Por Cristián Jara*

Durante mucho tiempo, la diplomacia, entendida como la actividad de intermediación, protección, representación y negociación formal por parte de los Estados, se ha asumido como una política pública tradicional con un marco jurídico base, establecido en la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas, entre muchas otras, y con prácticas, formas y tiempos que hoy demandan mayor eficiencia y eficacia.

La irrupción de las redes sociales, especialmente de Twitter y Facebook, y el consecuente empoderamiento ciudadano empezaron a demandar más escrutinio, transparencia y medición por resultados. Por otra parte, a veces, un simple tuit de un mandatario tiene más efecto que una declaración presidencial formal. Ante este escenario, cabe preguntarse ¿cómo acercamos la diplomacia a la gente?, ¿cómo la hacemos, en definitiva, más democrática? y más importante aún ¿cómo canalizamos, administramos y sabemos leer los nuevos tiempos a la luz de la prudencia y estabilidad necesarias y primordiales en las relaciones internacionales?

Lo primero es la alfabetización digital de todos los diplomáticos, ya no asumiendo las redes sociales como una novedad, sino como una obligación. Por otro lado, la identidad pública debe ser fortalecida con presencia en medios y de cara al insoslayable escrutinio público.

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En segundo término, en un mundo globalizado, en que la intermediación formal está en crisis, la formación de redes de valor a todo nivel también ha cambiado, el exembajador chileno Jorge Heine señala que: “hemos pasado de la diplomacia de clubes a la diplomacia de redes” y, a fin de cuentas, eso es.

El diplomático debe ser un servidor público, bien formado, capaz de intermediar y contactar partes y dar valor a su rol en el exterior, es decir, tiene que promover los intereses de su país con carácter, dinamismo y exento de burocracias paralizantes. El desafío está, en ese contexto, en saber medir riesgos. Alec Ross, ex Senior Advisor for Innovation de la entonces secretaria de Estado Hillary Clinton, y quien fue un precursor en el uso de redes sociales en diplomacia, ya lo sostenía también al señalar que debe asumirse siempre un margen de error y que equivocarse “es un derecho”, es decir, estar en redes no es “conditio sine qua non” para la infalibilidad.

Las Cancillerías latinoamericanas han asumido la digitalización y el uso de redes sociales: ministerios, autoridades y diplomáticos forman parte de las redes sociales; sin embargo, el cambio real es cultural y son los diplomáticos, más que las instituciones, quienes deben asumir que la diplomacia hoy está en la disyuntiva de “actualizarse o morir” o, por lo menos, perder bastante valor público si no es capaz de comprender adecuadamente los tiempos actuales.

La ciudadanía y las democracias modernas marcan pauta, no solo las leyes, decretos y reglamentos, por lo que los efectos de la digitalización de la diplomacia se ven día a día. No pensemos en un mundo global, empresarial y ciudadano con lógicas del siglo XX, sino internalicemos que innovar y prospectar las tareas del siglo XXI son, en definitiva, lo que permitirá un mejor cometido y el cumplimiento del mandato de la diplomacia de promover, proteger y facilitar el desarrollo de los intereses políticos, comerciales, ciudadanos y culturales de nuestros respectivos países y connacionales.

El valor, el peso y la tradición de la diplomacia tienen hoy la oportunidad de incrementar su prestigio con las herramientas digitales, es decir, la diplomacia está llamada a ser un “hub de virtudes de intermediación”, contando, actualmente, con un gran insumo de bajo costo: las redes sociales, que permiten abarcar más espacios y audiencias y, en síntesis, tener un mayor escenario de operaciones para lograr resultados.

*Cristián Jara es Abogado y Diplomático

 

Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes México.

 

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