Ver gobiernos ineficaces y arcaicos que pierden legitimidad por su incapacidad de respuesta y de promoción del bien común es frecuente hoy en día.

 

A lo largo de los últimos meses se han intensificado las noticias sobre la incapacidad de gobiernos de los todos los niveles para enfrentar con eficacia, o por lo menos con decisión, problemas de carácter local o regional.

Los conflictos son de todo tipo: de carácter político, de solución oportuna de servicios, de actos de protesta en contra de algo que a decir de ellos los afecta, de incapacidad absoluta de enfrentar los graves problemas de inseguridad o por no atender problemas añejos, entre muchos otros.

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Se ha consignado también el abandono de muchos gobernantes municipales de su puesto (no renuncian), sólo se van de su pueblo por temor o amenaza del crimen organizado o, incluso, del pueblo organizado (Michoacán, Guerrero). Gobernadores que con aires de virreyes se desgarran las vestiduras frente a un micrófono para decir que no habrá impunidad, que no se permitirán actos ilegales, que se han instalado cientos de mesas de diálogo y que su gobierno es tolerante a todas las expresiones, incluyendo bloqueos eternos, actos vandálicos, cierres de calles, carreteras o tomas de edificios, etc.

Están los gobiernos que minimizan, maquillan o de plano ocultan sus acciones u omisiones. Piensan que el problema se tapa o se acentúa si se cambia la estrategia de comunicación, se presentan los números de otra manera, las estadísticas positivas se resaltan y las negativas se archivan; gobernantes que en primer plano niegan o desconocen balaceras, enfrentamientos, extorsiones o muertos abandonados en su localidad, cuando a sus espaldas suceden atrocidades que tienen a la población aterrada.

Los gobernantes se cuidan de no afectar su capital político, no se arriesgan y prefieren esconderse tras bambalinas para salir a escena en el momento oportuno. No son todos, pero son muchos los que actúan así.

Ante esto, los ciudadanos que viven y sobreviven día a día en sus comunidades y en su entorno social observan una clase política cada vez más distante. La regla es que los ciudadanos eligen a sus gobernantes en elecciones libres para establecer una jerarquía política que a través de instituciones definidas en un marco legal y constitucional, se subordinan para que los regulen, ordenen, sancionen y los defiendan de las amenazas, vulnerabilidades y desigualdades. Así se creó la idea de la personalidad de Estado.

A través de las elecciones, los políticos se legitiman para gobernar; cuando no gobiernan están renunciando al fin último de procurar el bien común. Los ciudadanos pueden retirar ese apoyo durante su periodo de gobierno, pero es el consentimiento una condición necesaria del derecho de gobernar…y de obediencia ciudadana.

Pero más allá de esto, hay también otro factor importante. Gobiernos ineficaces y arcaicos que pierden legitimidad por su incapacidad de respuesta y de promoción del bien común. Gobiernos que mantienen estructuras administrativas que se crearon para otros tiempos, presupuestos mal diseñados, programas con enfoques equivocados o para un control político, burocracias poco capacitadas; leyes, reglamentos y bandos totalmente fuera de la realidad y por ende, incumplibles; distanciados de las nuevas tecnologías y de las nuevas formas de comunicación y diálogo ciudadano.

Existe una inercia de los políticos de adoptar el gobierno que reciben en los mismos términos, tal vez, con pequeñas o medianos ajustes, pero en esencia es lo mismo. Si comparamos a los gobiernos locales (estatales y municipales), casi todos tienen los mismos esquemas de servicios urbanos, gestión administrativa, protección ciudadana, hacienda, salud, desarrollo social, promoción económica, etc. No se conoce en México un solo gobierno que consideremos diferente en su esquema administrativo, sus distingos son más visibles en los estilos personales de los políticos.

Podemos seguir agregando elementos para entender el desencanto ciudadano de sus ciudadanos, pero sólo menciono estos últimos.

Los partidos políticos deberían estar preocupados y ocupados en presentar gobiernos novedosos, creativos e innovadores y no dejar a la deriva al candidato ganador y que cada quien se las arregle como pueda.

Gobiernos que se atrevan a cambiar su fisonomía, su modus operandi, que parezca más ciudadano y menos burócrata, gobiernos de 24 horas y no con horarios de 9 a 6 pm (en el mejor de los casos), donde la tecnología esté al servicio de la gente y los programas se domicilien. Gobiernos que van al ciudadano y no los que esperan detrás de un mostrador o escritorio en espera de él.

Un gobierno innovador como sistema no como un acto carismático. No son los políticos, son los esquemas. Modelos de gobierno que redimensionen el diálogo ciudadano y su gestión cotidiana. Donde el nombre del Presidente Municipal, el Gobernador o el Presidente, sea lo de menos. Lo que importa es el sello distintivo de un modelo de gobierno partidista que se pueda diferenciar de otra opción política.

El riesgo ya no es sólo para los políticos; lo que está en riesgo es la política misma, la que justifica la personalidad de Estado, de obediencia, de coerción, de hacienda pública, etc. Se requiere reconquistar al gobernado desde el gobierno y en ese aspecto no veo a los partidos políticos muy preocupados.

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