¿Será que preocupa más lucrar con el arte contemporáneo, que generar proyectos para el desarrollo cultural y social del país?, se pregunta la autora de este blog y reflexiona sobre el tema.

 

 

En esta ocasión quisiera analizar la situación en la que se encuentran las empresas privadas dedicadas al arte contemporáneo, pues su objeto de trabajo presenta una nueva serie de demandas físicas, espaciales, teóricas, estéticas, conceptuales, sociales y económicas tan actuales que requiere de un distinto trabajo de reflexión por parte de la gente que busca manejarlo y presentarlo a la sociedad a la que pertenece. En especial, a una sociedad como la mexicana que se encuentra en un proceso de desarrollo sensible y artístico, a partir de la creación de colecciones de arte contemporáneo como la Colección Jumex y Coppel, o de nuestra Feria Internacional de Arte Contemporáneo Zona MACO, que se celebra cada año en la Ciudad de México; así como la apertura de diversos espacios dedicados a la difusión, investigación y educación en materia de arte contemporáneo en distintos estados del país, situación que ha provocado la demanda de una oferta cultural cada vez mayor.

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Esta oferta, que está en manos no sólo de las instituciones públicas, sino también de los particulares, y permite ofrecer una visión abierta que fomente el desarrollo del país y la competitividad internacional.

Para lograr brindar esta oferta, las empresas se ven en la necesidad  de encontrar nuevas formas para la difusión, la inclusión, la educación y la comunicación de sus públicos, así como para el asesoramiento, posicionamiento y apoyo a sus artistas, el correcto manejo de las obras de arte y la oferta de servicios a sus consumidores.

Para lograr estos objetivos, hay que trabajar desde la legalidad, de ahí mi preocupación por el conocimiento de las políticas culturales actuales.

El interés por trabajar la relación arte contemporáneo-comunidad desde la empresa y el capital privado, viene de la dificultad a la que nos enfrentamos los estudiosos, promotores y gestores del arte en México para la conformación y realización de proyectos culturales independientes, de canalizar recursos económicos y de hacerlos productivos y sustentables. Y más cuando estos proyectos tienen un fin social, pues hacer redituable una inversión con ellos es casi nulo, los beneficios fiscales son pocos y la conciencia de ser “socialmente responsable” aún no permea en nuestro país.

Es necesario estar actualizado mediante la constante revisión, análisis y cuestionamiento de las leyes que rigen nuestros derechos, obligaciones y responsabilidades, las cuales encontramos primeramente en la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, en los Tratados Internacionales firmados por México en materia de cultura y propiedad intelectual, en el Programa Nacional de Desarrollo, y en las Leyes, Reglamentos y Programas que regulan a las instituciones, empresas y particulares en su quehacer y desarrollo.

En primera instancia, para poder generar estos proyectos culturales independientes, se debe crear una empresa cultural privada, lo cual implica una serie de problemáticas en nuestro país por su vaga definición dentro de las políticas, pues no hay diferencia fiscal o legal con el resto de las empresas. Siendo que la materia de trabajo de las empresas culturales son “servicios, bienes intangibles o creativos”, por lo que la manera en que se realicen sus actividades (producción, distribución y consumo), así como su oferta y su demanda, requerirán de estrategias específicas para los bienes y servicios que manejan.

En el caso de las empresas culturales privadas de arte contemporáneo, o sea, que subsisten del capital privado y que pueden o no mantener convenios con el Estado, como pueden ser: galerías, centros y casas de cultura, fundaciones, museos, centros de investigación, escuelas, foros, espacios públicos, ferias, corredores culturales, bibliotecas, patronatos, publicaciones especializadas (revistas, periódicos y libros), colectivos, grupos y asociaciones, y ofertadores de servicios, encontramos que sus actividades son múltiples, así como sus intereses, target de consumidores, líneas de acción, integrantes laborales, etc.

El común denominador es el “arte contemporáneo” y “el consumidor”,  pues el arte en cualquiera de sus manifestaciones tiene que ser expuesto para un público, y el consumo del arte no requiere nada más de su compra física, sino del encuentro, la contemplación, la reflexión, la generación de pensamiento y la experiencia estética.

Es entonces que se vuelve necesario el replanteamiento tanto de la conformación y organización de dichas empresas, como de sus finalidades en el desarrollo social y cultural del país. Teniendo siempre en cuenta que México está conformado por diferencias socioeconómicas muy marcadas que definen el acceso a la educación, al arte y a la cultura. Convirtiendo al arte y en especial al arte contemporáneo en una posibilidad muy lejana para la mayoría de la población. Su lejanía social es un reto para quienes se dedican a él, romper con el tabú de su incomprensión y elitismo es trabajo no sólo del Estado sino de todos los involucrados en el proceso del arte.

Esto podría parecer una contradicción, dado que gran parte del arte contemporáneo trabaja desde lo social y hace uso de materiales y referentes cotidianos, lo que debería permitir un mayor acercamiento al público en general. Sin embargo, la naturaleza del sistema y del mercado del arte ha evitado que esto se dé de manera abierta. El sentido intelectual del arte que viene desde las vanguardias artísticas a principios del siglo XX y que se ha acrecentado al pasar de las décadas con la fuerte influencia filosófica, teórica y crítica en la creación, difusión, manejo y exposición del arte lo ha convertido en un área para unos pocos.

Además, nos enfrentamos al hecho de que en México existe una mayor influencia de las industrias culturales dada su cualidad masiva como es el cine, la televisión, la radio, las grandes disqueras y editoriales transnacionales, quienes definen el gusto, las modas y los sistemas estéticos imperantes. Dificultando a las Pymes culturales nacionales acceder a los diversos mercados para ofrecer nuevas formas, estilos y propuestas.

En la última década, ha habido un crecimiento del arte contemporáneo en la Ciudad de México. La creación de diversos espacios privados para su exposición y venta ha sido notoria, en especial, en la zona centro (Delegación Cuauhtémoc, Hidalgo y Benito Juárez), que se ha convertido en el territorio urbano cultural. Muchos de estos espacios han cerrado después de dos o tres años de vida, algunos menos. ¿A qué se debe este fenómeno? Sería una de las primeras preguntas que debemos plantearnos. ¿Será que la población mexicana aún no tiene las herramientas suficientes para enfrentarse al arte contemporáneo? ¿Será porque la producción nacional de arte contemporáneo aún no alcanza un nivel internacional, o que más bien no está creando para el público mexicano? ¿Será porque se pretende generar un coleccionismo nacional de arte contemporáneo pero se carece aún de bases para ello? ¿Será que la manera en la que se presenta, difunde y promueve el arte contemporáneo no es el correcto para la sociedad mexicana? ¿Será que se están siguiendo modelos extranjeros para el arte contemporáneo sin tomar en cuenta la realidad mexicana? ¿Será que preocupa más lucrar con el arte contemporáneo, que generar proyectos para el desarrollo cultural y social del país?

Para contestar estas preguntas se necesita información con la cual no contamos, lo que dificulta nuestro acercamiento al tema. Es necesario realizar estudios de mercado y encuestas, y exigir transparencia en los datos de estas empresas privadas. No podemos saber realmente cuánto arte contemporáneo se compra en el país, pues la gran mayoría no se declara, mucho se maneja en el mercado secundario, los precios son especulativos, muchos artistas lo venden por su cuenta, galeristas y otros especialistas no brindan esta información tan fácilmente, pues el mercado es relativo y es un negocio que se puede manejar debajo del agua.

Hay que conocer la realidad del país, sus necesidades e inquietudes para encontrar las constantes que nos ayudarán a formular los proyectos y los objetivos. Por lo que se deberá confirmar, mediante encuestas y entrevistas, la falta de información y educación sobre arte contemporáneo en la población de la Ciudad de México y cómo esto provoca el poco o nulo acceso al mismo.

Desgraciadamente en el sector cultural en México se da por trabajar bajo intuición, y pocas veces se realizan estudios suficientes para dar buenos resultados. Hay pocos especialistas, y trabajar en equipo de manera multidisciplinaria aún nos cuesta trabajo.

Si existiera un mayor interés social por parte de las Pymes culturales, la educación en materia de arte y de sensibilización fungiría como parte esencial de su labor. Al hacer partícipe a la comunidad en los procesos y proyectos, ayudarían a su vez a la integración social, la igualdad, y la pluralidad. Al tener conciencia sobre el espacio urbano y la comunidad también colaborarían a la mejora del entorno por el bien de la ciudad y la población en pro de una mejor calidad de vida.

Algunos artistas, grupos y teóricos hablan en la actualidad de las posibilidades curativas y regeneradoras sociales del arte, como Michelangelo Pistoletto y su Cittádellarte en la ciudad de Biela en Italia, The Public Art Fund de Nueva York, Estados Unidos, y la consultora Cultural Arte & Ciudad en Chile, quienes han generado proyectos por una transformación responsable de la sociedad a través del arte; todos ellos proyectos privados que trabajan en convenio con el Estado. Algunos enfocados a la importancia que tiene el sacar el arte a las calles y de que los grupos sociales, en especial los marginados, formen parte de proyectos creativos dentro de su comunidad, otros, interesados en la investigación y educación de forma transdisciplinaria para la formulación de propuestas sobre arte y cultura, política, ecología, tecnología, y más siempre con fines sociales.

Una serie de iniciativas ya han dado frutos en comunidades alienadas para evitar la drogadicción y la delincuencia, como son los programas artísticos culturales en Brasil, Colombia y Venezuela, siendo el primero el principal promotor del Seminario Internacional sobre Arte Público en Latinoamérica en conciencia de que el arte es una vía para el crecimiento social para países en desarrollo.

Es difícil afirmar que el arte sea una salvación social, pero sí tiene resultados positivos para quien se acerca a él y lo hace parte de su vida diaria. Las posibilidades que nos brinda para pensar la vida, el mundo y a nosotros mismos en su subjetividad lo convierte en un espacio de libertad. Un espacio al que todos, por derecho, deberíamos acceder.

 

 

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