Por más que creamos que no es así, todos sin excepción tenemos puntos ciegos. Sin importar qué tan inteligentes somos, cuán expertos somos, dónde estemos parados, cómo abordemos los temas o el nivel de apertura que creamos tener, siempre tenemos puntos que no alcanzamos a ver. Sin embargo, siempre hay remedio. El mejor ejemplo que se me ocurre es pensar en un lunar en la nuca. Por más esfuerzos que hagamos, más contorsiones que logremos no podremos verlo con nuestros propios medios: necesitamos ayuda. Un espejo podrá ayudarnos a asumir la existencia de ese lunar.

El ejemplo del lunar y el espejo me gusta mucho y lo utilizo con frecuencia. Lo que pasa con los puntos ciegos es similar a lo que pasa con el lunar en la nuca: para verlo necesitamos que alguien más nos diga que existe y para corroborarlo, nos hace falta algo que nos permita ver. Desde luego, el camino es complicado —más cuando nosotros mismos nos encargamos de hacerlo tortuoso—. Por lo general, cuando nos dicen que ahí está el lunar, tendemos a negar su existencia. Cerramos los ojos y creemos que al decir que no está, efectivamente, ya no está. O, si la evidencia nos quita la posibilidad de la negación, entonces, buscamos minimizarlo.

El problema es que esta actitud nos lleva a percibir la realidad en forma equivocada en forma tal que se puede convertir en un obstáculo. Pensemos en lo siguiente: hay una persona que está dando un discurso con información relevante para nuestro quehacer. Lo que dice es importante, pero, tiene una hoja de perejil pegada al diente. Ese distractor nos llevará a enfocarnos en el lugar equivocado. Nadie se atreve a interrumpir al del perejilazo sobre lo que trae atrapado en el diente por miedo y, ojalá se lo hubieran dicho. El mensaje que entregó se vio desviado por un obstáculo del que ni siquiera se dio cuenta y que hubiera podido resolver en un instante.

Toda esta reflexión se me vino a la mente por una declaración de Lou Aversano quien tiene bajo su responsabilidad el manejo corporativo de clientes en Ogilvy a nivel mundial. “Tienes que estar dispuesto a quemar tus botes salvavidas antes de que alguien los queme por ti”, dijo Aversano. Sin embargo, admite que a menudo es difícil que la gente acepte sugerencias y mucho menos que admitan que hay algo que no consideraron o que sus propuestas no funcionan. Los emprendedores se casan con la idea que tienen y son incapaces de ver fallas o defectos en sus proyectos, para los ejecutivos veteranos, que construyeron su éxito a la antigua usanza, idear ideas para cambiarlo todo resulta complicado y muchos ejecutivos se sienten intimidados ante una observación. “Vemos cosas desde cierta altura, y tenemos sesgos basados en nuestro legado”, agrega Aversano.

Es irremediable, todos tenemos puntos ciegos. Nadie se escapa. Por fortuna, existen soluciones. Así como el ejemplo del lunar en la nuca, cualquiera debiéramos tener un espejo que nos ayude a ver lo que nosotros no podemos. En el mundo de la escritura, existen los talleres que son grupos de personas que se leen sus textos para conocer la opinión de sus pares. Para mí los más exitosos son aquellos en los que el autor lee y después cierra la boca para escuchar lo que los demás tienen que decir. Aquellos en los que no caben las justificaciones, ni las defensas.

Sólo así existe la plena libertad para que se pueda llevar a cabo una crítica constructiva y para que el que recibe el mensaje tenga los oídos, la mente y el corazón abiertos para notar aquello que naturalmente no logró percibir. Frecuentemente, me topo con emprendedores o ejecutivos que después de presentar una idea están listos para recibir las ovaciones y los aplausos, pero cuando se trata de escuchar lo que no está bien la disposición se les cae al suelo. Los peores son los que se enojan, se ofenden o se ríen con arrogancia. Son las típicas personas que prefieren ir por la vida con el perejil entre los dientes.

Por supuesto, debemos tener mucho cuidado para elegir nuestros espejos. Nuestros espejos deben ser personas talentosas, gente en quién podría contar para el rendimiento, la lealtad y una nueva visión del mundo. Para encontrar a ese espejo hay que trabajar. Es como sacar la lámpara de Diógenes y elegir ideas para transformar y guiar a un mejor camino. Toma tiempo y disposición. Se trata de un conducto para las formas de pensar y trabajar que permitan ver lo que desde nuestro punto de vista no alcanzamos a observar.

Lo que define a un espejo o grupo de espejos es que trabajan de manera efectiva y leal y, sobre todo, tienen la capacidad de expandir su visión del mundo o conjunto de habilidades. Esa última parte generalmente significa que alguien que difiere de uno en más de un sentido. La diversidad tiene frutos magníficos, mientras más distinto a uno es este espejo, mejor será. Por lo tanto, es mejor que sean diferentes en género, etnia, preferencias, antecedentes profesionales, estilo de gestión o experiencia de vida. He visto, por ejemplo, a ejecutivos tener acceso a nuevos mercados a través de un buen espejo que entiende las prioridades de salud de las mujeres, sensibilidades culturales latinoamericanas o las necesidades de planificación financiera de la comunidad migrante; también he visto a hombres y mujeres elevarse hasta convertirse en directores de empresas gigantes con la ayuda de espejos que extienden lealmente su alcance y llenan sus brechas de conocimiento y habilidad.

Por supuesto, esta práctica implica riesgos. Riesgos que he padecido en carne propia y han dejado cicatrices en la piel. Por lo tanto, la prudencia se recomienda.

Este es un deporte que no se le recomienda a los ingenuos, por ser una práctica de alto riesgo. Tampoco es para los arrogantes que creen que todo lo saben, porque en esa condición, no les servirá de nada. En grupos de espejos, las faltas de comunicación pueden ocurrir, especialmente cuando son —como sostengo que deberían ser— tan diferentes a uno. También puede ser difícil no dejar que la relación tome demasiado tiempo —el espejo debe quien haga la mayor parte del trabajo. Luego está el riesgo de que el elegido, en quien se ha invertido públicamente tiempo, responsabilidades y capital reputacional, decepcione al no hacer crecer los resultados, impresionar a importantes partes interesadas o convertirse en un traidor y quitarte el trabajo. No son pocos los que traicionan la confianza de su patrocinador, causando un daño inmenso. Por eso insisto, en considerar bien las opciones.

Pero hecho bien, los beneficios de tener un talento con una visión distinta, que trabaja lealmente, realizando tareas para las que ni se tiene el tiempo, las habilidades o la inclinación, son simplemente demasiado grandes para ignorar. Por lo tanto, los espejos actúan para mitigar los riesgos y maximizar los beneficios de una inversión significativa de tiempo y alcance. Además de los beneficios que nos implica tomar en cuenta la opinión de alguien que nos permite ver los defectos que nosotros no tomamos en cuenta, estos espejos son de gran ayuda si elegimos a personas que saben hacer y disfrutan lo que nosotros detestamos, no entendemos o no estimamos. Por ello, lo primero es entender cuáles son nuestros puntos ciegos y así permitir la ayuda de alguien que pueda ver lo que nosotros no.

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Blog: Las ventanas de Cecilia Durán Mena

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