“Y la dignidad es el respeto a lo que somos y como somos, Y el respeto a los que son y como son los otros y otras”: Palabras de la comandancia general del EZLN, 1 de diciembre de 2007.

En su libro “Guerra y propaganda”, Naief Yehya señala que “la guerra elimina la complejidad política y reduce el espectro cromático a la inconfundible simpleza del blanco y negro”. Ese parece ser el signo de nuestros tiempos de “redes sociales”, que cada vez más parecen guerras cibernéticas, en las que la razón no tiene cabida.

El 2019 inició cargado de una agenda política y social intensa. Temas de la mayor relevancia para el país estarán definiéndose en este mismo mes, como la Guardia Nacional y su estructura de mando, la ampliación del catálogo de delitos que ameritarán prisión preventiva oficiosa, así como la selección del primer Fiscal General de la República. A ellos, además, se sumará después la selección de una terna para la próxima vacante en la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Con estos asuntos, se estará configurando el modelo de justicia que tiene en mente el presidente López Obrador.

Hasta hoy, lo que sabemos es que se trata de un modelo que reproduce algunos de los peores vicios de lo que las y los mexicanos hemos sufrido con el sistema de justicia autoritario, arbitrario y obsoleto en el país: retrocesos en la presunción de inocencia y el debido proceso, aunado a la participación de militares y marinos en investigación de delitos y detención de presuntos delincuentes (a pesar de las muchas sentencias y recomendaciones que hay en contra de esta propuesta), con una Fiscalía General que, más allá de la designación del titular, no contará con presupuesto suficiente para hacer una verdadera transición de fondo, que justifique en los hechos el cambio de PGR a FGR.

Esos son sólo algunos asuntos de impacto nacional. No obstante, en la agenda del país confluyen muchos otros que afectan de manera desigual a ciertos estados, a algunas regiones, instituciones y diversos sectores de la población. Por ello, en México siempre han estado presentes voces locales, regionales y nacionales diversas, disidentes, legítimamente organizadas en torno a intereses válidos y democráticos, pero siempre, incluso hoy, han sido minorías invisibilizadas por mayorías organizadas en partidos políticos y porque no tienen recursos de movilización significativos para hacerse oír.

Sin importar la relevancia de todos estos asuntos, entre los seguidores del presidente y su partido hay quienes aspiran (es preciso aclarar que no se trata de una generalización) a no tener oposición, ni respetar crítica alguna. Al menos ese fue el reflejo de muchos integrantes/simpatizantes de Morena y del presidente frente a las críticas emitidas por el EZLN a los proyectos de gobierno de López Obrador.

El EZLN es, sin duda, el movimiento social más relevante del país en las últimas décadas; el único en este periodo que fue capaz de articular una visión político-ideológica, crítica del sistema capitalista global, y difundirla mucho más allá de sus límites territoriales con profundo impacto en la vida política nacional de México.

En ese sentido, resulta preocupante la dinámica discursiva que se dio en medio de esta polémica (que no debería ser, si la mayoría leyeran los comunicados del EZLN; por ejemplo, el del 29 de diciembre del 2012).  El primer signo de autoritarismo al que se puede recurrir en el ámbito público es negarle a otras y otros la posibilidad de hacer política, siendo ésta la actividad social por excelencia; esa que nos permite hacernos presentes, manifestar nuestra esencia y visión en la vida de la comunidad a la que pertenecemos. Eso fue lo que, inexplicablemente, personas que votaron pensando en un proyecto de izquierda en el país, hicieron en días pasados al descalificar la existencia del EZLN y cuestionar su legitimidad como oposición.

La aspiración de tantas y tantos seguidores del actual presidente al pensamiento único, que pretende abarcarlo todo, parte de la falacia de que 30 millones de votos tuvieron el mismo sentido, el mismo mandato y se dirigieron de manera unánime a todas las propuestas de campaña del hoy presidente. Es obvio que no fue así. Por ello, esta lógica militante es la peor noticia para López Obrador y para el país, pues son tiempos que requieren toda la inteligencia y talento de personas que tienen una visión de cambio social para dar solución a los graves problemas del país, de manera efectiva y duradera.

No se puede negar, por ejemplo, que para muchas comunidades en el país los megaproyectos representan despojo, violencia generalizada y con componentes de género, sobreexplotación del medio ambiente, contaminación y destrucción de sus entornos y formas de vida comunitarias. Esa lucha se ha librado en México y en el mundo por décadas; no es nueva, no es contra López Obrador y es una batalla desde otros paradigmas que, solo quien los ignora, puede descalificar. Dice Dominique Colas que el fanatismo es siempre ofensivo, ataca los templos y maldice los dioses de otros. Esperemos que este proyecto que apenas empieza vaya por el camino de la pluralidad y diversidad que debería estar en el centro de cualquier proyecto de izquierda y no rumbo a uno de exclusión e intolerancia. Ese no fue el cambio por el que muchos votamos.

 

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