Este texto se publicó originalmente el 22 de septiembre de 2017

 

Frente al balcón de Palacio Nacional, donde cinco días antes el presidente de la República ondeó la bandera de México y clamó por la solidaridad mexicana hacia Chiapas y Oaxaca, el 20 de septiembre se estableció una carpa blanca con donaciones para las zonas más dañadas por el terremoto de 7.1 grados en la escala de Richter que sacudió al centro de nuestro país. Desde entonces, la ayuda no cesa.

En este espacio no se distingue entre gobierno y ciudadanos a la hora de coordinar los trabajos para recibir y agrupar alimentos, solo contrastan los uniformes verdes, chalecos de las autoridades y la ropa de civiles.

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En la abertura de la carpa hay camiones llenos con equipo de rescate o víveres; personas que cargan bolsas que entregan a los voluntarios, que se integran en filas para poder transportar los productos en una cadena de brazos.

Yasin Pantoja, miembro inactivo del equipo de pentatlón mexicano, es una de las voluntarias ciudadanas que, sin esperar la autorización de algún coordinador del gobierno, organiza la actividad en este centro ubicado en el corazón capitalino instalado desde la noche del 19 de septiembre.

Por la naturaleza del grupo al que pertenece, la deportista está acostumbrada a ejecutar actividades voluntarias, pero advierte que, en esta ocasión, la desesperanza momentánea de los capitalinos se ha convertido en un empeño casi necio por ayudar, desde cargar botellas de agua, con alimento a los trabajadores, incluso en la espera de un turno para retirar escombros.

Con voz que cualquiera escucha, está mujer  que no rebasa los 30 años, ordena a los voluntarios la forma de distribución de productos, forma filas hacia las camionetas que se agrupan al otro extremo de la carpa para enviar ayuda a Puebla, Morelos y el Estado de México.

“Anoche estuvimos levantado escombros y hoy estamos coordinando a la gente en el centro de acopio para agilizar a la gente y que salgan las despensas rápido en donde se necesitan”, explica.

Una especie de hormiguero de voluntarios se concentra en esta imagen poco común para el corazón de la ciudad. Pero no es el único en el que se aglutina la ayuda de los capitalinos.

Foto: María Fernanda Navarro/ Forbes

En la colonia Narvarte, una de las zonas más golpeadas por el fenómeno natural, se organizaron centros de acopio exclusivos de la población civil.  Se apropiaron de los espacios públicos, desde una esquina en plena vía pública, en un inmueble ocupado hasta en el campus de una universidad.

La disposición de la gente es tanta que Alma Monroy, profesora del programa Niños Talento del DIF, y que dirigió los esfuerzos de recaudación para remover escombros en las calles de Eugenia y División del Norte, pedía a la gente que volvieran a sus casas para evitar que la llegada de ayuda rebasara la capacidad de almacenarla.

“Estamos en un punto en donde no podemos movernos, hay caos vial porque la gente viene a entregar ayuda pero eso casi nos está rebasando, la indicación sería que lo hagan en las zonas cercanas a sus casas”, explica la voluntaria.

Unos metros más adelante, en Heriberto Frías 818, una oficina también fue habilitada como lugar de recepción de víveres. Con automóviles privados señalados por una cruz estos alimentos se dirigen hacia Jojutla, Morelos, y zonas lejanas de Xochimilco.

El campus del Centro de Estudios Universitarios México (CUM), también en Narvarte, no para de llegar alimentos, productos de higiene y medicamentos. La comunidad académica se organiza en filas para distribuir de mano en mano los productos que llegan de parte de vecinos y alumnos.

En las avenidas de esta colonia marcha un grupo de jóvenes dirigidos por María Fernanda Judith Cerezo, estudiante de enfermería del Conalep. Buscan ayudar y están equipados con chalecos, guantes cubrebocas  y cascos, todos con una pulsera roja en la muñeca izquierda para identificarse como parte del grupo que se reunió en el metro Eugenia. Van de un punto a otro de esta colonia para ofrecer sus servicios, ya sea levantando escombros, cargando personas lastimadas o llevando alimento a quienes lo necesiten.

Aunque la buena voluntad impera,  la frustración y respuesta tardía del gobierno federal y local, ha endurecido los acercamientos de algunos funcionarios, como lo experimentó el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, cuando visitó la fábrica derrumbada en la colonia Obrera de la capital, donde recibió un zape por parte de los vecinos, enfurecidos por llegar tarde a la zona. Otro caso ocurrió en Xochimilco, cuando el delegado de Xochimilco, Avelino Méndez Rangel, fue increpado por los habitantes mientras recorría el pueblo de San Gregorio.

La tarde del 21 de septiembre, las autoridades encargadas de los rescates, aunque han colaborado, se enfrascaron en un caso de Fake News por una supuesta niña atrapada entre los escombros del colegio Enrique Rébsamen, donde una serie de contradicciones y fugas de información obligaron al subsecretario de la Marina, Ángel Enrique Sarmiento Beltrán, a reconocer que Frida Sofía no existía.

 

CU, el músculo de apoyo

La fortaleza de apoyo de los capitalinos se manifestó a gran escala en la explanada del Estadio Olímpico de Ciudad Universitaria (CU), que se convirtió, a pocas horas de ocurrido el sismo, en un campo de brazos que transportaron alimentos, botellas de agua, comida para bebé, medicamento y material especializado en rescate.

Las filas son organizadas por los ciudadanos que asisten a donar productos y apoyar en las labores de acopio. Inician desde Avenida del Imán y llegan hasta los túneles que desembocan al campo de fútbol.

Al grito del Goya, los estudiantes coordinan las cadenas humanas, la recolección y agrupamiento de los víveres.

 

Centro de acopio de Ciudad Universitaria. (Foto: María Fernanda Navarro/Forbes)

Eduardo Jiménez, integrante de atención de emergencias de Protección Civil de la UNAM, advierte que aunque los trabajos de apoyo de los voluntarios son bienvenidos resulta necesario atender las indicaciones de las autoridades a fin de establecer una administración de la emergencia.

“Entendemos que la gente tiene voluntad, pero una emergencia no se atiende por cuestión de voluntad, se tiene que administrar. Nos deben de hacer caso en la cuestión de que no podemos enviar todo muy rápido y a todos lados. Tenemos que ir administrando todo poco a poco”, comenta.

Como ocurrió hace 32 años, el 19 de septiembre quedará como una dolorosa astilla en la memoria de una nueva generación de mexicanos, pero, con la certeza de que estarán allí para enfrentar el desastre con solidaridad, más allá de la respuesta de los gobiernos y sus actores.

 

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