La adolescencia es tiempo de definiciones. ¿Qué hacer a futuro? ¿Es mi profesión el camino adecuado? ¿Tendré pareja? ¿Hijos? ¿Ninguno? ¿Realmente importa? Es en esos años, cuando tal vez no existe la madurez necesaria, que la sociedad nos obliga a tomar decisiones importantes, cuyas ramificaciones no aparecerán hasta muchos años después. Un paso en falso no es condena permanente, pero puede parecerlo.

El protagonista de El sueño del Mara’akame (2016), Nieri (Luciano Bautista), es un joven como muchos. Está en plena adolescencia, sus intereses están puestos en pasar tiempo con sus amigos y ensayar con grupo musical. Tiene poco o nulo afecto por las lecciones de su padre (Antonio Parra), quien es el mara’akame (un chamán wixarika) de la comunidad. Por destino, Nieri debe seguir los pasos de su padre, quien como él también estaba designado a ser guía espiritual de su pueblo por herencia.

Motivado por sus tribulaciones, Nieri emprende un viaje a la ciudad de México en compañía de su papá con la intención de realizar algunas ceremonias de peyote en las acomodadas colonias de la metrópoli y vender, de paso, varias artesanías. Sin embargo, el muchacho tiene otros deseos musicales en mente e intentará cumplirlos a pesar de los planes del venado azul.

Foto: Machete Cine.

La ópera prima de Federico Cecchetti es un producto atípico en el panorama de la cinematografía mexicana. Es por partes igual una inmersión en el mundo wixarika –al estilo del documental indigenista, como Eco de la montaña (2014), de Nicolás Echevarría– y una cinta de aventuras, donde un adolescente encuentra su verdadera vocación (en una clave mucho menos melancólica que el cine de Fernando Eimbcke, por ejemplo).

La travesía de Neiri nos es empática porque sus obstáculos son los nuestros. El deseo de rebeldía a las figuras de poder (paternas o no) nos es propio. Es en la integración de estas ideas, con el paisaje y las costumbres wixarikas –y su posterior contraste con la ciudad, una experiencia enajenante y abrumadora en su propio derecho– donde la película encuentra sus mejores momentos.

No es casualidad que el largometraje haga eco de Cabeza de Vaca (1991), aunque el tono de las historias sea distinto, donde Nicolás Echevarría retrata el periplo de un hombre perdido que termina por encontrar su verdadero destino lejos de sus expectativas de vida. Neiri descubre que perderse es la única manera de encontrarse.

 

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