No es una mala noticia saber que vamos a vivir más; lo triste es enterarnos de que hay riesgo de que vivamos mal. El que más de 30% de las personas en su etapa de jubilación en México caerán en pobreza es un dato apabullante. Es aterrador.

 

No nos gusta hablar de la vejez, pero hay que hacerlo. El último informe sobre pensiones que publica la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) nos permite observar el porcentaje de población mayor de 65 años que se encuentra en riesgo de pobreza. No se trata de una opinión, de un parecer o de un punto de vista; es un dato duro. Lo sabemos. Uno de los rasgos más característicos de las sociedades actuales es el envejecimiento de su población. La reducción de las tasas de mortalidad y el aumento de la esperanza de vida nos dan como resultado que cada vez haya un mayor número de personas con más de 65 años de edad. Este hecho, junto con la progresiva caída de la tasa de natalidad que se ha venido produciendo a lo largo de este siglo, han originado que ese número creciente de personas mayores tenga cada día más peso relativo en la estructura poblacional de esos países.

Así las cosas, no es una mala noticia saber que vamos a vivir más; lo triste es enterarnos de que hay riesgo de que vivamos mal. Para llegar a esa conclusión, la OCDE diseñó una herramienta digital que permite comparar los escenarios de las pensiones entre los diferentes países miembros. Para establecer el riesgo de caer en pobreza se utiliza una fórmula que permite calcular con objetividad esa probabilidad con base en variables específicas.

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La fórmula utiliza la renta disponible de los hogares ajustada por el número de personas que habitan en el lugar. El que se sitúe en un resultado inferior a 50% está en peligro de entrar en pobreza. En México, de acuerdo con ese cálculo, 31% se clasifica en esa posición de riesgo. Para darnos una idea de lo que este dato significa, hay que compararnos con otros países miembros. En Australia este riesgo es de 36%, es decir, hay más personas que corren ese peligro, mientras que en España sólo 7% se sitúa por debajo de ese umbral.

Este proceso de envejecimiento no sólo ha supuesto un cambio demográfico, sino que también está impulsando en las sociedades del mundo un cambio social de gran magnitud. Esta transformación alcanza a todos los ámbitos de la vida social, desde la definición de los roles que socialmente se imponen a cada edad, hasta la orientación de las políticas sociales. El hecho de que una cifra superior a 30% de personas que en su etapa de jubilación caerán en pobreza es un dato apabullante. Es aterrador. Eso quiere decir dos cosas: los viejos siguen trabajando toda la vida para conservar su nivel de vida o se resignan a que al retirarse entrarán a un estado de restricciones y carencias al que no están habituados.

Un país que lanza a 37% de sus pensionados a vivir en estrechez y en carencia de lo necesario para subsistir tiene un problema entre manos que debe atender en forma urgente. No podemos pretender que nuestros viejos trabajen de por vida porque con sus pensiones no tendrán una vida digna. La probabilidad de que un jubilado enfrente riesgo de exclusión social importante –entendiendo ésta como la no participación en los recursos económicos, sociales, políticos y culturales de los que dispone el resto de la sociedad en la que viven– es alta.

El proceso fundamental que está determinando este mayor riesgo de exclusión social que padecen los mayores frente a otros grupos de población es la retirada obligatoria del mercado de trabajo, y con ello, evidentemente, la disminución de su renta mensual fija. El drama de la jubilación encarna la crudeza de que una persona inactiva tiene tres veces menos ingresos que cuando estaba activamente trabajando. Además, el retiro sucede cuando hay necesidades que se suman a las de la cotidianidad, como las típicas por el deterioro de la salud o su capacidad mermada para vivir en forma autónoma.

Es cierto, el Estado tiene la obligación central de hacerse cargo de esta situación. Sin embargo, la verdad es cruda: a la hora de valorar la suficiencia o no de las pensiones hay que poner en relación la cuantía de éstas con el concepto de necesidad, mismo que adquiere mucha relevancia al hablar de las condiciones de vida de las personas mayores.

También, cada uno de nosotros, en lo particular, debemos prever el futuro. La persona que se debe ocupar de nosotros en la vejez somos nosotros mismos cuando aún tenemos fuerzas. Queda claro que mucha de la pobreza de nuestros ancianos no podrá ser solventada por sus familiares, que seguramente viven en situaciones de incomodidad financiera o que tienen obligaciones que les impiden afrontar las de sus viejos.

Ocuparnos de nosotros mismos, planear, diseñar: prever. Ahí está la clave. En el tema de la situación económica de la persona mayor hay que tener también en cuenta los recursos en forma de inversiones, ahorro, posesión de bienes mobiliarios e inmobiliarios, rentas en especie transferidas de las instituciones públicas, y tener claro cómo van a funcionar a nuestro favor en el momento en el que las necesitemos. Es decir, hay que diseñar los candados para protegernos en la ancianidad, pero no hay que dejarlos tan cerrados que nos terminen asfixiando.

Prefigurar desde la edad adulta, en plenitud, la etapa de la vejez, es ponernos en contexto y a tono para prevenir una situación precaria que se ve llena de dificultades. Ser pobre y viejo no luce nada bien. El Estado debe ver por sus viejos, cierto. Pero nosotros debemos ver por nosotros mismos. La cifra de la OCDE no nos deja un panorama en el que podamos echarnos a festejar; es, más bien, para encender las alertas y prevenir. No, no nos gusta hablar de la vejez; sin embargo, hay que hacerlo. Es mejor hacerlo. La vejez debe ser una etapa de cosecha y tranquilidad. Para ello hay que empezar a sembrar desde hoy. Mientras antes se empiece, mejor.

 

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Blog: Las ventanas de Cecilia Durán Mena

 

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