?

Por otro lado, al ser las reformas las que detuvieron parcialmente la actividad en México al inicio del sexenio, eso hace prever que la segunda mitad sea más prometedora. Benito Berber cree que las reformas eran necesarias y que ponen los cimientos para un creci­miento más alto, más allá de lo que pueda suceder con la economía global en el corto plazo.

La principal crítica que hace Berber a la conducción de la política económica es que quizás el gobierno subestimó el impacto de las reformas sobre la acti­vidad, por lo que al princi­pio del sexenio debió realizar una política fiscal más expansiva que contrarrestara ese choque inicial. Y la reforma que menos le place es la de telecomunicaciones, al no atajar –tal como están enunciadas las leyes secundarias– los problemas de monopolio y oligopolio en el sector.

Ninguno de los analistas desdeña la posibilidad de que se pueda producir otro contratiempo global que compli­que, en el corto plazo, la meta de creci­miento de 5% que prometió Peña Nieto. Pero todos creen que ese potencial es alcanzable si las reformas se concretan.

Raúl Feliz se muestra más caute­loso sobre el crecimiento potencial de México, que, a su juicio, puede ser más transitorio de lo que se dice. Para él, las apuestas están centradas en el sector energético y en la dinámica que muestre en los próximos años. Una recesión global no sólo podría echar a perder las promesas de crecimiento de Peña Nieto durante su mandato, sino derribar el precio del petró­leo y socavar las perspectivas de inver­sión e ingresos que generaría.

A este sexenio todavía le faltan cua­tro años; mucho tiempo, quizá dema­siado. Más de uno en Hacienda y en Los Pinos tendrán los dedos cruzados para que la economía mundial aguante. O las cuentas que presentarán al final de 2018 podrían ser bastante menos deslum­brantes de lo que prometieron.

 

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