Si la “derecha” gobernante, como prefieren llamarla los socialistas, actúa cada día con políticas que se parecen más y más a las que ellos proponen, podemos darnos cuenta de la gravedad del problema.

 

Triste pero cierto. El mundo padece un cáncer que se sigue expandiendo por doquier, sin freno, sin remedio y en perjuicio de todos, y en especial de aquellos que más se creen beneficiados por él: el socialismo.

La semana pasada expusimos aquí por ejemplo la desastrosa manera en que la economía venezolana está siendo conducida hacia un barranco preparado por su propio gobierno, pero del que éste, como lo hacen todos los irresponsables, culpa a otros para ocultar sus incompetencias.

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Pero no es ni por mucho el único caso ni el más importante.

No. Si es que hay una “guerra económica”, es una a escala mundial que va en sentido contrario a más capitalismo, como la mayoría de las izquierdas del planeta cree.

De ninguna manera. Es más, sin saberlo, en conjunto se han convertido en un instrumento más para legitimar los obscuros planes de socialización de una élite que, tras bambalinas, parece estar decidiendo otra vez el destino de la humanidad.

No es por tanto una lucha auspiciada por “capitalistas”, sino por socialistas vestidos de aquellos que desde atrás mueven los hilos. Lobos con traje de corderos que anhelan, como ha sido su añeja aspiración, llegar a un gobierno mundial. Un ente que lo controle todo en aras de la “seguridad”: personal, económica y por supuesto la de ese mismo Estado global.

El título que se le ponga es lo de menos: combate al terrorismo, a la iniquidad, a la evasión fiscal y un largo etcétera. Todas, formas hábiles de vender un discurso que, si desvelara sus propósitos reales de sometimiento, generaría una oposición generalizada, pero que así disfrazadas nadie puede decirles que no, so pena de ser juzgado como injusto, rapaz o infame.

Dijo Maquiavelo que aquel que engaña siempre encontrará a alguien que se deje engañar, y es justo lo que sucede.

De pronto nos encontramos con que las libertades y derechos en general pueden ser negociables, y aseguran que será siempre preferible renunciar a ellos si a cambio obtenemos los cuidados de ese “padre”: el Estado todopoderoso.

Por eso no sorprende que cada vez sea más común todo tipo de restricciones, controles y vigilancia. Estos van desde la observación de las páginas de internet que navegamos, las transacciones que realizamos con medios electrónicos de pago, la música que podemos escuchar, si debemos o no ingerir tal o cual comida o bebida “por nuestro propio bien”, hasta las más absurdas y perjudiciales decisiones económicas como las de “estimular” el crecimiento con gasto y endeudamiento públicos, y establecer precios por decreto.

Así, en nombre de la igualdad y la redistribución de los ingresos, se cometen a diario todo tipo de atropellos que, aunque populares, son dañinos para la sociedad en su conjunto, que se empobrece día con día en todos los aspectos. Marx estaría de fiesta.

En el plano económico, las ideas de John M. Keynes han sido usadas también para esos propósitos, al grado de pervertir el capitalismo y convertirlo, de la mano del llamado Estado de bienestar, en un socialismo disimulado. Desde luego esa palabra, que durante mucho tiempo definió a los enemigos del bloque Occidental desde la Segunda Guerra Mundial, nunca aparecerá en los discursos como tal.

El extremo alcanzado es tal, que ya prácticamente nadie se opone a las manipulaciones económicas y del mercado que efectúan gobiernos y bancos centrales, en aras de una estabilidad que nunca termina por llegar.

Si esa “derecha” gobernante como prefieren llamarla los socialistas, actúa cada día con políticas que se parecen más y más a las que ellos proponen, podemos darnos cuenta de la gravedad del problema: ese socialismo, simulado o no, está sometiendo al mundo con la complacencia mayoritaria.

Por fortuna, aún quedan faros en las tinieblas.

Jim Rogers, el gurú financiero de las commodities (materias primas), dijo hace unos días en entrevista con The Daily Bell: “creo que el Sr. Keynes no aprobaría algunas de las cosas que han sido y están siendo hechas en su nombre. El libre mercado sigue siendo la mejor solución a todos nuestros problemas.”

Lo malo, es que el consenso actual es en favor de que las economías deben ser “manejadas”. Como si no supiéramos el triste destino de aquellas que, como en la vieja Unión Soviética, al quererse planificar de manera central terminaron en la ruina total.

El empresario mexicano Hugo Salinas Price, por su parte, en su más reciente artículo The Siren-song of Welfare State lo ha dicho así: “Todas las economías socialistas son economías manejadas, y todas las economías manejadas están en vías de convertirse en economías completamente socialistas.” Agrega: “La diferencia entre la Unión Soviética y el mundo de hoy es solo de grado, no de esencia.” El destino, por tanto, será tan terrible como el de aquella.

En este mismo sentido, el afamado analista e inversor Marc Faber, firme opositor a esa planificación central, la semana pasada dijo para Finanzen100.de que las crisis de las últimas décadas se deben a la manipulación del mercado de tasas de interés a cargo de los bancos centrales. Eso, afirma, nos conducirá hacia el derrumbe de nuestra sociedad capitalista, que como vemos, en realidad no es tal.

El capitalismo auténtico no puede existir mientras no haya libre mercado, dinero honesto y pleno respeto a las libertades individuales, que hacen que el mundo progrese de manera constante y perdurable. Es gracias a ese capitalismo que la humanidad ha alcanzado un nivel de progreso inimaginable, y un nivel de vida para la persona promedio de hoy, que antes fue inalcanzable incluso para los más ricos y poderosos de épocas pasadas.

La corrupción de ese sistema, entonces, nos dirige a un oscuro destino, que si no se corrige, nos hará retroceder. El Poder detrás de la cortina, habrá triunfado.

 

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