El lunes 26 de septiembre Cartagena se vistió de blanco, invitó a los presidentes de América Latina y a personalidades de la talla de Ban Ki-moon y Christine Lagarde para presenciar (de manera grandilocuente) a Juan Manuel Santos y alias ‘Timochenko’ firmando el cierre de un conflicto de medio siglo. El gobierno de Colombia y las FARC habían terminado -según la invitación del evento- un capítulo y el país comenzaría entonces una nueva y próspera etapa dentro de su historia contemporánea.

Una semana después el panorama es otro. La fiesta de Cartagena es un recuerdo lejano luego de una jornada de votación donde una diferencia de alrededor de 54,000 votos logró que el ‘No’ se impusiera sobre el ‘Sí’, haciendo que los últimos cuatro años de diálogos de paz y los acuerdos a los que se había llegado deban ser revisados de nuevo, creando así una tensión política, económica y social con alto impacto en América Latina.

En el caso local puede llegar al desarrollo de una nueva Constitución, además de un limbo en el que quedan procesos de desmovilizados, desminado, entrega de armas entre otros.

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La campaña por el ‘No’ liderada por los ex presidentes Andrés Pastrana y Álvaro Uribe partía de la base de que muchos de los acuerdos logrados no cumplían con las expectativas de los colombianos, entre los cuáles se destacaban la consideración del narcotráfico como crimen político (teniendo en cuenta que era la principal fuente de ingreso de la guerrilla), un proceso de inclusión de las FARC en la política que para la oposición era excesivo, compensaciones salariales para los desmovilizados, un programa de justicia transicional donde cualquiera que hubiese apoyado la guerra podría terminar preso, zonas en los campos que reemplazan la cárcel para los guerrilleros, expropiación/repartición de tierras, entre otros aspectos que unidos a una nueva reforma tributaría acabarían con la estabilidad de la democracia y la economía local.

La campaña del ‘Sí’ liderada por el gobierno presentaba los esfuerzos de cuatro años, donde un equipo negociador que incluía a las fuerzas militares, gobiernos garantes y representantes de las dos partes había logrando un avance sin precedentes, si se tiene en cuenta que la mayoría de gobiernos en los últimos cincuenta años había buscando negociar un acuerdo con las FARC.

El presidente y los principales negociadores invitaban al pueblo a comprender que éstas habían sido las mejores condiciones que se habían logrado, si se tiene en cuenta que los guerrilleros al inicio de la negociación buscaban que el país cambiara radicalmente hacia un modelo de izquierda.

Después de un mes con amplia pauta publicitaria, encuestas donde el ‘Si’ ganaba de manera contundente y el apoyo de los principales medios de comunicación y personalidades de diferentes sectores del país que el ‘No’ hubiera ganado sorprende a muchos.

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A la mayoría. Sin embargo se debe tener en cuenta que en el proceso ambas partes (gobierno y oposición) aprovecharon el contexto del plebiscito para ratificar la fuerte polarización que existe en Colombia.

Mientras Juan Manuel Santos afirmaba que si los colombianos votaban ‘No’ la guerra iba a pasar de la selva a las ciudades la oposición advertía que de ganar el ‘Si’ el país terminaría como Venezuela en menos de una década.

Este cruce de posiciones bien podría ser analizado en una clase de lingüística… Los que apoyaban el ‘Sí’ afirmaban que aquel que no estaba con ellos apoyaba la perpetuación de la guerra en Colombia, la fuerza detrás del ‘No’ tenían juegos de palabras como ‘La Paz Sí pero No así’ buscando que el electorado no pensara que estaba siendo una mala persona si llegaba a votar rechazando los acuerdos.

Con el paso de los días la conversación se convirtió de una refrendación de acuerdo hacia una conversación moral donde los colombianos no sólo decidían el futuro del conflicto armando. Bondad o maldad, perdón o resentimiento… en un punto los colombianos estaban debatiendo con esta votación su moral.

Que el ‘No’ haya ganado con el 50.2% de ventaja muestra que este plebiscito más que unir terminó de abrir las grietas de un fenómeno de polarización que en caso de Colombia es extremo: para la mitad del país es difícil lograr entender que personas acusadas por asesinato, violación de mujeres, narcotráfico y otros crímenes pudieran terminar en las filas del Senado sin haber pasado por la cárcel; para la otra mitad es necesario olvidar un pasado particularmente violento para poder seguir adelante.

Así las cosas, lo que se había acordado ‘en teoría’ en la mesa de negociación sólo era aceptado por la mitad del país… sin embargo, debe tener en cuenta que hubo un 60% de ausentismo electoral, que indica que el principal ganador del proceso fue la indiferencia… más allá de gobierno y oposición los colombianos no creen en sus dirigentes y sus propuestas.

Es inevitable comparar esta votación con lo sucedido durante el ‘Brexit’, donde todos daban por hecho lo ‘lógico’ y terminó pasando lo exactamente contrario. En el caso del Reino Unido, David Cameron renunció a su cargo, en Colombia se sabe que Santos no saldrá de la Casa de Nariño y seguirá trabajando por la paz a pesar de ser uno de los mandatarios más impopulares del país en su historia contemporánea (de hecho para varios analistas este es el motivo detrás de la derrota del ‘Sí’ teniendo en cuenta que Álvaro Uribe cuenta con una popularidad contundente), esta vez acudiendo a todos los sectores para que el acuerdo con las FARC pueda tener el aval de todos los actores del país y poder disminuir el clima de polarización del país.

Si la voz del pueblo es la voz de dios será necesario que todas las partes logren evitar hablar de diferencias y lograr puntos en común en un camino a la paz que seguirá siendo largo.

A veces el afán de protagonismo se puede convertir en el peor enemigo de los políticos, si la fiesta de la paz en Cartagena hubiera pasado después de que los colombianos hubiera dicho ‘Sí’ en las urnas otra historia se estaría contando hoy.

 

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