A lo largo de la historia, uno de los problemas no resueltos en México es el de la excesiva concentración de poder que, en diversos momentos, algunos actores políticos han tenido, y no necesariamente actores institucionales. Desde la época en que la alianza de Iturbide y Guerrero, junto con otros líderes regionales, confrontó al último virrey obligándolo a renunciar, con lo que inició posteriormente el imperio, hasta el periodo de amplio poder presidencial informal que caracterizó a la época de dominio priista, hemos tenido actores que, aprovechando la debilidad institucional, concentran poder.

Es por ello que la preocupación sobre la excesiva concentración de poder que puede tener el presidente electo es real y tiene elementos que nos hacen pensar en la necesidad de, una vez más, tratar de fortalecer los contrapesos políticos alrededor del poder presidencial. Por ello, es importante ubicar a uno de los personajes que más han lucrado con la idea del cambio democrático y la reforma del Estado desde, por lo menos, 1987 cuando se fundó formalmente la corriente crítica dentro del PRI, como rechazo al estilo de gobierno de Miguel de la Madrid y la oportunidad que implicaba la sucesión presidencial del año siguiente, misma que quedó marcada no únicamente por la acusación de fraude, sino por la interpelación al presidente, que generó el inicio de la negativa de varios titulares del ejecutivo a acudir al congreso y enfrentarlo en pleno.

Porfirio Muñoz Ledo, ahora como presidente de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados, ha planteado nuevamente la contradicción del exceso de poder en México. Cuando ocupó ese mismo cargo en 1997, año en que el PRI perdió la mayoría absoluta en esa misma cámara, Muñoz Ledo cuestionó a Ernesto Zedillo, de una manera distinta a como interpeló a Miguel de la Madrid 10 años antes en ese mismo espacio. En ese momento, apostó por un “diálogo maduro” entre poderes, donde la oposición jugaba un papel mucho más relevante de lo que había sido en épocas anteriores.

Ahora, esa oposición a la que Muñoz Ledo perteneció, sin dejar de ser parte de un esquema de poder que benefició a la mayor parte de los actores, tanto opositores como aliados en los últimos años, tiene el control de las estructuras de gobierno. Ahora, como presidente de los diputados, Muñoz Ledo apuesta por un cambio de consenso, donde todos estén de acuerdo y no haya exclusiones, lo que contrasta con las afirmaciones de varios liderazgos dentro de Morena, que asumen su condición de mayoría, donde pueden ser capaces de aprobar lo que quieran, sin tomar en cuenta a las minorías, como les pasó a ellos en otros momentos con el PRI como referente.

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En realidad, el problema no es menor, pues el viejo presidencialismo se vio sustituido por un esquema similar, aunque con condiciones distintas, donde hay una sociedad civil mucho más activa, actores internacionales que presionan, así como estructuras institucionales más complejas como el poder de los gobernadores y una Suprema Corte de Justicia apoderada y activa. Sin embargo, no deja de ser relevante la contradicción de esos dos presidencialismos, pues, aunque su esencia se declara contraria, son parte de un mismo proceso de acumulación de poder, legítimo o no, pero acumulación al fin.

Lo que hemos visto en las últimas semanas, pasa por encima de los deseos de Muñoz Ledo, en el sentido de que las decisiones y los procesos, se han centralizado más allá de experiencias pasadas.

Es por eso que ese presidencialismo viejo parece encontrar su máxima expresión, en un presidencialismo que está recuperando no únicamente la filosofía de los sesentas y setentas, sino también sus prácticas y aspiraciones, de un viejo PRI que parece reencontrarse con otras siglas y colores.

 

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