Michael Devlyn da tres golpes secos sobre el escritorio de su tío Frank, al tiempo que Melanie inmediatamente le pega a la madera con el puño cerrado en señal de apoyo. “Nosotros nos pensamos más como segunda generación que como tercera; con eso de que la tercera lo echa a per­der, no queremos llevar ese estigma”, dice el CEO de la empresa familiar que hoy, aunque no lo quieren aceptar por supersticiosos, sí está en manos de la tercera generación.

“Tenemos líderes sumamente inteligentes y con demasiado cariño a la empresa que, más que estar viendo en dónde la regamos, hemos contado con su confianza absoluta”, responde Melanie Devlyn, la Presidenta del Consejo de Administración de Grupo Devlyn, cuando le preguntamos si están bajo mucha presión. “Eso es importante en cualquier empresa familiar, una transición y una sucesión no sucede si la cabeza no lo quiere. Y hay muchísimas empresas mexicanas y a escala mundial que desgraciadamente han tenido grandes talentos en las siguientes generaciones que se han desperdiciado porque esta cabeza no permite esa sucesión. Entonces, nosotros hemos tenido una bendición, el completo apoyo de esa segunda generación. Aunque no fue fácil entenderlo en un principio”.

“Creo que tuvimos esa fortuna que dice Melanie de que, digamos, esta sucesión no sucedió de un momento a otro, de una semana a otra o por una crisis, porque se murió alguien. La fuimos gestando desde nuestro propio trabajo. Eso te va haciendo ganar cierta confianza con los líderes de la primera generación y con los equipos de traba­jo”, reitera Michael.

“Te estoy hablando de hace más de 15 años —enfatiza Melanie—, cuando formamos nuestro Consejo Consultivo, donde se hablaban temas importantes de empresa. A diferen­cia de antes, cuando tratabas el tema directamente con mi papá, o con mi tío y era algo mucho más informal y por tanto con menos consistencia. Siempre puede pasar que alguien estaba de buenas o de malas y de ahí dependían muchas cosas importantes de la empresa”.

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Eso le ayudó a la tercera generación a abrirse un foro y poder decidir las cosas relevantes para la empresa entre todos.

“Como dice mi papá, en ese mo­mento ellos tenían la última palabra, pero poder expresar las diferentes opciones y opiniones fue valioso. Des­pués de la mano de Deloitte comenza­mos a darle mucha más formalidad a nuestro gobierno corporativo y arma­mos un Consejo de Administración, con consejeros independientes. Todos los cambios han sido muy importan­tes, porque han sido autoimpuestos, nacieron desde adentro. Queremos seguir fuertes, no nada más abriendo ópticas”, aclara Melanie Devlyn.

Así es como han trabajado en los últimos años los directivos de Devlyn. Esta es la primera vez que comparten su historia, como parte de esos cam­bios que están realizando al interior y en secreto. Estuvimos con ellos en su cuartel general, en Polanco, poco antes de que abran su centro de distribu­ción en Vallejo y de que comiencen a festejar los 80 años de la empresa. Ellos acceden a que los acompañemos por el corporativo, sin limitaciones o poses impuestas por alguna agencia de relaciones públicas.

Patrick Devlyn, COO de Grupo Devlyn y Vicepresidente Nacional de la Coparmex, dice que están realmente en una cirugía mayor, en don­de le están metiendo un nuevo corazón y un nuevo cerebro a este grupo.

“Mucho de ello también contribuye el nuevo centro de distri­bución, que va a tener 8,000 metros cuadrados, se va a traducir en el laboratorio óptico y centro de dis­tribución, dentro de nuestra industria, el más grande de América Latina. Nos va a permitir ser mucho más ágiles y más eficientes con nuestros clientes”, comenta Patrick.

“Así es como hemos ido hasta aho­ra. Este año hicimos un cambio en la estructura de gobierno de la empresa y este Comité Ejecutivo que era el que regía, el que hacía las veces de un director general, pues lo sustituimos y armamos una estructura que para nosotros sentimos que nos permite ha­cer las cosas con una agilidad mayor; entonces nombramos a un CEO, que es Michael”, explica Melanie.

“Michael trabaja muy de cerca con el COO, que es Patrick, mi otro primo, y entre ellos han hecho una dupla muy interesante de ejecución”, agrega la también relativamente nueva en su puesto, Presidenta del Consejo de Administración.

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Michael Devlyn, el CEO del grupo, recuerda que hoy tienen 1,200 esta­blecimientos y que están presentes en cuatro mercados. “El mercado princi­pal es México, recientemente abrimos en la frontera sur de Estados Unidos, en Guatemala y El Salvador”.

De los más de 7,000 millones de humanos que poblamos la Tierra, 4,300 millones necesitan corregirse algún problema de la vista, según Essilor, la líder en fabricación de lentes oftálmicos en el mundo. De ese total, apenas 1,800 mi­llones han tenido tratamiento y más de 2,500 millones de per­sonas siguen sin ser atendidos.

La oportunidad de negocios sigue siendo inmensa. En Devlyn atienden a cerca de 200,000 clientes al mes con ofertas diferenciadas, no solamente a través de la marca. Entre su portafolio de tiendas, hay 500 que manejan directamente y el resto son concesionadas, donde están pre­sentes como el departamento de óptica de muchas departamenta­les y de autoservicio. Por ejemplo: El Palacio de Hierro, Sears, Sanborns, Sam´s Club, Soriana, Coppel, Walmart y Chedraui.

“Algunas prefieren que trabajemos bajo su propio nombre. La categoría de óptica es un retail especializado, no compras y vendes, es más complicado. Tienes que tener al profesional visual, el equipo óptico de alta tecnología, el laboratorio para hacer el lente a la medida de cada uno de los clientes, es muy especializado”, explica Michael.

Michael, Frank, Melanie y Patrick enmudecen cuando les preguntamos por su facturación y su posición en el mercado mexicano. Por seguridad y por ser una empresa privada dicen que prefieren no hablar de los ingresos de la empresa ni dar detalles de las finanzas en general, pero aseguran que es un muy buen negocio. Y además, presumen impacto social, que se puede medir desde varios ángulos.

La falta de una buena visión tiene un impacto económico de 275,000 mi­llones de dólares anuales mundialmen­te, por detrimentos en la productivi­dad, dice la francesa Essilor, que agrega que seis de cada 10 de los accidentes de tránsito pueden ser atribuidos a una pobre visión y uno de cada cuatro niños en el mundo tiene problemas en la escuela por no ver bien.

Los Devlyn esperan abrir unas 30 ópticas nuevas durante 2016.

“Es muy claro que el negocio de menudeo, el retail como tal, es un ne­gocio de detalles. Los clientes cada vez están más informados, nos exigen más, la competencia también cada vez es más robusta, más capaz, y eso nos lleva a ser más eficientes, ágiles y precisos”, dice Patrick. “Con mis primos trabaja­mos eso en conjunto, todos los días”.

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Foto: Fernando Luna Arce. 

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“Devlyn es la historia del doctor Frank y su esposa, que como muchas em­presas de familia, le entregaron todo. Llegaron a llenar una necesidad, que era la óptica. En 1936 no había muchas ópticas, más bien, fuimos la primera óptica en el norte, en Ciudad Juárez, Chihuahua, cuando mucha gente iba al lado americano a comprar lentes”, dice Frank Devlyn, el líder de la segunda generación, hijo de los fundadores.

“Había pocas ópticas hasta del lado americano. Mi papá, americano irlan­dés, se casa con una mexicana, Nelva Mortensen Aldaz, de Nuevo Casas Grandes Chihuahua. Comenzaron a trabajar, llenaron una necesidad e iban adaptándose a los cambios. Estaban primero con su negocio en la casa, luego compartieron un local, que era la botica Juárez, después en el edificio emblemático de Ciudad Juárez, el Cine Victoria. Ahí estaban los doctores Devlyn”, agrega el papá de Melanie.

Frank Devlyn dice que cuando sintieron que el negocio creció fue cuando se firmó una alianza con Sears de México, que era el almacén más grande de Chihuahua, en 1956.

“Pusimos concesiones dentro de las tiendas Sears Roebuck, dentro de las tiendas Sears, eso nos permitió ser de los primeros para vender lentes a crédito. Este concepto de Devlyn en una tienda ha sido algo semejante de lo que tenemos en muchos lados”, señala el patriarca.

Hurgamos más en su memoria y le preguntamos cómo es que de ser una tienda en un pueblo, se expandieron por todo el país tan rápido. Frank De­vlyn lanza fragmentos de lo que pasó, sin meditar: “Falleció mi papá en 1961 y nos dejó el negocio a mí y a mis herma­nos, Jesse y Pat. Es un shock cuando pierdes a tu padre inesperadamente, pero gracias a que teníamos una tienda como Sears, eso ayudó muchísimo. Eramos una familia, mis hermanos y yo nos unimos más, muchos de los gerentes nos apoyaron muchísimo. Fue suerte también”.

Frank Devlyn dice que toda su vida habían trabajado en la empresa, desde pequeños. “Yo siempre trabajaba en la óptica. Tenía yo 9 años e hice mi pri­mer par de anteojos, era de esos niños raros, pero me gustaba el negocio de la óptica. Me gustaba, yo mismo veo que era un niño raro”.

Jesse y Pat lo mismo, desde chicos laboraban en el negocio familiar y respetaban mucho a Frank, por ser el más grande; eso también ayudó.

“Como era el mayor, pues iba adelante, nos gustaba trabajar. Hay negocios en los que a los hijos no les agrada para nada el negocio de los padres, para mí fue una adoración, me fascinaba y a mis hermanos también”.

Cuando falleció su padre tenían siete ópticas en el norte y él tenía 21 años. “Estar en la Ciudad de México fue por azares del destino”, recuerda Frank. “Veníamos muy a menudo aquí a comprar armazones. Yo pensaba que era afortunado por estar en provincia, no teníamos que competir con los grandes de la Ciu­dad de México. Vine por mercancía y se me presenta la oportunidad de comprar la principal fábrica de armazones”. Frank tenía 23 años.

“En uno de esos viajes para com­prar mercancía vine con mi hermano, visité aquí la empresa más antigua que tenía su fábrica de armazones, que era American. Quería conocer el proceso. De repente me dice el americano, ‘¿no quisiera hacerse cargo de nuestra fábrica?’. Fabricaban armazones oftálmicos, era la más prestigiada. Acepté. Esto fue en 1963, y abrimos la óptica más grande en la calle de Madero, en el Centro Histórico. Tuvimos suerte de que el cuate no hablaba español, y suerte tam­bién porque nadie quería comprar la fábrica”.

En seis semanas Frank y sus hermanos eran dueños de una gran fábrica de armazones en la Ciudad de México. “Nadie pensaba en salir a provincia, nosotros no pensábamos entrar a la capital. Pero entramos a la calle de las ópticas, en el mero Centro. No había plazas comerciales”.

Dos años después de que falleció su padre tenían 12 ópticas y una fábrica. Eran la cadena más grande, cuando no había cadenas ni malls. Estaba Ópticas Lux, con apenas tres locales.

“Yo tenía 23 años y medio. Era el mes de mayo. Yo cumplo en septiem­bre 24 años. Nos apoyaron. También nos apoyaron las personas de Ameri­can Óptica. Para nosotros era mucho dinero, conseguimos un préstamo para el anticipo y después a vender la mitad de la fábrica para pagar. En seis semanas ya teníamos la fábrica. No lo había pensado hasta ahorita, pero sí fue rápido”, recuerda Frank. “Nos esta­blecimos aquí en la Ciudad de México, centralizamos nuestro laboratorio aquí, las oficinas también las cambia­mos aquí, desde Ciudad Juárez, en la fábrica, que estaba en Azcapotzalco, en la calle Centeotl, número 237”.

“Es importante que dimensiones la importancia de mi abuela”, dice Melanie. “Aquí no nada más fue el fundador, muere mi abuelo pero estaba mi abuela. Era el sueño de mi abuelo, desde un principio, se veía como un gran jugador de óptica a nivel nacional, desde que tenían su primeras dos ópticas, pero mi abuela fue muy importante”.

Muy importante porque ella también siguió trabajando y porque le inculcó a sus hijos y nietos, el amor por el negocio familiar. “Se convirtió en un sueño de sus hijos, de sus nietos y espero de sus bisnietos. Me llama mucho la atención, lo comparo con otras familias, porque en otras familias veo muchas diferencias, aquí no”, dice Frank cuando le recuerdan a su madre.

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El 9 de agosto de 1984, Nelva Mor­tensen Aldaz le escribió una carta a Melanie, su Mellie, en donde le decía que le daba mucho gusto saber que estaba ayudando a su papá. “Mientras te familiarizas con el negocio te darás cuenta de cuánta falta hace la ayuda de individuos honestos y dedicados”, redactó la fundadora de las ópticas. “La mayoría de los empleados trabajan por salarios, pero ustedes tres niñas pueden unir fuerzas con su padre y ayudarlo en las ópticas. Cada una de ustedes en diferentes departamentos serán capaces de detectar fallas y de mejorar las técnicas”.

“Mi papá tuvo tres mujeres”, re­cuerda Melanie Devlyn. “No tuvo hijos, entonces, mucha gente piensa: ‘pobre Frank, tuvo tres hijas, no tuvo el niño’. Pero algo que me da mucha satisfacción es que mi papá jamás nos hizo sentir como que le había faltado el hombre o que sus hijas no iban a poder con lo mismo que hubiera podido un hombre, y eso me abrió mucho el horizonte en cuanto a lo que podíamos hacer”.

Gracias a su abuela, recuerda Mela­nie, supo que siendo mujer hay muchas cosas que le puedes aportar al negocio. La parte que más orgullo le ha dado, dice, es ver a la empresa pasando por diferentes etapas, y convertirse en una empresa fuerte e institucional pero de la mano de una familia unida.

Melanie dice que su generación, la tercera generación, está tratando de ha­cer la diferencia y poniendo su granito de arena en esta historia.

“Tengo la conciencia tranquila para decir que estamos haciendo lo mejor que podemos para tener a la empresa en alto. Hay grandes ejemplos de empresas fami­liares que han podido trascender y evolu­cionar a través de las generaciones”, dice Melanie. “Nosotros queríamos preparar a la empresa para trascender. Para que una empresa trascienda no solamente es desearlo o hacer changuitos y esperar que pase, tienes que trabajar para que haya una sucesión exitosa”.

Melanie Devlyn considera que una sucesión exitosa le va a traer una estabilidad a la empresa y a la familia: “Y como decimos, si la familia está bien, la empresa es imparable”.

 

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