Cuando se trata de inteligencia y éxito profesional o personal, existen dos tipos de creencias que todos tenemos sobre su origen. Algunos creen que el éxito e inteligencia se deben a la habilidad y carácter innatos de las personas -a cosas con las que nacieron o que heredaron-, mientras que otros lo atribuyen al trabajo duro, disciplina y firmeza de carácter. A la primera de estas mentalidades se le llama “fija” mientras que a la otra se le llama “mentalidad de crecimiento.” Se dice que son puntos de vista implícitos que tenemos porque generalmente no somos conscientes de su existencia ni del efecto que tienen sobre nuestro comportamiento diario y, ultimadamente, sobre nuestra vida.

El problema con la “mentalidad fija” (sobre el origen de la habilidad), es que nos encamina hacia la ansiedad y el fracaso, de acuerdo con la psicóloga de Stanford, Carol Dweck, que comenzó a hablar sobre estas características psicológicas cuando estaba trabajando en su tesis de doctorado para graduarse de la Universidad de Yale en los años 70. Desde entonces, Dweck ha revolucionado el campo de la psicología social con estas teorías, que continúan guiando desde modelos de educación de países enteros hasta programas élites de liderazgo en todo el mundo.

Cuando tenemos una “mentalidad fija”, si creemos que, por ejemplo, no nacimos siendo buenos para las matemáticas, entonces justificaremos cualquier resultado mediocre que tengamos en esta área y nunca nos esforzaremos por mejorar. Después de todo -pensaremos- ¿de qué sirve esforzarnos si, no importa cuánto lo intentemos, simplemente no nacimos con este talento? Por otro lado, un niño con buenas calificaciones en la escuela pero que tiene una mentalidad fija tendrá miedo al fracaso. Si el niño crece pensando que nació “siendo inteligente”, entonces su objetivo principal será el continuar manteniendo esa imagen, incluso si eso significa que no aprendan nada más en el proceso. Esta clase de personas son adversas al riesgo y evaden las experiencias intelectuales que las desarrollarán como seres humanos. Eventualmente, su miedo al fracaso los paraliza.

Por otro lado, tener una “mentalidad de crecimiento” nos hace creer en el poder del trabajo duro pues pensamos que las capacidades son algo que se pueden desarrollar, no algo con lo que nacemos. No nos esforzamos por presumir nuestra inteligencia y habilidades, sino por incrementarlas. Las personas con este tipo de mentalidad tienen una actitud más sana frente al fracaso, pues es una oportunidad para aprender. El miedo no se elimina, sino que es controlable. Lo mismo aplica para rasgos de la personalidad. Decir que alguien es irritable o muy feliz por herencia, por lo general es falso. Esto también se puede cambiar.

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Por esta razón es la que los niños prodigio, que tienen una inteligencia clara y comprobable, rara vez se convierten en adultos distinguidos. A pesar de que, por ejemplo, entraron a Harvard a la edad de 12 años, generalmente no pueden manejar correctamente sus incentivos y su motivación, lo que conlleva a que sientan un miedo al fracaso -a perder su estatus- tan grande que termina obstaculizando su desarrollo. Al final, es más probable que quien contribuya más a su campo de estudio sea la persona que se graduó de Harvard a una edad común y promedio.

Mozart, que fue niño prodigio, es uno de los contados casos de éxito, pero aun así es posible observar cómo su ambiente, red de contactos y soporte emocional jugaron un papel fundamental para su desarrollo. Al otro lado del espectro, Paul Cézanne, el ilustre pintor francés, aprendió a pintar cuando estaba en sus 20 e incluso estuvo a punto de renunciar cuando, en la academia, se dio cuenta que todos sus compañeros eran mejor que él. Lo mejor que hizo para sí mismo y para la historia del arte fue haber continuado trabajando duro.

La mejor forma en la que podemos ayudar a cualquier niño y niña, sean prodigios o no, es trabajar por adoptar una mentalidad incremental de la inteligencia.

 

Mentalidad mexicana

Desgraciadamente, en México predomina la “mentalidad fija”, donde creemos que, por ejemplo, algunos nacieron siendo buenos para ciertas áreas o deportes, o que todas las mujeres no saben manejar, o que ciertas personas son inteligentes porque lo heredaron de sus papás (este último punto es en parte cierto pero su influencia sobre el éxito es mínima, la mayoría de las veces nulo, e incluso muchas veces es contraproducente si se cuenta con una mentalidad fija).

Premiamos la mediocridad en todos los niveles. En las escuelas despreciamos a quienes son estudiosos mientras que guardamos la mayor alabanza para aquellos que no obtienen tan malas calificaciones, pero hacen alarde de no haber tocado un libro. Como dice Dweck, éstos se preocupan más por presumir sus habilidades que por incrementarlas. ¿Nuestra justificación para mostrar tal admiración por esta clase de personas? Que “nacieron inteligentes.”

La solución, entonces, es premiar el esfuerzo y no la inteligencia. Dweck recomienda alabar o recompensar a los niños utilizando frases como “bien hecho, trabajaste muy duro”, y no utilizar frases que desarrollarán una mentalidad fija, como decir “bien hecho, eres muy listo(a).”

Como un ejemplo personal, mi madre siempre tuvo una mentalidad de crecimiento, poseyendo una adoración por el esfuerzo, la disciplina y el poder de la educación. Mi padre, por otro lado, siempre se jactó de ser muy inteligente mientras desdeñaba la actitud de mi madre. El claro resultado sobre lo que fue de sus vidas una vez separados siempre me sirve como evidencia y recordatorio sobre estas dos teorías.

Incluso por ubicación geográfica, la mayor parte de los países asiáticos tienden a tener “mentalidad de crecimiento” debido a cuestiones económicas, religiosas, y culturales. En Estados Unidos, los inmigrantes de primera y segunda generación provenientes de Asia tienen el mejor desempeño académico y el ingreso más alto de todos los inmigrantes en el país.

Es cierto que la inteligencia es en parte hereditaria pero su efecto nunca es significativamente positivo dada la influencia que tiene el ambiente y la mentalidad con la que crecen las personas. Docenas de estudios (para una lista de algunos de ellos pueden enviarme un email), la mayoría de ellos hechos con gemelos idénticos, muestran cómo a pesar del fuerte componente hereditario de la inteligencia, en el largo plazo no determinará el éxito profesional y académico de las personas.

Pero las sutilezas de nuestros prejuicios se magnifican en nuestras acciones. Las niñas pierden la confianza en su propia capacidad a la edad de seis años. De acuerdo con investigadores de las Universidades de Princeton y de Nueva York, para ese entonces las preconcepciones sociales ya tuvieron un efecto sobre su imagen propia. Mientras los niños sueñan con ser astronautas y crecen con la capacidad para elegir la profesión que deseen, las niñas se ven limitadas desde pequeñas, con restricciones en su forma de jugar y de pensar, porque, de acuerdo con ciertas personas, no nacieron para las matemáticas, para jugar rudo, para manejar, o para un sin fin de otros prejuicios.

Por ello es que hoy en día, desde Finlandia hasta Estados Unidos, el énfasis para aumentar el número de mujeres -y otros grupos marginados- en áreas como ingeniería y matemáticas, y en general su éxito profesional, es cuidando los sesgos negativos a los que se ven expuestos desde que son pequeños.

Algo similar se observa en casos de racismo y discriminación. Por ejemplo, el trato distinto que reciben las personas indígenas en México y otras partes del mundo, contribuye a su rezago económico. Después de todo, los favoritismos de los profesores sí tienen consecuencias sobre los alumnos.

El estímulo externo que recibimos a lo largo de nuestras vidas, pero sobre todo de niños, juega un papel fundamental en nuestras vidas, pues afecta nuestra imagen interior en términos de capacidades.

 

Advertencia

Dentro de este argumento existe una gran súplica para ser cautelosos.

Este artículo es un llamado a exigirnos más, a creer en nuestro potencial, pero sin dejar de lado la compasión y el sentido común. Existen millones de personas en nuestro país que crecieron sin tener acceso a una infraestructura social y económica básicas. Si estás leyendo este artículo probablemente no seas una de ellas. Es necesario tener en cuenta que incluso con una mentalidad de crecimiento, y dado el nivel de desigualdad en el país, las posibilidades de movilidad social para la mayor parte de la población en México son nula.

En este sentido, lo mejor que podemos hacer es exigirnos más a nosotros mismos, a nuestros compañeros de trabajo y familiares, y sobre todo al gobierno y a quienes elaboran las políticas públicas del país, para que todos nos atengamos a un mayor estándar, para que la excelencia no sea un concepto lejano.

El tiempo perdido en todo México por todos los que todavía “no han terminado la tesis” después de tanto postergar, equivale a la trillada justificación de que la corrupción es cultural. Si seguimos creyendo que no está en nuestras manos cambiar, nunca lo haremos, y nadie nos rescatará.

Al final, sin esfuerzo ni trabajo duro no conseguiremos ayudar a quienes difícilmente podrán salir adelante sin el apoyo de la sociedad. ¿Qué mejor motivación que esa para ponernos a trabajar?

 

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