El alza del dólar tendrá un efecto directo sobre el precio de los alimentos en México. Quienes menos tienen también tendrán que comer menos porque, tal vez, cada vez sean más los mexicanos que necesiten ayuda para poder alimentarse.

En toda sociedad que se presume de ser próspera y con futuro, la población generalmente incluye dentro de su planeación financiera todo lo que puede adquirir en el corto plazo, pero en México, como nos gusta hacer todo al revés, más bien planeamos qué es lo que no vamos a poder comprar a partir de septiembre.

Y es que septiembre se ha convertido en una fecha fatal porque es cuando los expertos señalan que empezaremos a ver en los precios los efectos de la pérdida de valor del peso frente al dólar –que ha registrado en las últimas semanas un aumento de 20%.

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Las malas noticias han venido en cascada: primero, fue enterarnos de que el petróleo ha perdido su valor en el mercado internacional y de que en el país somos dos millones de pobres más; luego, la siguiente mala noticia afecta directamente al estómago de los mexicanos.

Algunos dirán que, hablando de alimentos, el alza del dólar sólo le afectará a aquellos que pueden darse el lujo de comer o beber productos de importación. El problema es que, queramos o no, todos comemos y bebemos productos importados por una simple y sencilla razón: hace años que el país no es autosuficiente en la producción de alimentos y de algunos insumos para su cultivo. Eso sin contar con que 43% de lo que comemos viene de otros países.

Pondré un ejemplo muy claro: el del maíz amarillo, del que consumimos –según la Sagarpa- casi 12 millones de toneladas al año, pero sólo producimos alrededor de 2.5 millones de toneladas. Este grano se usa generalmente como forraje para alimentar a aquellos hatos de donde saldrá la carne que comemos. Si este insumo viene del extranjero y sus compras son en dólares, es lógico pensar que el aumento en los costos de producción se trasladará al consumidor final.

Peo no sólo es el caso de la carne. En este grupo también entrarían la leche, las frutas y verduras. Este último caso es significativo, pues la industria entró en una etapa decreciente a partir de 1997, cuando inició el cierre de las plantas productoras y se redujeron las operaciones del sector. Desde entonces, los niveles de importación rondan entre 67 y 84%.

La mayor producción de fertilizantes es una promesa de la Reforma Energética, que no veremos, al menos en el corto plazo.

Si se toma en cuenta que tenemos más pobres y que en un país de 120 millones de personas sólo 42 millones tienen los recursos suficientes para pagar una renta, alimento y trasporte, y que únicamente 3 millones tienen un salario por arriba de los 10,000 pesos, México no sólo se perfila para seguir siendo un país de pobres sino también de muertos de hambre, y sin que la palabra ofenda o lastime los oídos de algún lector sensible.

En abril de este año, la Alianza Nacional Agropecuaria, Comercializadores y Consumidores AC dio a conocer un análisis en el que señalaba que de 2012 a la fecha el precio de la canasta básica se había disparado 100%, mientras que el salario mínimo sólo se había incrementado 10.7%.

Según las estadísticas de la organización, durante la fecha de la medición, el precio de la pechuga de pollo aumentó 180%, es decir, 16 veces el incremento del mínimo, y la carne de res aumentó 85.3%. ¿Las cifras de 2015? Mejor ni hacer cuentas.

 

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